PARTE 2: LA FIRMA QUE PODÍA DEJARLES SIN NADA

—¿Quién pagó realmente la mansión de Carlota?

El abogado, Javier Montes, no respondió de inmediato.

Abrió otro expediente.

—Su padre aseguró públicamente que fue un regalo suyo.

—Lo sé.

—Mintió.

Deslizó varios documentos hacia mí.

La mansión costaba casi tres millones de euros.

Mi padre había aportado apenas doscientos mil.

El resto procedía de préstamos garantizados con propiedades familiares.

Incluida una que reconocí inmediatamente.

La casa de mis abuelos.

—Creía que esa casa pertenecía a mi padre.

Javier negó con la cabeza.

—Pertenecía a Beltrán Sterling.

Sentí un escalofrío.

—¿Al abuelo de mi marido?

—Desde hace dieciocho años.

Eso no tenía sentido.

Mi familia siempre había afirmado no conocer a los Sterling antes de mi matrimonio.

—Quiero ver toda la documentación.

Durante las siguientes horas descubrí que las deudas eran todavía peores.

Mi padre había refinanciado propiedades varias veces para mantener una vida que ya no podía pagar.

Carlota debía más de dos millones.

Y ambos habían dejado de pagar poco después del funeral.

Probablemente creían que, con Beltrán enfermo y mi esposo muerto, nadie revisaría aquellas cuentas.

Entonces mi teléfono sonó.

Papá.

La noticia sobre la herencia ya había aparecido en televisión.

Contesté.

—Clara, cariño.

Cariño.

Seis meses sin escuchar aquella palabra.

—Tu madre está preocupadísima por ti.

—Qué curioso.

—Somos familia. Deberíamos hablar.

Miré los documentos.

—¿Sobre mis hijos?

Silencio.

—Sobre todo —respondió finalmente.

Aquella noche aparecieron los tres en mi puerta.

Papá.

Mamá.

Carlota.

Mi hermana incluso intentó abrazarme.

—Clara, siento muchísimo no haber podido ir al funeral.

Me aparté.

—Podíais.

Nadie respondió.

Papá dejó de fingir.

—Nos han informado de ciertos problemas hipotecarios.

—Ah.

—Beltrán jamás habría querido destruir a nuestra familia.

Javier intervino.

—Don Beltrán dejó instrucciones muy claras.

Sacó una carta sellada.

Mi nombre estaba escrito a mano.

La abrí.

“Clara:

Si estás leyendo esto, mi nieto y los niños ya no están.

No confíes en tu familia hasta descubrir por qué sus deudas terminaron en mis manos.”

Leí la frase dos veces.

Mi padre palideció.

—Ese viejo estaba enfermo.

—¿Lo conocías?

No respondió.

Carlota miró hacia la puerta.

Demasiado tarde.

—Papá.

Mi voz salió fría.

—¿Conocías al abuelo de mi marido antes de mi boda?

Mamá comenzó a llorar.

Eso fue suficiente.

Javier colocó otra carpeta sobre la mesa.

Dentro había transferencias realizadas durante más de veinte años entre una empresa de mi padre y Sterling Holdings.

Entonces apareció una fecha que me heló.

Tres días antes del accidente que mató a mi esposo y a nuestros hijos.

Mi padre había recibido 480.000 euros de una sociedad desconocida.

Concepto:

“LIQUIDACIÓN FINAL.”

Me levanté.

—¿Qué significa esto?

—¡No tiene relación con el accidente! —gritó papá.

Nadie había mencionado el accidente.

El silencio posterior fue aterrador.

Javier cerró lentamente la carpeta.

—Señor, creo que acaba de cometer un error.

Mi padre retrocedió.

Carlota comenzó a llorar.

Pero mamá hizo algo inesperado.

Sacó una pequeña llave de su bolso y la puso frente a mí.

—Tu marido vino a verme una semana antes de morir.

Sentí que dejaba de respirar.

—¿Qué?

—Había descubierto algo sobre tu padre y Beltrán.

Papá golpeó la mesa.

—¡Cállate!

Mamá ni siquiera lo miró.

—Me entregó esta llave y dijo que, si le ocurría algo, debía dártela.

La tomé con dedos temblorosos.

Tenía grabado un número de caja de seguridad.

Javier comprobó sus archivos.

Su expresión cambió.

—Clara…

—¿Qué?

Giró la pantalla hacia mí.

La caja pertenecía a mi esposo.

Pero había sido abierta una vez después de su muerte.

Tres días después del funeral.

El registro incluía una fotografía de la persona que había accedido.

No era mi padre.

No era mi madre.

Era Carlota.

Miré a mi hermana.

Su rostro se volvió blanco.

—¿Qué sacaste de esa caja?

Carlota retrocedió.

Entonces dijo cinco palabras que hicieron que todo el dinero dejara de importarme.

—La prueba de que sobrevivieron.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Quiénes?

Carlota comenzó a temblar.

—Tus hijos.

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