Pilar respiró hondo.
—No sé exactamente qué firmé.
Elena abrió la carpeta.
La primera hoja era un poder notarial.
La segunda autorizaba a Javier a gestionar varias cuentas bancarias.
La tercera hizo que Elena dejara de pasar páginas.
Era una solicitud de préstamo por 480.000 euros.
La vivienda de Mijas aparecía como garantía.
—Mamá, ¿Javier te explicó esto?
Pilar negó lentamente.
—Me dijo que eran documentos para reorganizar nuestros ahorros.
Elena fotografió cada página.
Después llamó a Clara.
La abogada llegó una hora más tarde.
Revisó los documentos sin prisas.
—No firmen absolutamente nada más.
Entonces encontró algo peor.
Javier había creado una sociedad llamada Montalbán Patrimonio Sur.
Pilar figuraba como avalista.
Pero casi todo el dinero solicitado terminaría en una cuenta controlada únicamente por Javier.
—Esto no parece una reorganización familiar —dijo Clara—. Parece que está intentando convertir el patrimonio de tu madre en liquidez.
Pilar comenzó a llorar.
Elena le tomó la mano.
—Ahora sabemos qué está haciendo.
—¿Y si viene?
—Que venga.
Pero Elena no pensaba enfrentarlo.
Entregó el audio.
Las cámaras de seguridad.
Los mensajes.
Los documentos.
Y una fotografía de la marca que Javier había dejado semanas antes en el brazo de Pilar.
Dos días después, Clara presentó las acciones legales correspondientes.
Javier todavía no sabía nada.
Hasta que llegó a casa y descubrió que Pilar no estaba.
Llamó a Elena.
—Devuélveme a mi mujer.
—Mi madre no pertenece a nadie.
Javier soltó una risa.
—No sabes con quién estás jugando.
—Sí lo sé.
—Tú eras una oficinista del Estado o algo parecido, ¿verdad?
Elena miró la fotografía sobre su escritorio.
Uniforme de la Armada.
Condecoraciones.
Su antiguo equipo detrás.
—Algo parecido.
Colgó.
Pero aquella noche Clara llamó.
—Tenemos otro problema.
Había investigado la sociedad de Javier.
No era la primera vez.
Once años antes había existido otra empresa prácticamente idéntica.
Otra mujer mayor aparecía como avalista.
Murió meses después.
Tres años más tarde ocurrió nuevamente.
Mismo patrón.
Matrimonio.
Poderes.
Préstamos.
Propiedades hipotecadas.
Elena sintió frío.
—¿Qué pasó con esas mujeres?
—Una murió.
—¿Y la otra?
Clara guardó silencio.
—Desapareció.
A la mañana siguiente, Elena acompañó a Pilar a recuperar algunas pertenencias.
Javier estaba esperando.
Sonrió al verla.
—Así que trajiste a tu hija soldadito.
Elena no reaccionó.
Javier se acercó.
—Tu madre es mi mujer.
—Y puede marcharse cuando quiera.
Él bajó la voz.
—Ese uniforme antiguo no me impresiona.
Elena lo miró.
—Nunca pretendí impresionarte.
En ese momento dos vehículos oficiales se detuvieron frente a la casa.
La sonrisa de Javier desapareció.
Pero Elena tampoco los esperaba.
Un hombre de unos sesenta años bajó del segundo vehículo.
Llevaba uniforme de la Armada.
Al verla, se quedó inmóvil.
—Capitana Ruiz.
Elena palideció.
Nadie la llamaba así desde hacía diez años.
Javier miró de uno a otro.
—¿Qué está pasando?
El oficial ignoró la pregunta.
Sacó una fotografía antigua.
En ella aparecía Javier mucho más joven.
A su lado estaba un hombre que Elena reconoció inmediatamente.
Su padre.
Antonio Ruiz.
Muerto oficialmente hacía quince años.
Pilar dejó caer su bolso.
—Antonio…
El oficial abrió una carpeta.
—Javier Montalbán no eligió a su madre por casualidad.
Elena sintió que se le helaba la sangre.
—¿Qué quiere decir?
—Su padre investigaba una red dedicada a localizar viudas con propiedades y vaciar sus patrimonios mediante matrimonios y documentos fraudulentos.
Miró a Javier.
—Montalbán estaba en aquel expediente.
Elena se volvió hacia él.
Por primera vez, Javier parecía asustado.
—Mi padre murió en un accidente.
El oficial negó lentamente.
—Eso dice el informe público.
Después colocó sobre la mesa una segunda fotografía.
Había sido tomada hacía solamente seis meses.
Antonio Ruiz aparecía entrando en un edificio de Málaga.
Vivo.
Y caminando junto a Javier.
Pilar comenzó a temblar.
—No puede ser.
Elena apenas pudo hablar.
—¿Mi padre está vivo?

El oficial la miró fijamente.
—Sí.
Luego señaló los documentos que Javier había intentado hacer firmar a Pilar.
—Y creemos que fue él quien preparó cada uno de ellos.