Alejandro sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Detuvo la grabación.
Retrocedió diez segundos.
Volvió a reproducirla.
No había leído mal.
Sobre la mesa del estudio había dos documentos.
En la primera hoja podía distinguirse claramente el encabezado:
PODER NOTARIAL ESPECIAL.
Debajo, otro contrato llevaba impresa una frase todavía más inquietante:
GARANTÍA HIPOTECARIA.
Natalia permanecía de pie.
No estaba sentada como alguien que participa en una reunión.
Estaba arrinconada.
Su padre ocupaba el sillón principal.
El hombre de las pantuflas bloqueaba la única salida.
Y su madre permanecía junto a la ventana, con los brazos cruzados.
Alejandro subió el volumen.
—Firma —ordenó don Ernesto.
Natalia negó lentamente.
—No puedo hacerlo.
—Sí puedes.
—Alejandro nunca firmaría algo así sin leerlo.
Doña Beatriz dio un paso adelante.
—Mi hijo ya dio su autorización por teléfono.
Natalia levantó la vista.
—Entonces quiero hablar con él.
La respuesta llegó de inmediato.
—Está ocupado trabajando.
—Cinco minutos.
—No hace falta.
Natalia respiró hondo.
—No voy a firmar.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces el hombre de las pantuflas golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¿Sabes cuánto dinero está en juego?
Natalia retrocedió un paso.
—No me importa.
Don Ernesto perdió la paciencia.
—¡Te estamos diciendo que Alejandro ya aceptó!
—Si él aceptó, que venga él mismo.
Alejandro cerró los ojos un instante.
Nunca había aceptado nada.
Ni siquiera sabía que esos documentos existían.
Volvió a mirar la pantalla.
Su madre tomó el bolígrafo.
Lo puso delante de Natalia.
—No compliques las cosas.
Ella volvió a negar.
Entonces ocurrió algo que hizo que Alejandro apretara los dientes con tanta fuerza que sintió dolor en la mandíbula.
Doña Beatriz retiró el plato de comida que había sobre la mesa.
Era apenas un poco de arroz.
Lo levantó delante de Natalia.
—Mientras no firmes…
Dejó el plato sobre la encimera, fuera de su alcance.
—No comes.
El silencio en la grabación era insoportable.
Natalia bajó la cabeza.
No respondió.
Simplemente se dio la vuelta y salió del estudio.
Sin comida.
Sin discutir.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
Avanzó la grabación unas horas.
A las nueve y media de la noche.
Natalia apareció otra vez en la cocina.
Miró alrededor para comprobar que todos dormían.
Abrió lentamente el refrigerador.
Solo tomó un vaso de agua.
Antes de que pudiera cerrarlo, su madre apareció detrás de ella.
—¿Qué haces?
Natalia dio un pequeño sobresalto.
—Solo…
—¿Solo qué?
—Tenía hambre.
Doña Beatriz cerró el refrigerador de un golpe.
—La comida es para quienes ayudan a esta familia.
Natalia la miró confundida.
—Llevo todo el día limpiando.
—Y aun así te niegas a firmar.
Alejandro sintió que el pecho le ardía.
Nunca en toda su vida había visto a su madre hablar así.
Ella señaló la escalera.
—Vete a dormir.
Natalia obedeció sin decir una palabra.
Subió lentamente.
Con las manos vacías.
Alejandro dejó caer la cabeza entre las manos.
Ahora entendía los diez kilos.
No había sido estrés.
Había sido hambre.
Respiró profundamente y siguió revisando las grabaciones.
Dos días después encontró otra escena.
Natalia estaba sentada en el patio trasero remendando una camisa.
Lucía, la vecina de al lado, se acercó discretamente a la reja.
—Naty.
Natalia levantó la vista.
Lucía le ofreció una bolsa de pan.
—Te hice unas tortas.
Natalia sonrió por primera vez en semanas.
Pero antes de que pudiera tomar la bolsa, apareció don Ernesto.
Abrió la puerta del patio.
Le arrebató el pan a Lucía.
—No necesitamos limosnas.
Y cerró de un portazo.
Natalia permaneció inmóvil.
Lucía se quedó al otro lado de la reja, con lágrimas en los ojos.
Alejandro ya no podía seguir sentado.
Se levantó de golpe.
En ese momento escuchó risas provenientes del comedor.
Su padre.
Su madre.
Los supuestos parientes.
Todos seguían cenando tranquilamente en la planta baja.
Como si durante tres meses no hubieran convertido a su esposa en una sirvienta dentro de su propia casa.
Alejandro respiró lentamente.
Apagó el monitor.
Guardó una copia de todas las grabaciones en un disco externo.
Y salió del estudio.
Cuando abrió la puerta del comedor, las conversaciones se detuvieron.
Don Ernesto levantó la copa.
—Hijo, ven. Justo estábamos hablando del trámite de la casa.
Alejandro sonrió.
Era una sonrisa tan tranquila que nadie sospechó lo que estaba a punto de ocurrir.

Solo hizo una pregunta.
—¿Quién fue el primero que tuvo la idea de obligar a Natalia a firmar esos documentos?
Nadie respondió.
Pero el hombre de las pantuflas, sin darse cuenta, giró instintivamente la cabeza hacia don Ernesto.
Y ese pequeño movimiento fue suficiente para que Alejandro supiera exactamente por dónde empezar.