PARTE 2: LA FIRMA QUE LO DEJÓ SIN NADA

Mateo dejó de sonreír.

Durante un segundo creyó que era una amenaza más de Alejandro, otra de esas jugadas para intimidarlo. Pero cuando reconoció mi firma al pie del documento, el color se le escapó del rostro.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó, arrebatando la primera hoja.

La directora jurídica dio un paso al frente.

—No la toque. Es una copia certificada.

Mateo la ignoró.

Sus ojos recorrieron el encabezado una vez, luego otra.

El silencio empezó a pesar más que cualquier grito.

—No… esto no puede ser.

Alejandro permanecía inmóvil.

—Léelo completo.

Mateo tragó saliva.

Era un mandato preventivo firmado tres días antes de mi accidente.

En caso de que yo sufriera una emergencia médica durante el embarazo y mi esposo no pudiera ser localizado o existiera un posible conflicto de interés, todas las decisiones médicas, financieras y legales relacionadas conmigo y con mi hija pasarían temporalmente a la persona que yo había designado.

Esa persona era Alejandro.

—Esto es ridículo —balbuceó Mateo—. Camila jamás habría hecho algo así.

La directora lo miró sin un solo gesto de duda.

—Lo firmó ante notario. También dejó videograbada su voluntad.

Mateo sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¡Él la manipuló!

—No.

La voz de Alejandro fue tranquila.

—Fuiste tú.

Dentro de la habitación, yo seguía profundamente sedada.

Nuestra hija dormía en la cuna térmica, conectada a varios sensores. Cada pequeño movimiento de su pecho parecía un milagro.

Alejandro la observó apenas un instante antes de volver la vista hacia Mateo.

—¿Sabes por qué acepté firmar como responsable?

Mateo apretó los puños.

—Porque llevas años obsesionado con mi esposa.

Los tres escoltas intercambiaron una mirada incómoda.

Alejandro sonrió con tristeza.

—No. Porque ella me llamó llorando hace una semana.

Mateo levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Me dijo que tenía miedo.

Por primera vez, el ruido del hospital desapareció para todos.

Solo quedó aquella frase.

—Tenía miedo de que algún día le pasara algo y tú no aparecieras.

Siete días antes.

Yo estaba sentada frente a la ventana del despacho de Alejandro.

No había ido para hablar de amor.

Había ido porque ya no sabía en quién confiar.

—Solo necesito un consejo —le dije entonces.

Él dejó sobre la mesa la carpeta que estaba revisando.

—Te escucho.

Respiré hondo.

—Mateo ha cambiado.

Alejandro no respondió.

Esperó.

—Cada vez llega más tarde. Apaga el teléfono. Desaparece fines de semana completos. Si le digo que tengo miedo por el embarazo, dice que exagero.

Mis manos temblaban alrededor de la taza de té.

—Y si un día me pasa algo…

No terminé la frase.

Él sí la entendió.

—¿Quieres proteger a tu hija?

Asentí.

Alejandro tomó una hoja en blanco.

—Entonces vamos a hacer algo que ojalá nunca tengamos que usar.

Ese mismo día llamó a una notaría.

También pidió la presencia de un médico para certificar que yo estaba plenamente consciente al firmar.

Todo quedó registrado.

No porque pensara que Mateo intentaría hacerme daño.

Sino porque ya no confiaba en que fuera capaz de cuidarnos.

De vuelta al hospital, Mateo terminó de leer.

Sus manos temblaban.

—Esto solo es temporal.

—Correcto —respondió la directora jurídica.

Él recuperó algo de arrogancia.

—Entonces, cuando mi esposa despierte, todo volverá a la normalidad.

Nadie respondió.

La mujer abrió otra sección de la carpeta.

—Hay más documentos.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué documentos?

Alejandro permaneció en silencio.

La directora comenzó a leer.

—Solicitud de auditoría patrimonial presentada por la señora Camila…

Mateo abrió mucho los ojos.

—No.

—…para investigar movimientos financieros realizados desde las cuentas familiares durante los últimos dieciocho meses.

La respiración de Mateo empezó a acelerarse.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene.

Ella levantó otro documento.

—Especialmente cuando desaparecieron más de treinta y ocho millones de pesos sin autorización conjunta.

El pasillo entero quedó inmóvil.

Incluso algunas enfermeras dejaron de caminar.

Mateo dio un paso atrás.

—Eso… eso es dinero de mis inversiones.

Alejandro negó lentamente.

—No.

Sacó una carpeta azul más pequeña.

—Ese dinero salió de un fideicomiso creado por el padre de Camila para proteger el patrimonio de su hija.

Mateo sintió un escalofrío.

Solo él sabía cuánto había retirado.

Y solo él sabía dónde había terminado realmente ese dinero.

En ese mismo instante, el ascensor se abrió.

Valeria apareció con gafas oscuras, un bolso de diseñador y una expresión irritada.

Ni siquiera parecía preocupada.

Miró alrededor hasta encontrar a Mateo.

—¿Ya podemos irnos? Tengo a la prensa afuera.

Nadie contestó.

Entonces vio a Alejandro.

Y después la carpeta.

La sonrisa desapareció de inmediato.

—¿Qué está pasando?

La directora jurídica la observó con calma.

—¿Señorita Valeria Suárez?

Ella dudó.

—Sí.

—Quizá le interese saber que varias de las transferencias bajo investigación terminaron en cuentas relacionadas con una empresa donde usted figura como socia.

El rostro de Valeria perdió todo el color.

Mateo giró lentamente hacia ella.

Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, dejó de sentirse poderoso.

Porque comprendió que el accidente de su esposa ya no era el mayor de sus problemas.

Y porque, detrás de Alejandro, dos agentes de la unidad de delitos financieros acababan de cruzar la puerta del hospital con una orden en la mano.

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