PARTE 2: Elena reveló por qué Adrián necesitaba que todos creyeran que iba a casarse con ella

No fuimos a casa de Marta.

Fuimos directamente a un hotel.

No quería regresar al apartamento ni empezar una investigación por nuestra cuenta estando yo a pocos días de dar a luz.

Apenas entramos en la habitación, bloqueé el número desconocido después de guardar los mensajes y llamé a mi abogada.

Después llamé a Adrián.

Contestó inmediatamente.

—Lucía, ¿dónde estás?

—¿Qué ocurrió realmente con Daniel?

Silencio.

—¿Quién te habló de Daniel?

—Eso no responde.

Escuché su respiración cambiar.

—No hables de esto por teléfono.

—Entonces tampoco vuelvas a decirme que confíe en ti.

Colgué.

Veinte minutos después recibí una llamada de Elena.

Estuve a punto de rechazarla.

—Lucía, necesito explicarte lo que viste.

—Te escucho.

—Adrián no me estaba proponiendo matrimonio de verdad.

Me reí sin humor.

—Tenía un anillo.

—Era de Daniel.

Aquello me hizo callar.

—Daniel iba a casarse conmigo.

Sentí un escalofrío.

Elena continuó.

—Seis años atrás yo era la prometida de su hermano.

De pronto comprendí por qué la familia Ferrer siempre cambiaba de conversación cuando alguien mencionaba a Elena.

—¿Entonces por qué Adrián estaba arrodillado?

—Porque necesitábamos una fotografía.

—¿Una fotografía?

—Alguien lleva semanas preguntando por mí. Adrián pensó que si parecía que yo estaba bajo su protección, esa persona reaccionaría.

Apreté el teléfono.

—¿Y para eso necesitaba humillar a su esposa embarazada en nuestra propia casa?

Elena guardó silencio.

—No voy a defender cómo lo hizo.

Al menos tuvo la decencia de decirlo.

Entonces añadió:

—Pero hay algo que Adrián todavía no sabe.

—¿Qué?

—Daniel no murió solo.

Me puse de pie.

—Explícate.

—La noche del accidente había otra persona en el coche.

—La policía nunca mencionó a nadie.

—Porque esa persona salió antes de que encontraran el vehículo.

—¿Quién?

Elena tardó demasiado.

—Yo.

Sentí que el mundo se detenía.

Elena explicó que Daniel había descubierto irregularidades dentro de una empresa familiar y quería entregarle ciertos documentos a alguien de confianza.

Discutieron durante el trayecto.

Después ocurrió el accidente.

Elena sobrevivió y pasó semanas recuperándose lejos de Madrid.

—¿Por qué desapareciste?

—Porque alguien llegó al hospital antes que la familia.

—¿Quién?

—No vi su rostro. Pero sabía mi nombre, sabía qué llevaba Daniel y me dijo que si hablaba, Adrián sería el siguiente.

Me llevé una mano al vientre.

Mi hijo se movió.

Aquello bastó para devolverme a lo importante.

—Elena, si existe un riesgo real, esto debe estar en manos de profesionales.

—Lo sé.

—¿Y Adrián?

—Durante años creyó que yo había abandonado a Daniel antes del accidente. Solo hace unos meses descubrió que estaba con él aquella noche.

Ahora entendía parte de sus reuniones secretas.

Pero no lo perdonaba.

Una mentira destinada a “protegerme” seguía siendo una mentira.

A la mañana siguiente Adrián pidió verme.

Acepté únicamente en presencia de Marta y de mi abogada.

Cuando entró, parecía no haber dormido.

Dejó el anillo sobre la mesa.

—Daniel compró esto para Elena tres días antes de morir.

—Ya lo sé.

Su rostro cambió.

—¿Hablaste con ella?

—Sí.

—Entonces sabes por qué fingimos la propuesta.

—Sé tu versión. Y sé que me utilizaste como parte del escenario sin mi consentimiento.

Adrián bajó la mirada.

—Tienes razón.

No esperaba escucharlo.

—Firmaré el divorcio si eso sigue siendo lo que quieres.

Me quedé inmóvil.

—¿Así de fácil?

—No. Pero no voy a convertir tu matrimonio conmigo en otra jaula.

Por primera vez en meses vi al hombre del que me había enamorado.

Eso tampoco arreglaba nada.

Entonces sacó una carpeta.

—Daniel dejó esto en una caja de seguridad.

Dentro había fotografías, copias de correos y una lista de reuniones.

Pero una fotografía hizo que Marta se inclinara hacia delante.

Mostraba a Daniel junto a un coche, dos días antes de morir.

A su lado estaba Elena.

Y detrás de ambos aparecía otra mujer.

—Espera —dijo Marta.

La miré.

Había perdido el color.

—¿La conoces?

Marta tomó la fotografía con manos temblorosas.

—Lucía… esa mujer trabajaba para mi padre.

Sentí que se me cerraba la garganta.

—Nunca me dijiste que tu familia conocía a los Ferrer.

—Porque yo tampoco lo sabía.

Adrián señaló una fecha escrita detrás.

Entonces mi teléfono vibró.

Otro número desconocido.

Esta vez no había amenaza.

Solo una fotografía tomada desde lejos.

Yo entrando aquella mañana al edificio con Marta.

Debajo aparecía una frase:

Elena ya habló. Ahora pregúntale a Marta por qué su padre conservó el teléfono de Daniel durante seis años.

Levanté lentamente la mirada.

Marta ya estaba llorando.

—Lucía…

—¿Tu padre tenía el teléfono de Daniel?

Ella cerró los ojos.

—Lo encontré después de que murió mi padre.

Adrián se puso de pie.

—¿Dónde está?

Marta me miró a mí, no a él.

—Guardado.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

—Porque conseguí encenderlo una vez.

Su voz se quebró.

—Y el último mensaje que Daniel recibió antes del accidente no era de Elena.

—¿De quién era?

Marta respiró profundamente.

—De la madre de Adrián.

El silencio llenó la habitación.

Entonces comprendí por qué Adrián había ocultado tantas cosas.

No estaba protegiendo solamente un secreto sobre su hermano.

Llevaba meses intentando descubrir si la persona responsable de destruir a Daniel pertenecía a su propia familia.

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