Pero no firmé.
Cerré el bolígrafo y guardé los documentos en mi bolso.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué haces?
—Los revisará mi abogado.
Mi madre golpeó la mesa.
—¿Abogado? Clara, deja de hacerte la importante.
—Precisamente llevo demasiados años sin hacerlo.
Tomé mi maleta.
Daniel se interpuso.
—¿Adónde vas?
—Dijiste que querías rehacer tu vida.
Lo miré.
—Empieza esta noche.
Dormí en un hotel.
A la mañana siguiente fui directamente a verificar oficialmente el billete premiado.
Cuando confirmaron que era auténtico, mis piernas casi cedieron.
Cien millones de yuanes.
No llamé a Daniel.
Llamé a una abogada.
La licenciada Elena Zhou leyó la propuesta de divorcio y levantó una ceja.
—¿Esperaba que firmaras esto sin asesoramiento?
—Sí.
—Entonces hizo bien en no hacerlo.
También le hablé del premio.
Su expresión se volvió seria.
—No muevas ni prometas nada hasta determinar exactamente qué reglas patrimoniales se aplican y cuándo se adquirió legalmente el premio.
Asentí.
Por primera vez no quería actuar por emoción.
Quería protegerme.
Dos días después, Daniel comenzó a llamarme.
No porque me extrañara.
Porque yo había dejado de pagar automáticamente varios gastos que él siempre daba por hechos.
Luego llamó mi madre.
—Hugo necesita dinero para completar la entrada de un apartamento.
—Tiene su millón.
—Todavía no han pagado la indemnización.
—Entonces tendrá que esperar.
Silencio.
—Has cambiado.
—No. Solo dejé de obedecer.
Colgué.
Una semana después llegó la primera reunión formal del divorcio.
Daniel apareció acompañado por un abogado.
Yo llevé a Elena.
Daniel seguía confiado.
—Quiero resolver esto rápidamente.
—Yo también —respondí.
Su abogado empezó a hablar de la casa.
Entonces Elena colocó unos documentos sobre la mesa.
—Antes debemos aclarar la titularidad.
La expresión de Daniel cambió.
La vivienda no estaba únicamente a su nombre como él había insinuado.
Además, existían aportaciones documentadas realizadas por Clara que debían revisarse antes de cualquier reparto.
Después llegó la cuestión de nuestro hijo.
—No vas a llevártelo simplemente porque ganas más —dije.
Daniel me miró con desprecio.
—¿Y cómo piensas mantenerlo con tu salario?
No respondí.
Todavía no.
Tres días más tarde, la noticia del premio apareció en medios locales.
El ganador permanecía inicialmente anónimo.
Pero alguien de mi pueblo descubrió dónde había comprado el billete.
Mi madre me llamó esa misma noche.
—Clara.
Su voz era extrañamente dulce.
—¿Compraste lotería cuando regresabas?
Me quedé en silencio.
—¿Por qué preguntas?
—Hugo recuerda que siempre utilizabas los mismos números.
Entonces Daniel llamó.
Después Mateo.
Después otra vez mi madre.
No contesté.
A la mañana siguiente, Daniel apareció en el despacho de Elena.
Ya no hablaba de divorciarse rápidamente.
—Cometimos un error.
Lo miré.
—¿Quiénes?
—Nosotros.
—Tú preparaste el divorcio antes de que yo llegara.
—Estaba enfadado.
—También pediste la custodia de nuestro hijo y quisiste dejarme prácticamente sin nada.
Daniel respiró hondo.
—Clara, podemos arreglarlo.
—¿Por qué?
No respondió.
Saqué una copia del comprobante del premio.
No se la entregué.
Simplemente la dejé frente a mí.
Sus ojos se quedaron clavados en la cifra.
100.000.000.
Daniel perdió el color.
—¿Es real?
—Sí.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde antes de aquella cena.
Se quedó inmóvil.
—¿Ibas a contármelo?
—Iba a compartirlo contigo.
Aquello pareció dolerle más que cualquier insulto.
Entonces mi teléfono comenzó a vibrar.
Mamá.
Hugo.
Mateo.
Mamá otra vez.
Daniel extendió una mano hacia mí.
—Clara, soy tu marido.
—Fuiste muy claro aquella noche.
Guardé el comprobante.
—Querías dejar de serlo antes de saber cuánto dinero tenía.
Salí del despacho.
Creí que aquella era la gran revelación.
Me equivocaba.
Esa tarde Elena me llamó.
—Clara, encontramos algo en los documentos que Daniel preparó antes de pedirte el divorcio.
—¿Qué?
—Una declaración patrimonial.
Daniel había informado que yo poseía únicamente mis modestos ahorros.
Nada extraño.
Hasta que Elena señaló la fecha.
El documento había sido preparado tres días antes de mi regreso al pueblo.
—¿Y?
—Mira la última página.
Había una anotación escrita por Daniel para su abogado:
“Cerrar el acuerdo antes de que Clara compruebe el billete.”
Sentí que se me helaba la sangre.
—Eso es imposible.
Yo había comprobado el premio durante el viaje de regreso.
No se lo había contado a nadie.
Elena deslizó otra hoja hacia mí.
Era una captura de una conversación entre Daniel y mi hermano Hugo.
Enviada horas antes de aquella cena.
Hugo había escrito:
“Ya confirmé los números. Es el billete de Clara.”
Daniel respondió:
“Entonces esta noche tiene que firmar antes de descubrir cuánto vale.”

Levanté lentamente la mirada.
Mi marido no me había pedido el divorcio porque creyera que yo no tenía dinero.
Me lo había pedido porque ya sabía que acababa de ganar cien millones.
Y mi propia familia lo había ayudado a preparar todo.