PARTE 2: El imperio que Daniel creyó que pertenecía a otro

Daniel recibió la llamada antes de terminar el almuerzo.

—Señor Lu, vuelva inmediatamente a la oficina.

—Estoy ocupado.

—El contrato con Sabor de Emma acaba de ser cancelado.

Su mano se quedó suspendida sobre la mesa.

Aquel acuerdo de treinta millones era el proyecto que podía convertirlo en socio de la firma.

—¿Por qué?

—La fundadora retiró la autorización personalmente.

Victoria levantó la mirada.

—¿Problemas?

Daniel ya estaba poniéndose el abrigo.

—Tengo que volver.

Una hora después estaba frente al director general, Michael Chen.

—¿Qué hiciste? —preguntó Michael.

—Nada.

—Entonces explícame por qué Emma Su canceló nuestra colaboración la misma mañana de tu divorcio.

Daniel frunció el ceño.

—¿Emma quién?

Michael lo miró fijamente.

—Emma Su.

Giró el monitor.

En la pantalla aparecía una fotografía de una conferencia empresarial.

Una mujer con traje beige recibía un premio.

Daniel dejó de respirar.

Era yo.

—No.

—¿La conoces?

Daniel se acercó al monitor.

Debajo de mi fotografía aparecía:

EMMA SU
Fundadora y presidenta de Sabor de Emma.

—Es mi exesposa.

El silencio fue absoluto.

Michael cerró los ojos.

—Dime que estás bromeando.

Daniel negó lentamente.

Entonces recordó la panadería.

Mis horarios.

Mis viajes ocasionales que él creía que eran visitas a proveedores.

Las llamadas que atendía desde la cocina.

Y aquella vez que un vicepresidente de un gran banco me saludó por mi nombre.

Daniel había supuesto que era cliente de la panadería.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

Michael soltó una risa incrédula.

—Quizá porque nunca preguntaste.

Daniel palideció.

—Necesito hablar con ella.

—Buena suerte. Según Legal, la decisión es definitiva.

Lo que Daniel todavía no sabía era que yo no había cancelado el acuerdo para vengarme.

El contrato aún no estaba firmado.

Mi empresa podía elegir entre tres firmas.

Durante meses había favorecido la suya porque él trabajaba allí.

Con el divorcio terminado, simplemente dejé de hacerlo.

Esa tarde Daniel apareció en mi panadería.

Esperó hasta que salió el último cliente.

—Emma.

Seguí colocando pan en una bandeja.

—¿Qué necesitas?

—¿Tú eres Emma Su?

—Siempre lo he sido.

—¿Por qué me ocultaste todo?

Lo miré.

—No lo oculté.

Daniel soltó una risa amarga.

—Estuvimos casados tres años.

—Y durante esos tres años jamás me preguntaste qué hacía después de cerrar esta tienda.

Su rostro se endureció.

—Me dijiste que ganabas seis mil yuanes al mes.

—Eso es lo que me pago como salario en esta sucursal.

—¡Tienes mil doscientas panaderías!

—La empresa tiene mil doscientos establecimientos entre propios y asociados.

Daniel pasó una mano por su cabello.

—¿Y mi deuda?

—La pagué.

—¿La operación de mamá?

—También.

—¿Mis bonificaciones?

Por primera vez dudé.

—Al principio tu empresa atravesaba dificultades. Michael necesitaba retenerte, pero no podía darte el incentivo que te había prometido. Yo aporté dinero a un programa de retención.

Daniel me miró como si acabara de descubrir que los últimos años de su vida pertenecían a otra persona.

—Entonces todo lo que conseguí fue gracias a ti.

—No.

Negué.

—Tu trabajo fue tuyo. Tus ascensos fueron tuyos. Yo ayudé económicamente cuando podía.

Me quité el delantal.

—No necesito quitarte tus méritos para reconocer que nunca valoraste los míos.

Aquello lo dejó sin palabras.

—¿Victoria sabe?

—No me interesa Victoria.

—Emma, yo…

—Estamos divorciados.

La conversación terminó ahí.

Pero Daniel no regresó a casa.

Fue directamente a ver a Michael.

Quería saber exactamente cuánto dinero había aportado yo durante aquellos años.

Michael se negó inicialmente.

Después de revisar qué información podía compartir, confirmó algo que Daniel desconocía.

Yo había sido inversionista minoritaria de la firma desde antes de nuestro matrimonio.

Daniel quedó inmóvil.

—¿Cuánto posee?

—Eso no puedo decírtelo.

Pero aquella noche empezó a revisar documentos antiguos.

Y encontró mi carta.

Estaba donde la había dejado.

Dentro del mueble de zapatos.

Daniel la leyó tres veces.

Después llamó a su madre.

—Mamá, ¿sabías que Emma pagó tu operación?

Hubo silencio.

—Daniel…

—¿Lo sabías?

—Sí.

Él cerró los ojos.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Emma me pidió que no lo hiciera. Dijo que no quería que sintieras que le debías nada.

La voz de Daniel se quebró.

—Todos lo sabían menos yo.

—No.

Su madre hizo una pausa.

—Victoria también lo sabía.

Daniel abrió los ojos.

—¿Qué?

—La conocí hace dos meses. Vino a preguntarme cosas sobre Emma.

Aquello cambió todo.

—¿Qué cosas?

—Cuánto dinero tenía. Si tú sabías de sus empresas. Si existía un acuerdo matrimonial.

Daniel colgó.

A la mañana siguiente revisó los documentos del contrato perdido.

Victoria había sido una de las personas que más insistió en que su firma debía competir por Sabor de Emma.

Y había algo todavía más extraño.

Un informe interno fechado seis meses antes incluía una recomendación:

“Fortalecer la relación personal con Daniel Lu. Su vínculo matrimonial puede facilitar acceso estratégico al grupo Su.”

Daniel leyó aquella frase hasta que le dolieron los ojos.

Victoria sabía quién era yo antes de acercarse a él.

Esa tarde la enfrentó.

—¿Desde cuándo sabes que Emma es la fundadora?

Victoria permaneció en silencio.

—¿Desde cuándo?

—Antes de conocerte.

Daniel retrocedió.

—¿Te acercaste a mí por ella?

—Al principio.

La respuesta lo dejó helado.

Victoria intentó tomarle la mano.

—Después las cosas cambiaron.

Él se apartó.

—¿Qué querías?

—Acceso.

—¿A qué?

Victoria cerró los ojos.

—A las acciones de Emma.

Pero yo estaba descubriendo otra parte de la historia al mismo tiempo.

Julia había llegado a mi oficina central con una carpeta antigua.

—Encontramos algo durante la revisión posterior al divorcio.

—¿Qué?

—La casa que dejaste a Daniel.

—¿Qué ocurre con ella?

Julia puso la escritura delante de mí.

Daniel creía que la casa le pertenecía completamente.

Yo también lo había creído.

Pero la propiedad había sido comprada mediante una sociedad patrimonial antes de nuestro matrimonio.

Y esa sociedad no pertenecía a Daniel.

Pertenecía a Sabor de Emma.

—Eso tiene que ser un error.

—No lo es.

Julia pasó a la siguiente página.

Había una solicitud presentada ocho meses atrás para transferir la propiedad desde mi sociedad hacia Daniel.

La autorización llevaba mi firma.

Pero yo jamás había firmado aquel documento.

—¿Quién presentó esto?

Julia señaló el nombre.

Victoria Quinn.

Sentí que algo se congelaba dentro de mí.

Pero todavía faltaba una página.

Victoria no había actuado sola.

La solicitud tenía un segundo autorizante.

Michael Chen.

El director general que durante años había ayudado discretamente a canalizar mis aportes hacia Daniel.

El hombre que sabía exactamente quién era yo.

Y debajo de ambos nombres aparecía una nota:

“Completar transferencia antes del divorcio. Daniel no debe descubrir quién financió realmente la adquisición.”

Levanté la vista hacia Julia.

De pronto comprendí que Daniel quizá no había sido la única persona que había confundido mi silencio con ignorancia.

Alguien llevaba meses preparando nuestro divorcio antes de que él me entregara los papeles.

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