PARTE 2: LA FIRMA QUE JULIAN NUNCA DEBIÓ FALSIFICAR

Lo que Julian nunca descubrió era que yo seguía siendo propietaria del 18 % de Richardson Biotech.

Las acciones provenían de un fideicomiso creado por mi abuelo mucho antes de nuestro matrimonio.

No podían venderse.

No podían transferirse.

Y, sobre todo, nadie podía votar en mi nombre.

Por eso Julian necesitaba aquella “exención fiscal”.

Sin mi firma, su fusión de diez millones no podía cerrarse.

Pero había algo peor.

—Doctor —dije—, ¿puede llamar a la detective?

Eleanor palideció.

Julian me miró confundido.

—¿Qué detective?

Dos agentes aparecieron al final del pasillo.

El doctor Vance les entregó una copia de las grabaciones del estacionamiento.

Eleanor retrocedió.

—Julian, haz algo.

Pero Julian solo preguntó:

—¿Sabías que estaba embarazada?

Ella guardó silencio.

Eso bastó.

Mientras los agentes se llevaban a Eleanor para interrogarla, Julian volvió hacia mí.

—Sienna, podemos arreglar esto.

Casi sonreí.

—¿“Podemos”?

Saqué una carpeta de mi bolso.

Dentro estaban las copias de los documentos corporativos que Julian había presentado durante nuestro divorcio.

Todos llevaban supuestamente mi firma.

Solo que yo jamás los había firmado.

—Mi abogado lleva dos meses investigándolos.

Su rostro cambió.

—No sabes de qué estás hablando.

—Entonces tendrás oportunidad de explicarlo.

La puerta del ascensor se abrió.

Entraron dos abogados de Richardson Biotech acompañados por el director financiero.

Julian dejó de respirar por un instante.

Uno de ellos habló:

—Señor Mercer, la junta ha suspendido la fusión después de detectar posibles irregularidades en las autorizaciones de la señora Vance.

—¡Eso es absurdo!

—Además —continuó—, debido a la investigación abierta contra la señorita Eleanor Richardson, su padre ha sido apartado temporalmente de las negociaciones.

La boda que debía consolidar la fortuna de Julian acababa de convertirse en el motivo por el que todos querían alejarse de él.

Entonces su teléfono empezó a vibrar.

Primero su abogado.

Después sus socios.

Luego el banco.

Julian me miró como si esperara que yo detuviera la caída.

—Firma la exención —susurró—. Después discutiremos todo lo demás.

Miré a Leo dormido detrás del cristal.

—No.

—Sienna, perderé millones.

—Hace treinta y dos minutos te estabas riendo de mí delante de todos tus amigos.

No tuvo respuesta.

—Y cuando descubriste que tenías un hijo, tu primera frase fue amenazar con quitármelo.

Cerré la carpeta.

—Así que no confundas mi tranquilidad con debilidad otra vez.

A la mañana siguiente no hubo boda.

La investigación sobre Eleanor continuó, la fusión quedó suspendida y los documentos falsificados abrieron un problema mucho mayor para Julian.

Semanas después solicitó verme.

No acepté.

Mandó flores.

Las devolví.

Después escribió:

“Solo quiero conocer a mi hijo.”

Mi abogado respondió por mí.

Todo tendría que hacerse por las vías legales correspondientes y pensando primero en el bienestar de Leo.

Meses después, cuando finalmente llevé a mi hijo a casa, encontré otra carta de Julian.

No la abrí.

La guardé para mi abogado y entré con Leo en brazos.

Julian había pasado años creyendo que mi firma era algo que podía falsificar, exigir o comprar.

Demasiado tarde comprendió la verdad.

Mi firma nunca había sido suya.

Y tampoco mi vida.

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