PARTE 2: La Firma Imposible

Me quedé inmóvil con el convenio entre las manos mientras el ruido de los niños jugando en el parque parecía alejarse hasta desaparecer.

No podía apartar la vista de aquella firma.

A primera vista era la mía.

Pero cuanto más la observaba, más detalles encontraba.

La inclinación de la “E” era distinta.

La cola de la “N” terminaba con un trazo que yo nunca hacía.

Alguien había practicado mi firma durante mucho tiempo.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Si aquel documento se había preparado tres años antes, significaba que Mauricio y su familia llevaban planeando deshacerse de mí mucho antes de que apareciera Paola.

Yo nunca había sido una esposa.

Había sido un estorbo temporal.

Respiré hondo y seguí revisando la bolsa.

Los cuatro cuadernos tenían la misma letra temblorosa de don Arturo.

No eran diarios personales.

Eran registros.

Cada página estaba fechada.

“12 de marzo. Elena pagó los medicamentos con su tarjeta porque Mauricio dijo que no tenía dinero.”

“8 de abril. Teresa escondió la factura para decir que ella había comprado todo.”

“21 de junio. Mauricio volvió a llegar de madrugada. Dijo que estaba trabajando, pero escuché el perfume de otra mujer.”

Las anotaciones continuaban durante años.

Había cientos.

Cada una describía pequeñas escenas que yo había vivido sin imaginar que alguien las estaba observando.

Mis manos comenzaron a temblar.

Siempre creí que don Arturo apenas prestaba atención a lo que ocurría dentro de la casa.

Sin embargo, lo había visto todo.

Seguí pasando hojas.

En uno de los cuadernos apareció una lista de depósitos bancarios.

Junto a cada cantidad había una nota.

“Dinero de Elena para reparar el techo.”

“Dinero de Elena para cambiar la cocina.”

“Dinero de Elena para la deuda de Mauricio.”

Nunca imaginé que él supiera de esas transferencias.

Yo había usado mis ahorros porque Mauricio siempre prometía devolverme el dinero.

Jamás lo hizo.

Dentro del sobre encontré también un pequeño dispositivo de memoria.

No tenía ninguna etiqueta.

Lo observé durante unos segundos.

Después busqué un cibercafé que todavía funcionaba cerca del centro.

El dueño me permitió utilizar una computadora.

Conecté la memoria.

Solo había un archivo de audio.

Lo abrí.

Durante los primeros segundos solo se escuchaba el ruido de platos y cubiertos.

Luego apareció claramente la voz de Teresa.

—Si la hacemos firmar cuando esté medicada por la ansiedad, ni siquiera recordará qué firmó.

Sentí un nudo en el estómago.

Después habló Mauricio.

—El abogado dice que, con esa firma, podremos demostrar abandono del hogar.

La tercera voz fue la de un hombre desconocido.

—Solo asegúrense de que nunca vea el documento original.

El audio continuó.

—Cuando Arturo muera, todo quedará limpio.

Nadie podrá reclamar nada.

Cerré los ojos.

Aquella conversación había sido grabada dentro de la propia casa.

Las fechas del archivo coincidían exactamente con el año en que Mauricio insistía en que visitara a un psiquiatra porque, según él, yo estaba demasiado nerviosa.

No era preocupación.

Era parte del plan.

Salí del cibercafé con el corazón acelerado.

Por primera vez desde que abandoné aquella casa, dejé de sentir vergüenza.

Ahora sentía rabia.

Pero una rabia fría.

La clase de rabia que obliga a pensar antes de actuar.

Esa misma tarde llamé a Clara Méndez.

Habíamos estudiado juntas en la preparatoria.

Ahora era perita en documentoscopía de la Fiscalía estatal.

Hacía más de diez años que no hablábamos.

Aceptó verme esa misma noche.

Revisó el convenio durante apenas unos minutos.

Luego levantó la vista.

—Elena… si este documento llegó a un juzgado, alguien cometió varios delitos.

—¿La firma?

Ella negó lentamente.

—La firma es solo el principio.

Sacó una lupa de su escritorio y señaló el papel.

—Observa estas grapas.

No son las originales.

Cambiaron hojas completas.

Después me mostró el sello notarial.

Su expresión cambió por completo.

—Este notario falleció hace cuatro años.

Miré el documento otra vez.

Clara respiró profundamente antes de decir la frase que hizo que todo cobrara un sentido mucho más oscuro.

—Elena… alguien no solo falsificó tu firma.

Alguien fabricó un expediente entero para destruirte antes de que tú siquiera supieras que estabas en peligro.

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