Mariana sintió que el aire desaparecía de la habitación.
Miró una y otra vez la fotografía del formulario.
Era su nombre.
Su dirección.
Su número de identificación.
Y una firma casi perfecta.
Solo había un detalle que la delataba.
Ella jamás escribía la letra M con un solo trazo.
Siempre levantaba el bolígrafo antes de terminarla.
Alguien había copiado su firma…
…pero no conocía ese pequeño hábito.
—Eso no lo firmé yo —dijo con la voz quebrada.
La agente de la Fiscalía, Verónica Salas, asintió lentamente.
—Lo sabemos.
Alejandro frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué la clínica aceptó el documento?
Verónica dejó otra carpeta sobre la mesa.
—Porque esa clínica pertenece a una sociedad administrada por un fideicomiso de la familia Alcázar.
Mariana sintió un escalofrío.
—¿También era de Graciela?
—Indirectamente.
La agente abrió el expediente.
Había organigramas.
Empresas.
Nombres repetidos.
Transferencias.
Todo terminaba conectado.
—Hace tres meses empezamos una investigación por fraude fiscal y lavado de dinero. Varias compañías de los Alcázar utilizaban clínicas, constructoras y empresas tecnológicas para mover recursos.
Alejandro respiró hondo.
—Por eso Santiago acudió a nosotros.
Verónica continuó.
—Pero hace dos semanas encontramos algo peor.
Sacó una hoja protegida con plástico.
Era un correo electrónico impreso.
Asunto:
“Después del funeral.”
Mariana sintió un nudo en el estómago.
La agente leyó despacio.
—”Una vez confirmado el entierro, recuperar a Sofía. Resolver el embarazo antes de que nazca. Después iniciar incapacidad psicológica para la viuda.”—
El silencio fue absoluto.
Mariana dejó escapar un gemido ahogado.
—Ellos ya habían decidido todo…
—Sí.
—Incluso antes del accidente.
Verónica levantó la vista.
—Creemos que el supuesto accidente nunca fue el verdadero objetivo.
Alejandro miró sorprendido.
—¿Qué quiere decir?
La agente respondió con firmeza.
—Pensamos que el plan original era eliminar únicamente a Santiago.
Mariana sintió que las piernas dejaban de responder.
Tuvo que sentarse.
—¿Eliminarlo?
—Él descubrió demasiado.
Verónica deslizó otra fotografía.
Mostraba una avioneta completamente destruida.
—La explosión fue provocada.
Alejandro abrió los ojos.
—¿Entonces fue un atentado?
—Eso indican los primeros peritajes.
Mariana recordó la llamada que Santiago había recibido tres noches antes del supuesto viaje.
Había salido al jardín para contestar.
Cuando regresó, intentó sonreír.
Pero aquella sonrisa nunca llegó a sus ojos.
—¿Todo está bien? —le había preguntado ella.
—Solo problemas de la empresa.
Ahora entendía que había mentido para protegerla.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—Él sabía que corría peligro…
Verónica asintió.
—Y también sabía que alguien muy cercano estaba involucrado.
Alejandro observó el expediente.
—¿Graciela?
La agente dudó unos segundos.
—Todavía no podemos afirmarlo oficialmente.
—Pero…
—Las órdenes nunca llevan su firma.
Mariana cerró los ojos.
Siempre había sentido que su suegra la odiaba.
Pensó que eran celos.
Control.
Orgullo.
Jamás imaginó algo así.
Entonces recordó algo.
Abrió los ojos de golpe.
—El despacho.
Ambos la miraron.
—Cuando entré anoche encontré el teléfono escondido…
Su respiración comenzó a acelerarse.
—Pero también faltaba una carpeta azul.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Está segura?
—Sí.
Siempre estaba junto al teléfono.
La vi hace meses.
Santiago nunca permitía que nadie la tocara.
Verónica sacó inmediatamente una libreta.
—Descríbala.
—Era de piel azul oscuro… tenía un cierre plateado… y una etiqueta que decía “Proyecto Horizonte”.
La agente dejó de escribir.
Su rostro perdió el color.
—¿Proyecto Horizonte?
—Sí.
Alejandro miró a Verónica.
—¿Lo conocen?
Ella respondió casi en un susurro.
—Es el nombre clave de toda la investigación federal.
Mariana sintió otro golpe del bebé dentro de su vientre.
No era una patada suave.
Era fuerte.
Como un recordatorio de que seguían vivos.
Verónica guardó todos los documentos con rapidez.
—Si esa carpeta desapareció significa que alguien entró en la casa después del funeral.
Alejandro cerró inmediatamente las persianas.
—¿Quién tiene acceso?
Mariana respondió sin pensar.
—Solo Graciela…
Entonces recordó algo más.
Cuando había entrado por la ventana del área de lavado…
…la alarma no sonó.
En esa casa era imposible entrar sin que el sistema avisara.
Salvo que alguien…
…la hubiera desactivado desde el panel principal.
Verónica tomó su teléfono.
—Necesito un equipo en la residencia Alcázar inmediatamente.
Pero antes de marcar…
El móvil de Mariana vibró.
Era un número oculto.
Nadie habló durante varios segundos.
Después escuchó una respiración conocida.
Una voz masculina, cansada, ronca…
…pero imposible de olvidar.
—Mari…

Las lágrimas brotaron antes de que pudiera responder.
—¿Santiago?
Del otro lado hubo un largo silencio.
Y finalmente él dijo las palabras que cambiaban absolutamente todo.
—No vuelvas a confiar en Alejandro… porque alguien del hospital está trabajando para mi madre.