Firmé sin leer una sola línea más.
No porque confiara en Nathan Blackwood.
Sino porque ya no tenía nada que discutir con un hombre que había ordenado golpear a su propia esposa.
Evelyn tomó el documento.
Lo guardó cuidadosamente dentro de una carpeta de cuero.
—Perfecto.
Luego sacó otro sobre.
—Ahora necesitamos ocuparnos de algo más importante.
La miré confundida.
—¿Más importante que un divorcio?
Ella asintió.
—Mucho más.
Abrió el sobre.
Dentro había una fotografía antigua.
Una mujer joven sostenía en brazos a una niña de unos tres años.
Tardé apenas unos segundos en reconocerlas.
Era mi madre.
Y la niña era yo.
La fotografía estaba tomada frente a una enorme mansión de piedra.
En la parte trasera alguien había escrito una fecha.
Hace veinticinco años.
Debajo aparecía una frase.
“Algún día volveremos a casa.”
Sentí que la garganta se cerraba.
—Mi madre nunca me enseñó esta fotografía.
Evelyn respiró despacio.
—Porque nunca quiso que usted creciera sintiendo odio.
Antes de que pudiera preguntar nada más, la puerta volvió a abrirse.
Entró un anciano de cabello completamente blanco.
Caminaba lentamente apoyado en un bastón de nogal.
Pero su espalda seguía completamente recta.
Sus ojos se detuvieron en mí.
Y comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Valeria…
Su voz apenas era un susurro.
—Perdóname por llegar treinta años tarde.
No necesitó presentarse.
Lo supe inmediatamente.
Arthur Whitaker.
El hombre que acababa de cambiar toda mi vida.
Permanecimos varios segundos mirándonos.
Después él dio un paso más.
—Te pareces muchísimo a tu madre.
No pude responder.
Porque era la primera vez en mi vida que alguien hablaba de ella con cariño.
Arthur tomó asiento junto a mi cama.
Miró los vendajes.
Las costillas inmovilizadas.
El ojo inflamado.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Quién hizo esto?
Evelyn respondió antes que yo.
—Nathan Blackwood.
El anciano cerró lentamente los ojos.
—¿Tu esposo?
—Mi exesposo.
Respondí con calma.
Él asintió.
—Me alegra escuchar esa palabra.
Después levantó nuevamente la vista.
—Tu madre abandonó mi casa porque yo quería decidir con quién debía casarse.
Sentí un nudo en el pecho.
—Ella eligió al hombre que amaba.
Respiró profundamente.
—Y yo la desheredé.
El silencio se volvió insoportable.
—Dos años después quise pedirle perdón.
Pero ya había desaparecido.
Arthur bajó la cabeza.
—La busqué durante décadas.
Contraté investigadores.
Recorrí hospitales.
Escuelas.
Registros públicos.
Nunca dejé de buscarla.
Lo miré sin apartar la vista.
—Nos encontró demasiado tarde.
Una lágrima cayó por su mejilla.
—Sí.
Llegué demasiado tarde para pedirle perdón a mi hija.
Pero no pienso llegar tarde para proteger a mi nieta.
En ese momento sonó el teléfono de Evelyn.
Escuchó durante unos segundos.
Después sonrió discretamente.
—Señor.
Arthur levantó la vista.
—Acaban de informar que Nathan Blackwood aterrizó en París hace cuarenta minutos.
El anciano asintió.
—Bien.
Evelyn continuó.
—También recibimos una copia del comunicado de prensa.
Sacó una hoja.
La leyó.
—”Blackwood Group anuncia el compromiso entre su director ejecutivo, Nathan Blackwood, y la señorita Camille Rhodes, heredera de Rhodes Medical Holdings.”
Arthur soltó una leve risa.
—Qué mala elección de fecha.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Él tomó otra carpeta.
La deslizó lentamente hacia mí.
En la portada aparecía un solo nombre.
Blackwood Group.
—Hace seis meses comenzamos a comprar acciones de su empresa.
Mi corazón dio un vuelco.
Arthur abrió la carpeta.
Había gráficos.
Contratos.
Firmas.
Porcentajes.
—Hasta esta mañana controlábamos el cuarenta y ocho por ciento.
Levantó la vista.
—Con las acciones que ahora te pertenecen…
…acabamos de superar el cincuenta y uno.
Tardé varios segundos en comprender.
—¿Eso significa…?
Arthur sonrió por primera vez.
—Significa que Nathan Blackwood pasó toda la mañana negociando en París una expansión europea…
…sin saber que, hace exactamente doce minutos, dejó de ser el dueño de su propia empresa.
Evelyn volvió a mirar el teléfono.
—Señor.
—¿Sí?
—El consejo extraordinario acaba de aprobar la votación.
Arthur asintió.
Después me miró directamente.
—Valeria.
¿Te gustaría asistir mañana a la primera reunión del consejo como accionista mayoritaria?
Respiré profundamente.
Miré el divorcio firmado.
Después los moretones que todavía cubrían mis brazos.
Y finalmente levanté la cabeza.
—No.

Arthur pareció sorprendido.
Sonreí con tranquilidad.
—No iré como accionista.
Haré mi primera entrada…
…como la nueva presidenta del Grupo Blackwood.