PARTE 2: LA FACTURA

El dormitorio permaneció completamente en silencio.

Los hombres armados que acompañaban a Victor Russo seguían apuntándome.

Nadie entendía por qué su jefe aún no había ordenado que me sacaran de allí.

Yo apenas podía mantener los ojos abiertos.

La fiebre me hacía temblar.

Victor seguía sosteniendo la factura del hospital.

La leyó una segunda vez.

Después una tercera.

Finalmente levantó la vista.

—¿Quién es Tommy?

Intenté incorporarme.

Las piernas no respondieron.

—Mi… hermano.

Mi voz apenas era un susurro.

—Tiene quince años.

Victor observó nuevamente el documento.

—Insuficiencia renal terminal.

Asentí lentamente.

—Necesita diálisis.

—Tres veces por semana.

—Si dejamos de pagar…

No terminé la frase.

No hacía falta.

El silencio lo completó.

Uno de los hombres de Victor dio un paso adelante.

—Jefe.

La policía sigue buscando al traidor.

No deberíamos perder tiempo aquí.

Victor no apartó los ojos de la factura.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando en esta casa?

—Cinco semanas.

—¿Y nunca pediste ayuda?

Solté una risa amarga.

—La gente como yo no le pide ayuda a hombres como usted.

Algunos de sus hombres sonrieron con ironía.

Victor no.

Extendió la mano y volvió a tocar mi frente.

La retiró inmediatamente.

—Cuarenta grados, como mínimo.

Giró la cabeza.

—Llamen al doctor Levin.

—Ya viene, jefe.

—Que venga más rápido.

Dos minutos después, el médico privado entró corriendo con un maletín.

Al verme sobre la cama abrió mucho los ojos.

—¿Qué ocurrió?

Victor respondió con absoluta naturalidad.

—Está enferma.

—Atiéndela.

El doctor dudó.

Miró la cama.

Después volvió a mirar a Victor.

Durante quince años trabajando para él jamás había visto a nadie acostado en aquel colchón.

Mucho menos a una desconocida.

Le tomó la temperatura.

La presión.

Escuchó mi respiración.

Su expresión se volvió seria.

—Tiene una infección importante.

—Si hubiera seguido trabajando unas horas más…

Podría haber perdido el conocimiento.

Victor permaneció en silencio.

El doctor continuó.

—Necesita hospitalización.

Yo negué inmediatamente.

—No puedo.

Todos me miraron.

—Si dejo de trabajar…

Mi hermano no podrá recibir tratamiento.

Victor dejó lentamente la factura sobre la mesa.

—¿Cuánto cuesta salvarlo?

El doctor pensó que había oído mal.

—¿Perdón?

—La deuda.

—¿Cuánto?

—Cincuenta y dos mil dólares.

Victor sacó un bolígrafo.

Firmó un cheque sin hacer una sola pregunta.

Lo entregó al médico.

—Páguelo hoy.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—No…

No puedo aceptar eso.

Victor me observó con una calma desconcertante.

—No te pregunté si podías.

—Te dije que ya está pagado.

Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.

Toda mi vida había aprendido que nadie regalaba cantidades así.

Siempre había un precio.

Siempre había una condición.

—¿Qué quiere de mí?

Victor respondió sin dudar.

—Que dejes de pensar que vas a morir de pie por cuidar a otra persona.

La habitación quedó completamente inmóvil.

Uno de sus hombres carraspeó con incomodidad.

Nunca habían escuchado a Victor hablar así.

En ese momento sonó el teléfono del jefe de seguridad.

Contestó.

Su expresión cambió al instante.

—Señor…

Encontramos algo.

Victor tomó el teléfono.

—Habla.

—El traidor del almacén tenía un cómplice dentro de la finca.

Todos los presentes llevaron la mano a sus armas.

—¿Quién?

Hubo un breve silencio.

—Alguien del personal de limpieza.

Sentí que el estómago se hundía.

El jefe de seguridad continuó.

—Todavía no sabemos el nombre.

—Pero utilizó un uniforme idéntico al de la señorita que está en su habitación.

Las miradas cayeron sobre mí al mismo tiempo.

Uno de los hombres desenfundó inmediatamente la pistola.

—¡Jefe, puede ser ella!

Victor no se movió.

Solo observó mi rostro durante varios segundos.

Después tomó la factura del hospital y la sostuvo frente a todos.

—Una mujer que lleva cinco semanas intentando salvar a un niño…

No arriesga la vida infiltrándose para venderme.

El hombre bajó lentamente el arma.

Pero Victor ya había comprendido otra cosa.

Si el verdadero infiltrado llevaba el mismo uniforme que yo…

Entonces alguien había planeado que, tarde o temprano…

…la persona que apareciera en su dormitorio fuera exactamente la criada a la que acababa de salvarle la vida.

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