PARTE 2: LA ESCRITURA

Mi madre no dijo una sola palabra durante todo el camino.

Iba sentada junto a la ventana del automóvil, sosteniendo con ambas manos el frasco de mole roto que había logrado rescatar entre los vidrios.

De vez en cuando levantaba la mano para tocarse el cuello.

La marca roja de la cadena seguía ahí.

Yo manejaba sin hablar.

Porque si abría la boca antes de tiempo, iba a terminar llorando.

Y no quería llorar.

Quería pensar.

Cuando llegamos al hotel donde reservé una habitación, mi abogado ya nos estaba esperando.

Octavio Barrios llevaba más de veinte años asesorando a mi familia.

Me vio bajar del auto.

Después vio el rostro inflamado por el golpe de Javier.

Y finalmente observó el cuello de mi madre.

Su expresión cambió por completo.

—¿Quién hizo esto?

Mi madre intentó responder.

Yo la detuve.

—Tenemos todo grabado.

Octavio respiró profundamente.

—Entonces nadie podrá negarlo.

Subimos a la habitación.

Mientras mi madre descansaba, conecté la computadora.

Abrí el video de la cámara del timbre.

Lo vimos completo.

Sin adelantar un solo segundo.

La imagen era nítida.

Doña Gloria abriendo la puerta.

Empujando la canasta.

Los huevos rompiéndose contra el piso.

El mole derramado.

La cadena.

Las burlas.

Mi madre de rodillas.

Y después…

Javier entrando.

Sin preguntar nada.

Golpeándome delante de todos.

Octavio detuvo el video.

—Es suficiente.

Negué con la cabeza.

—No.

Retrocedí unos segundos.

—Mire esto.

Amplié la imagen.

Antes de colocar la cadena, doña Gloria había sacado algo del bolso.

Una carpeta color vino.

En ese momento no le di importancia.

Ahora sí.

—¿Qué llevaba ahí?

Octavio acercó la imagen.

No logró distinguirlo.

Pero anotó la hora exacta.

—Vamos a pedir las cámaras del elevador y del estacionamiento.

Asentí.

Aquella carpeta había aparecido justo antes de que comenzara todo.

Y desapareció cuando nos fuimos.

No podía ser casualidad.

Esa misma tarde presenté la denuncia por agresión.

El médico legista fotografió cada lesión.

Mi labio.

Mi pómulo.

El cuello de mi madre.

Cada marca quedó registrada.

Mientras tanto, Javier seguía enviando mensajes.

“No exageres.”

“Mamá solo estaba jugando.”

“Todo esto lo provocaste tú.”

No respondí ninguno.

A las siete de la noche sonó mi teléfono.

Era el administrador del edificio.

—Licenciada Salgado…

—Dígame.

—Su esposo vino hace una hora.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué hizo?

—Entró con un cerrajero.

Cerré los ojos.

Ya imaginaba la respuesta.

—Cambió la cerradura del departamento.

Sonreí apenas.

—Perfecto.

El administrador guardó silencio.

—¿Perfecto?

—Sí.

Porque el departamento sigue legalmente a mi nombre.

Y acaba de admitir que entró sin mi autorización.

Colgué.

Octavio también sonrió.

—Acaba de regalarle otra prueba al expediente.

Pensé que aquello era suficiente.

Me equivocaba.

A la mañana siguiente acudimos al Registro Público de la Propiedad.

Pedimos una certificación de la escritura.

Cuando la registradora regresó con el expediente, frunció el ceño.

—¿Hay algún problema? —pregunté.

Ella dejó la carpeta sobre la mesa.

—Eso quisiera saber yo.

Mi abogado abrió el documento.

Leyó una página.

Luego otra.

Su rostro perdió el color.

—No puede ser.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué pasó?

Octavio giró lentamente el expediente hacia mí.

En la última hoja aparecía una solicitud presentada apenas tres semanas antes.

Una petición para incorporar a Javier Ortega como copropietario del departamento.

Respiré hondo.

—Eso es imposible.

Nunca firmé nada.

La registradora asintió con gravedad.

—Lo sabemos.

Porque la firma que aparece aquí no coincide con la registrada oficialmente.

Miré la copia.

Era mi nombre.

Pero no era mi letra.

Alguien había intentado falsificar mi firma.

Octavio levantó inmediatamente la vista.

—¿Quién presentó el trámite?

La funcionaria revisó el sistema.

Tecleó durante unos segundos.

Después dijo un nombre que hizo que todo cobrara sentido.

—La documentación fue entregada por la señora Gloria Ortega.

Mi madre cerró los ojos.

Yo no sentí rabia.

Sentí algo peor.

Comprendí que la humillación del pasillo nunca había sido el verdadero objetivo.

Solo era la forma de quebrarme.

Mientras yo soportaba insultos y agresiones, ellos intentaban quedarse con mi patrimonio.

Pero la registradora aún no había terminado.

Sacó un segundo expediente.

—Hay algo más.

Nos mostró otra solicitud.

Esta vez fechada dos días antes.

Firmada por el mismo notario.

Con la misma firma falsa.

Pero el inmueble ya no era el departamento.

Era una propiedad en Hidalgo.

La casa donde vivía mi madre.

Levanté lentamente la vista.

Mi madre comenzó a temblar.

Porque entendimos que nunca habían venido por mí.

Habían venido por todo lo que pertenecía a mi familia.

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