Ethan volvió a llamar tres veces más.
No respondí.
A las cinco y veinte de la tarde recibí un mensaje.
“Necesitamos hablar.”
Cinco minutos después llegó otro.
“Es urgente.”
Lo leí.
Lo eliminé.
Durante cinco años, cada vez que yo necesitaba hablar, él siempre estaba demasiado ocupado.
Ahora podía experimentar la misma sensación.
Llegué a mi apartamento.
No era el penthouse donde vivíamos como matrimonio.
Era un inmueble que había comprado cuatro años antes con dinero heredado de mi abuela.
Ethan nunca mostró interés por aquella propiedad.
Ni siquiera tenía llaves.
Apenas dejé la caja sobre la mesa, sonó el teléfono.
Era Richard Hayes.
Presidente de NorthBridge Infrastructure.
El cliente del famoso proyecto de seis mil millones.
—Claire, acabo de recibir una llamada de tu empresa.
—Ya no trabajo allí.
Hubo un largo silencio.
—¿Cómo que no trabajas allí?
—Me despidieron esta mañana.
Richard soltó una risa incrédula.
—¿Quién tomó una decisión tan absurda?
No respondí.
Él continuó.
—La junta con el grupo Caldwell era mañana a las nueve. El contrato solo iba a firmarse porque tú estabas al frente.
Me apoyé contra el respaldo de la silla.
—Eso ya no depende de mí.
Richard bajó la voz.
—Claire, el consejo aprobó este proyecto por tu trayectoria. Nunca negociamos con Ethan.
Negociamos contigo.
Aquellas palabras confirmaban lo que siempre había sabido.
Durante años, los clientes no permanecieron por el apellido Caldwell.
Permanecieron por la confianza que habían depositado en mí.
Mientras tanto, en el piso cuarenta y ocho de Caldwell Group, Ethan acababa de entrar en la sala de juntas.
Vanessa sonreía con seguridad.
—No te preocupes. Mañana cerraré el contrato con NorthBridge.
Ethan asintió distraído.
—Perfecto.
Su secretaria llamó a la puerta.
Entró visiblemente nerviosa.
—Señor Caldwell…
—¿Qué ocurre?
—Acabo de hablar con la señora Sullivan.
Ethan levantó la vista.
—¿Dónde están los documentos?
Ella tragó saliva.
—Dice que el proyecto no pertenece a la empresa.
Vanessa soltó una pequeña carcajada.
—Eso es imposible.
La secretaria continuó.
—También dijo que toda la negociación fue desarrollada mediante su red privada de clientes y que no tiene obligación de entregarla.
El rostro de Ethan empezó a endurecerse.
—¿Quién figura como responsable del contrato?
La secretaria abrió la carpeta.
Pasó varias hojas.
Después lo miró con evidente preocupación.
—Solo aparece un nombre.
—¿Cuál?
—Claire Sullivan.
Vanessa intervino inmediatamente.
—Eso no importa. Ahora soy la responsable de la región sur.
La secretaria negó lentamente.
—No exactamente.
Sacó otro documento.
—El acuerdo de confidencialidad fue firmado únicamente entre NorthBridge Infrastructure y la señora Sullivan.
Ningún representante del grupo Caldwell puede acceder a la información sin su autorización escrita.
Por primera vez, Vanessa dejó de sonreír.
Ethan tomó el teléfono y marcó directamente a Richard Hayes.
Contestó al segundo tono.
—Richard, mañana mantendremos la reunión prevista.
La respuesta llegó sin rodeos.
—No.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué significa “no”?
—Nuestra reunión era con Claire.
No con tu empresa.
No contigo.
Hubo unos segundos de silencio.
Richard añadió con absoluta calma:
—Si Claire no participa, NorthBridge retira inmediatamente la inversión.
Y colgó.
La sala quedó completamente inmóvil.
Vanessa intentó hablar.
—Ethan, podemos convencerlos.
Él giró lentamente hacia ella.
—¿Fuiste tú quien decidió despedir a Claire delante de toda la empresa?
Ella dudó apenas un instante.
—Tú firmaste la autorización.
Ethan recordó aquella mañana.
No había leído el expediente.
Solo había confiado en el informe preparado por Vanessa.
La secretaria volvió a romper el silencio.
—Señor…
—¿Qué más?
—Acaba de llegar otro correo.
Él abrió el mensaje.
Era de NorthBridge.
Solo contenía una frase.
“A partir de este momento, cualquier negociación continuará exclusivamente con la señora Claire Sullivan en representación de la entidad que ella designe.”
Debajo aparecía una copia del consejo de administración.
Y un dato que hizo desaparecer el color del rostro de Ethan.

La inversión de seis mil millones ya no estaba reservada para Caldwell Group.
Había sido transferida a otra empresa.
Una empresa cuyo nombre ninguno de los presentes había visto antes.
Sullivan Strategic Holdings.
Y el único accionista registrado era Claire Sullivan.