El silencio duró varios segundos.
Rodrigo miraba a Mariana como si esperara que, de un momento a otro, admitiera que todo era una broma.
No ocurrió.
—¿De qué estás hablando? —preguntó con la voz más baja.
Mariana caminó lentamente hasta el portón de hierro.
Apoyó una mano sobre la madera restaurada.
Había pasado media vida cuidando aquel lugar.
Conocía cada árbol.
Cada piedra.
Cada grieta del viejo granero.
Después giró hacia el hombre del traje azul.
—¿Usted es el comprador?
El hombre tragó saliva.
—Sí… bueno… represento a la empresa compradora.
—¿Nombre de la empresa?
Él respondió.
Mariana sonrió apenas.
—Interesante.
Sacó el teléfono.
Tecleó unos segundos.
Giró la pantalla hacia él.
—Según el Registro Público de Comercio, esa sociedad fue disuelta hace ocho meses.
El hombre perdió el color.
Brenda dio un paso atrás.
—Eso… eso no puede ser.
Mariana siguió hablando con absoluta calma.
—Ahora entiendo por qué utilizaron esa razón social.
Miró directamente a Rodrigo.
—Pensaron que nadie revisaría.
Rodrigo comenzó a ponerse nervioso.
—La notaría hizo todo.
—¿Qué notaría?
Él mencionó el nombre.
Mariana volvió a asentir.
—Perfecto.
Marcó otro número.
Activó el altavoz.
—Licenciada Ortega.
—Aquí estoy, Mariana.
—¿Ya verificaste el protocolo?
La respuesta llegó de inmediato.
—Sí.
Todos escuchaban.
—El número de escritura utilizado para la supuesta compraventa corresponde a una operación distinta registrada hace cuatro años.
El hombre del traje cerró los ojos.
Como si ya supiera lo que venía.
Mariana continuó.
—¿Y el poder con el que Rodrigo dijo representarme?
—Revocado hace exactamente seis meses e inscrito formalmente en el Registro Público.
Rodrigo sintió un vacío en el estómago.
—Eso… eso es imposible.
La abogada respondió con serenidad.
—No solo está revocado.
También fue notificado a todas las notarías con las que la familia Alcázar opera habitualmente.
La llamada terminó.
Nadie habló.
Solo se escuchaba el viento moviendo los árboles del camino.
Mariana dio unos pasos hacia su hermano.
—Vendiste una propiedad sin facultades legales.
Luego miró al supuesto comprador.
—Y usted pagó utilizando una sociedad inexistente.
Finalmente observó a Brenda.
—¿Dónde está el dinero?
Brenda cruzó los brazos intentando aparentar tranquilidad.
—Ya se invirtió.
—¿En qué?
—En nuestra empresa.
—¿Toda la cantidad?
Brenda dudó apenas un instante.
Ese segundo bastó.
Mariana comprendió que no quedaba prácticamente nada.
Entonces apareció otra camioneta por el camino.
De ella bajaron dos personas.
Su administradora del rancho y un perito registral.
La administradora entregó una carpeta.
—Aquí están los documentos actualizados.
Mariana los abrió frente a todos.
La primera hoja era una certificación expedida apenas dos semanas antes.
En letras grandes podía leerse:
Propietaria única: Mariana Alcázar.
Debajo aparecía una anotación preventiva.
El supuesto contrato de compraventa celebrado por Rodrigo figuraba ya como acto impugnado por posible falsedad y falta de representación.
El hombre del traje comenzó a respirar con dificultad.
—¿Qué significa eso?
El perito respondió con absoluta neutralidad.
—Que, jurídicamente, usted nunca adquirió esta propiedad.
Rodrigo sintió que las piernas le fallaban.
—Pero… el dinero…
Mariana lo miró fijamente.
—El rancho sigue siendo mío.
Hizo una breve pausa.
—El dinero ya no es del comprador.
Después señaló a Brenda.
—Y si realmente lo gastaron en su empresa…
Miró nuevamente a su hermano.
—Acaban de convertir un mal negocio en un problema mucho más serio.
En ese instante, el celular de Rodrigo comenzó a sonar de forma insistente.
Era el contador de Brenda.
Contestó con manos temblorosas.
—¿Bueno?
La voz al otro lado gritaba tan fuerte que todos alcanzaron a escuchar algunas palabras.
“…las transferencias…”
“…las cuentas fueron congeladas…”
“…el banco pidió documentación…”
Rodrigo levantó lentamente la vista hacia Mariana.
Ella ya no sonreía.
Solo dijo una frase que terminó de derrumbar la falsa seguridad con la que él había vivido durante años.

—Todavía no he presentado la denuncia.
El silencio volvió a caer sobre el rancho.
Porque todos comprendieron que, si eso era lo que ocurría antes de iniciar cualquier procedimiento legal, lo peor apenas estaba por empezar.