PARTE 2 — LA ESCRITURA QUE CAMBIÓ TODO

Hortensia leyó la primera página una y otra vez.

Su voz comenzó a quebrarse.

—No… esto está mal.

—Rodrigo compró esta casa.

Negué lentamente.

—Rodrigo nunca pagó un solo peso.

En ese momento sonó el timbre.

El notario, acompañado por dos asistentes, entró con un portafolio negro.

—Buenas tardes, señora Valeria.

Se volvió hacia Hortensia.

—Traigo la documentación para ejecutar la revocación del contrato de uso de esta propiedad.

Hortensia retrocedió un paso.

—¿Revocación?

—¿Qué significa eso?

El notario abrió la escritura.

—La residencia de Lomas de Chapultepec pertenece exclusivamente a la señora Valeria Mendoza.

—Hace tres años autorizó que su esposo pudiera habitar el inmueble mediante un contrato de uso gratuito.

—Ese permiso puede cancelarse en cualquier momento.

La cara de Hortensia perdió todo el color.

—Eso es imposible.

—Mi hijo siempre dijo…

—Su hijo nunca apareció como propietario.

Respondió el notario con absoluta tranquilidad.

En ese instante escuchamos un automóvil detenerse frente a la casa.

Rodrigo acababa de regresar.

Entró sonriendo.

—Mamá, mira lo que conseguí…

Las palabras murieron al ver el cristal destrozado.

La botella hecha añicos.

Y al notario sentado en la sala.

Su mirada cayó inmediatamente sobre la escritura.

—¿Qué significa esto?

Hortensia corrió hacia él.

—Hijo, dile que esto es un error.

—Esta mujer dice que la casa es suya.

Rodrigo tomó los documentos.

Leyó apenas unos segundos.

Después levantó la vista.

—Valeria…

—¿Qué broma es esta?

Lo observé sin levantar la voz.

—Ninguna.

—Lee la última página.

Sus manos comenzaron a temblar.

Mi nombre aparecía como única propietaria.

También figuraban las transferencias bancarias utilizadas para pagar la residencia.

Todas provenían de una empresa llamada Grupo Mendoza Holdings.

Rodrigo frunció el ceño.

—Nunca había oído ese nombre.

Sonreí con tristeza.

—Porque nunca preguntaste quién pagaba todo.

Durante tres años aceptaste que tu madre dijera que yo era una mantenida.

Nunca te interesó saber por qué podíamos comprar automóviles de lujo.

Ni quién pagaba las remodelaciones.

Ni de dónde salía el dinero para sus viajes.

Solo te acostumbraste a vivir bien.

El silencio se volvió insoportable.

Hortensia todavía seguía mirando la escritura.

—Eso no puede ser.

—Mi hijo tiene una empresa.

—No.

La interrumpí.

—Tiene un sueldo.

—Y una tarjeta adicional vinculada a mi patrimonio.

Rodrigo dio un paso hacia mí.

—¿Estás diciendo que…

Asentí.

—Sí.

—El Mercedes está pagado por mí.

—Tus relojes también.

—Las vacaciones en Europa.

—La remodelación de la cocina.

—Y la botella de dos millones que tanto presumías.

Miré los restos esparcidos sobre la alfombra.

—Por cierto…

Tomé uno de los fragmentos del vidrio.

—Nunca costó dos millones.

Lo dejé sobre la mesa.

—Mandé analizarla hace seis meses.

—Era una edición comercial modificada.

—Pagaste casi cien veces su valor real.

Rodrigo quedó completamente inmóvil.

El notario entregó otra carpeta.

—Señora Valeria.

—Solo falta una firma.

Firmé sin dudar.

Él guardó el documento.

—A partir de este momento queda cancelado el permiso de uso del inmueble.

Miró directamente a Rodrigo y a Hortensia.

—Dispone de setenta y dos horas para abandonar la propiedad.

Hortensia comenzó a gritar.

—¡No pueden echarnos!

—¡Esta es la casa de mi hijo!

El notario negó con serenidad.

—Legalmente nunca lo fue.

Rodrigo intentó acercarse.

—Valeria…

—Podemos hablar.

Lo miré por última vez.

—¿Sabes qué fue lo que más me dolió?

Él bajó la cabeza.

—No.

—Que mi padre caminó kilómetros para enviarnos un plato de mole hecho con amor.

Señalé el jardín.

Rocco seguía acostado junto al pollo, sin tocarlo.

—Ni siquiera el perro quiso tratar como basura lo que ustedes despreciaron.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era el director financiero de Grupo Mendoza.

Contesté.

—Señorita Mendoza.

—Ya revisamos las auditorías que usted solicitó.

—Encontramos algo muy grave.

Fruncí el ceño.

—¿Qué ocurrió?

Hubo unos segundos de silencio.

Después respondió con una frase que hizo desaparecer el poco color que aún quedaba en el rostro de Rodrigo.

—Su esposo ha estado utilizando una empresa a su nombre para sacar millones de pesos de su grupo empresarial desde hace casi dos años.

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