PARTE 2: LA ENTREVISTA QUE NUNCA DEBÍA OCURRIR

Nadie habló.

Ni los clientes.

Ni el dueño del parque.

Ni siquiera los dos agentes que acababan de llegar.

Todos miraban a Marcos.

Él parecía darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

—No… no quise decir eso… —balbuceó.

Uno de los policías dio un paso al frente.

—Acaba de repetir exactamente lo que acaba de decir.

Marcos bajó la cabeza.

—Quise decir que…

—¿Qué entrevista? —pregunté.

Él no respondió.

Me observó con una mezcla de rabia y resignación.

Como si ya no tuviera sentido seguir mintiendo.


El dueño del parque seguía sin entender.

—¿De qué está hablando?

Respiré hondo.

—Mañana tenía una entrevista con ustedes.

Varias personas me miraron sorprendidas.

Saqué del bolso una carpeta.

—Hace dos semanas envié mi currículum para el puesto de coordinadora de seguridad del parque.

El dueño asintió lentamente.

—Es cierto.

Miró a Marcos.

—Yo mismo autoricé esa entrevista.

Sentí un escalofrío.

Todo empezó a encajar.

Marcos no quería impedir que disfrutara de la tirolesa.

Quería impedir que llegara al día siguiente.


Uno de los agentes pidió revisar mi carpeta.

Dentro estaba el correo de confirmación.

La cita.

La hora.

Y una carta firmada por el propio dueño.

—Su candidatura era prioritaria —leyó el policía.

El dueño explicó:

—La auditoría interna detectó varias irregularidades en el área de seguridad. Necesitábamos contratar a alguien independiente para revisar todos los protocolos.

Todos volvieron a mirar a Marcos.

Su respiración se aceleró.

—No significa nada.

Pero ya nadie le creía.


El técnico encargado de las cámaras pidió la palabra.

—Hay otro video.

Conectó otra grabación.

No era la plataforma principal.

Era precisamente la fila derecha, la que había permanecido cerrada toda la mañana.

En la pantalla apareció Marcos varias horas antes de abrir el parque.

Entró solo.

Llevaba la mochila que luego encontraron escondida.

Sacó unas tijeras.

Después manipuló un arnés.

Y, antes de marcharse, colocó el cartel de “Mantenimiento” para impedir que cualquiera pasara por esa zona.

El silencio fue absoluto.

La mujer que había resbalado comenzó a llorar.

—Pude haber muerto…

El técnico negó con la cabeza.

—No exactamente.

Todos lo miraron.

Amplió la imagen.

—Ese arnés no era el suyo.

La mujer frunció el ceño.

—¿Cómo?

El técnico señaló una etiqueta.

—Cada arnés tiene un número.

El que Marcos manipuló era el número 18.

La mujer accidentada utilizó el número 11.

Yo sentí un nudo en el estómago.

Porque recordé algo.

Al llegar al parque, el monitor me había asignado precisamente el número 18.


Uno de los policías giró lentamente hacia Marcos.

—Entonces el objetivo no era la señora que resbaló.

Marcos permaneció en silencio.

—El arnés preparado era para ella.

Todos los presentes me miraron.

El dueño del parque retrocedió un paso, completamente pálido.

—¿Por qué?

Nadie respondió.

Hasta que sonó mi teléfono.

Era una llamada de un número desconocido.

Contesté.

—¿Sí?

Del otro lado habló una mujer.

—Soy Elena Ruiz, directora de Recursos Humanos.

La reconocí inmediatamente.

Era quien debía entrevistarme al día siguiente.

—Lamento llamarla en este momento, pero necesito hacerle una pregunta urgente.

—Dígame.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Le comentó alguien que la entrevista no era solo para contratarla?

Fruncí el ceño.

—No.

La mujer respiró profundamente.

—En realidad, usted iba a participar también como testigo en la auditoría externa. Su antiguo informe sobre fallos de seguridad fue lo que abrió la investigación contra este parque.

Sentí que el mundo se detenía.

Miré a Marcos.

Ahora entendía por qué me observaba con tanto odio.

No era una visitante cualquiera.

Yo era la persona que podía confirmar años de negligencias.


Uno de los agentes recibió entonces una llamada por radio.

Escuchó unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

Colgó lentamente.

—Acaban de revisar los antecedentes de Marcos.

Todos esperaron en silencio.

El agente levantó la vista.

—Hace cinco años trabajó en otro parque de aventuras.

El dueño tragó saliva.

—¿Y?

—Ese parque cerró después de un accidente mortal provocado por un arnés manipulado.

Marcos cerró los ojos.

Como si hubiera comprendido que ya no podía escapar.

Pero el policía añadió una frase que dejó a toda la terraza de observación completamente inmóvil.

—Lo más grave es que… el informe de aquel accidente también desapareció el mismo día en que usted presentó la denuncia que iba a declarar mañana.

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