Alejandro sintió cómo el pulso se aceleraba.
María seguía cubriéndole la boca con una mano temblorosa.
Nunca, en los ocho años que llevaba trabajando en aquella casa, había perdido los modales.
Aquella noche ni siquiera parecía la misma mujer.
Con mucho cuidado retiró la mano.
—¿Qué pasa? —susurró él.
María miró hacia el salón principal para asegurarse de que nadie se acercaba.
—No entre por ahí.
—¿Por qué?
Ella tragó saliva.
—Porque todavía creen que usted sigue en Europa.
Alejandro frunció el ceño.
—Eso ya lo sé.
—Precisamente por eso hicieron esta fiesta.
La mujer señaló un estrecho pasillo de servicio.
—Venga.
Sin hacer ruido.
…
Avanzaron entre la despensa y la lavandería hasta llegar a una pequeña puerta de mantenimiento.
María sacó una llave.
La abrió lentamente.
Detrás había una habitación diminuta utilizada antiguamente por el personal de seguridad.
En una de las paredes colgaban varios monitores.
Mostraban distintas cámaras de la mansión.
—¿Qué es esto?
—El antiguo cuarto de vigilancia.
La empresa nueva instaló un sistema moderno, pero nunca retiraron estos equipos.
Yo los limpio todas las semanas.
Alejandro observó las pantallas.
El salón principal aparecía desde distintos ángulos.
Más de cien invitados.
Música en vivo.
Meseros sirviendo champaña.
Su esposa, Rebeca, sonreía mientras recibía a empresarios, políticos y periodistas.
Nada parecía fuera de lo normal.
—No entiendo.
María cambió una cámara.
Ahora aparecía un pequeño salón privado contiguo a la biblioteca.
Solo había cinco personas.
Rebeca.
Su cuñado Ernesto.
Dos abogados.
Y un hombre desconocido.
Alejandro subió el volumen.
…
—¿Todo está listo para mañana? —preguntó Rebeca.
Uno de los abogados abrió una carpeta.
—Solo falta la firma del consejo.
—Alejandro sigue fuera del país.
No habrá ningún problema.
El desconocido sonrió.
—Cuando regrese ya será demasiado tarde para impedir la operación.
Alejandro sintió un escalofrío.
¿Operación?
…
María bajó aún más la voz.
—Llevo semanas escuchando reuniones como esa.
No sabía cómo avisarle.
Nadie me habría creído.
Él seguía mirando la pantalla.
Los documentos tenían el logotipo de su grupo empresarial.
No alcanzaba a leer el contenido.
Pero reconocía perfectamente aquellas carpetas.
Solo se utilizaban para decisiones estratégicas.
…
Entonces ocurrió algo inesperado.
Victoria, su hija de diecisiete años, apareció en la sala privada.
Parecía alterada.
—Mamá, ya no quiero seguir mintiéndole a papá.
Rebeca cambió completamente la expresión.
—Baja la voz.
—Esto está mal.
—No empieces otra vez.
Victoria negó con la cabeza.
—Él confía en nosotros.
Alejandro sintió una mezcla de alivio y preocupación.
Al menos su hija no parecía formar parte de aquello.
…
Rebeca tomó a Victoria del brazo.
—Escúchame bien.
Todo esto también es por tu futuro.
—Mi futuro no necesita que engañen a mi papá.
El abogado intervino rápidamente.
—Señorita, por favor…
Cuanto menos sepa, mejor.
Victoria apartó la mano de su madre y salió de la habitación.
La puerta se cerró de un golpe.
…
Alejandro dio un paso hacia atrás.
—¿Desde cuándo ocurre esto?
María respondió casi sin voz.
—Desde hace tres meses.
—¿Por qué no me llamó?
La mujer bajó la mirada.
—Lo intenté.
Pero todas las llamadas internacionales pasaban primero por la oficina del señor Ernesto.
Ninguna llegaba hasta usted.
Aquella respuesta hizo que Alejandro comprendiera algo inquietante.
Su aislamiento no había sido una casualidad.
…
En ese instante, uno de los monitores cambió automáticamente de cámara.
Ahora mostraba el despacho privado de Alejandro.
La puerta se abrió.
Entró Ernesto.
No estaba solo.
Llevaba una caja fuerte portátil.
La colocó sobre el escritorio.
Introdujo una clave.
Sacó varios documentos.
Y empezó a fotografiarlos uno por uno con su teléfono.
Alejandro permaneció inmóvil.
Aquellos papeles no debían salir nunca de ese despacho.
…
María respiró hondo.
—Eso no es lo peor.
Se acercó a un viejo grabador conectado al sistema de vigilancia.
—Hace dos noches olvidaron apagar el audio.
Presionó el botón de reproducción.
La voz de Ernesto llenó la pequeña habitación.
—Cuando Alejandro firme creyendo que son los documentos del acuerdo europeo, en realidad estará autorizando la transferencia del control del grupo.
Después se escuchó la voz de Rebeca.
—¿Y si lee antes de firmar?
Ernesto soltó una risa.
—No lo hará.
Confía demasiado en su propia familia.
El silencio cayó sobre el cuarto de vigilancia.
Alejandro seguía sosteniendo el ramo de rosas.
Los pétalos comenzaron a caer lentamente sobre el suelo.
Entonces María le tomó suavemente del brazo.
—Señor…
Todavía hay algo que usted no ha visto.
Con manos temblorosas cambió al último monitor, el único que apuntaba hacia el jardín trasero.
La imagen mostró a dos hombres descargando varias cajas metálicas desde una camioneta sin placas.
Uno de ellos levantó la vista hacia la cámara.

María susurró apenas:
—Esas cajas llegaron esta tarde…
Y según escuché, no contienen documentos ni dinero. Contienen algo que nadie debería encontrar dentro de una casa llena de invitados.