PARTE 2: LA DUEÑA DEL DEPARTAMENTO

El silencio cayó sobre la sala como un cristal rompiéndose.

Nadie respiró.

Rodrigo fue el primero en reaccionar.

—Leo… entra a tu habitación.

El niño frunció el ceño.

—Pero, papá…

—Ahora.

La mujer del cárdigan beige le tomó la mano con rapidez.

—Ven, cariño.

Antes de desaparecer por el pasillo, Leo volvió a mirar a Mariana con absoluta naturalidad.

—¿Ella también va a vivir con nosotros?

La puerta de la habitación se cerró.

Mariana permanecía inmóvil.

Sentía que todo el aire había desaparecido del departamento.

No lloró.

Ni gritó.

Solo miró a Rodrigo.

—¿Papá?

Él tragó saliva.

—Mariana… puedo explicarlo.

—Empieza.

Rodrigo pasó una mano por su cabello.

—No es lo que parece.

Mariana soltó una risa breve.

Vacía.

—¿Qué parte no parece? ¿El niño llamándote papá o la mujer usando mi ropa y tomando café en mi taza?

La mujer salió nuevamente al pasillo.

Tenía unos treinta años.

Cabello oscuro.

El mismo cárdigan que Mariana había encontrado escondido días antes.

Mantuvo la cabeza baja.

—Me llamo Melissa.

—No te pregunté tu nombre.

Rodrigo dio un paso al frente.

—Ella no tiene la culpa.

Mariana lo miró fijamente.

—Entonces la tienes tú.

Adela apareció detrás de Melissa.

Seguía abrazando al niño.

—Señora Mariana, por favor, escuche…

—¿Desde cuándo viven aquí?

Nadie respondió.

—Pregunté desde cuándo.

Melissa cerró los ojos.

—Cinco meses.

Cinco meses.

Mariana hizo el cálculo de inmediato.

Cinco meses atrás ella había aceptado viajar constantemente entre Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México para dirigir el proyecto más importante de su empresa.

Mientras trabajaba dieciséis horas diarias…

Ellos ocupaban su casa.

Dormían en su cama.

Comían en su comedor.

Criaban a un niño dentro del departamento que ella había comprado antes de conocer a Rodrigo.


Rodrigo intentó acercarse.

—Escúchame…

Mariana levantó una mano.

—Ni un paso más.

Su voz era tan tranquila que incluso él se quedó inmóvil.

—Solo quiero una respuesta.

Rodrigo asintió.

—Está bien.

—¿Ese niño es tu hijo?

El silencio duró demasiado.

Melissa comenzó a llorar.

Rodrigo bajó la cabeza.

—Sí.

Mariana sintió un golpe seco en el pecho.

No por la infidelidad.

Sino por las fechas.

—¿Qué edad tiene?

—Cinco años.

Mariana sonrió con amargura.

—Cinco años…

Ella llevaba cuatro años casada con Rodrigo.

Eso significaba que Leo había nacido incluso antes de la boda.

Toda su historia había empezado sobre una mentira.


Vanessa llamó justo en ese momento.

Mariana activó el altavoz sin decir una palabra.

—¿Ya llegaste al departamento?

—Sí.

—No discutas. Solo reúne pruebas.

Mariana recorrió la sala con la mirada.

Las fotografías familiares ya no eran las mismas.

Donde antes había una imagen de ella y Rodrigo en la playa, ahora había un retrato de Rodrigo con Leo.

En la cocina había dibujos infantiles pegados con imanes.

En el refrigerador, un horario escolar.

En el sofá, juguetes.

Aquella ya no parecía su casa.

Parecía la vida de otra mujer.

Sacó el teléfono.

Comenzó a fotografiar todo.

Rodrigo intentó detenerla.

—¿Qué haces?

—Lo que me recomendó mi abogada.

Melissa levantó la vista.

—¿Abogada?

Mariana siguió tomando fotografías.

El dormitorio.

El clóset.

La ropa.

Los juguetes.

Los documentos sobre la mesa.

Hasta que algo llamó su atención.

Sobre el escritorio había un sobre amarillo parcialmente abierto.

Llevaba el logotipo de la administración del edificio.

Lo abrió.

Dentro había una solicitud oficial.

“Actualización de residentes permanentes.”

Propietario autorizado:

Rodrigo Armenta.

Residentes:

Rodrigo Armenta.

Melissa Torres.

Leo Armenta.

Mariana sintió que el mundo se detenía.

Volvió a leer el documento.

Su nombre no aparecía por ninguna parte.

Levantó lentamente la vista hacia Rodrigo.

—¿Intentaste registrarte como propietario de mi departamento?

Rodrigo perdió el color.

—Yo…

—Respóndeme.

Melissa dio un paso atrás.

Adela comenzó a persignarse.

Rodrigo respiró profundamente.

—Era solo un trámite administrativo.

Mariana levantó otra hoja que venía dentro del sobre.

Esta vez era una copia simple de una escritura.

Con una firma.

Su firma.

Solo que ella jamás la había hecho.

Vanessa, que seguía escuchando por el altavoz, habló de inmediato.

—Mariana, no toques nada más.

Haz fotos de cada página.

Y llama a la policía.

Porque, además de engañarte…

Creo que alguien acaba de falsificar la escritura de tu departamento.

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