PARTE 2 — LA DIFERENCIA TENÍA PRECIO

Daniel cerró la puerta lentamente.

Su expresión ya no era de sorpresa.

Era de cálculo.

—Marta, no exageres.

—Solo estamos hablando de dinero.

Lo miré fijamente.

—No.

—Estamos hablando de principios.

Teresa cruzó los brazos.

—Los principios no compran apartamentos.

—La familia sí.

Sonreí apenas.

—Curioso.

—Ayer los setecientos mil yuanes eran exclusivamente de Daniel.

—Hoy mis tres millones doscientos mil ya pertenecen a toda la familia.

Nadie respondió.

Daniel dio un paso hacia mí.

—Llama a tu madre.

—Pídele que devuelva el dinero.

—¿Para qué?

—Porque Diana necesita ese apartamento.

Negué con la cabeza.

—Mi madre también tiene necesidades.

Teresa golpeó otra vez la mesa.

—¡No compares!

—Ella todavía trabaja.

—Nosotros somos mayores.

Respiré despacio.

—Mi madre también me crió sola después de que murió mi padre.

—Nunca les pidió un solo yuan.

—Nunca vino a exigir que mantuviera a mis hermanos.

Daniel perdió la paciencia.

—¡Basta!

—Ese dinero servirá para construir nuestro futuro.

Lo miré sin pestañear.

—¿Nuestro?

Saqué el acuerdo patrimonial del bolso.

Lo coloqué sobre la mesa.

—Léelo.

Daniel pasó las páginas rápidamente.

Su rostro empezó a endurecerse.

Porque conocía perfectamente aquella cláusula.

Todo ingreso previo al matrimonio.

Toda inversión individual.

Todo beneficio extraordinario.

Pertenecía únicamente al titular.

No existía ninguna obligación de compartirlo.

Teresa arrebató el documento.

—Eso no importa.

—Los papeles nunca están por encima de la familia.

—Entonces tampoco importa que Daniel haya entregado sus setecientos mil.

Ella abrió la boca.

No encontró respuesta.

En ese momento sonó el teléfono de Daniel.

Era su hermana Diana.

Contestó delante de todos.

—¿Ya hablaron con Marta?

—Sí.

—¿Entonces cuándo me transfieren el dinero?

Daniel guardó silencio.

Diana volvió a insistir.

—El novio dice que, sin el anticipo del apartamento, cancelarán la boda.

Teresa tomó el teléfono.

—No te preocupes.

—Yo lo resolveré.

Colgó y volvió a mirarme.

—Si no entregas ese dinero, destruirás el matrimonio de tu cuñada.

Asentí lentamente.

—Entonces hagan lo mismo que hicieron conmigo.

—Usen los setecientos mil.

—No alcanzan.

—Pues ahorren.

El salón quedó completamente en silencio.

Daniel habló con una voz mucho más fría.

—Marta.

—¿De verdad vas a romper la armonía de esta familia por dinero?

No pude evitar sonreír.

—No.

—La armonía la rompieron ustedes ayer.

—Yo solo dejé de financiarla.

Daniel respiró hondo.

—Mi madre tiene presión alta.

—No la hagas sufrir.

Tomé las llaves del coche.

—Mi madre también envejece.

—La diferencia es que yo nunca le exigí mantener a otra familia.

Cuando llegué a la puerta, Teresa gritó detrás de mí.

—¡Si cruzas esa puerta, no vuelvas!

Me detuve apenas un segundo.

Sin girarme respondí:

—Precisamente eso venía pensando.

Cerré la puerta con tranquilidad.

Apenas subí al automóvil, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi madre.

“Marta, acaba de venir un abogado preguntando por el dinero. Dice que representa a la familia Cheng.”

Fruncí el ceño.

Solo habían pasado dos horas.

Y ya estaban intentando recuperar unos tres millones doscientos mil yuanes que, legalmente, nunca les habían pertenecido.

Entonces entendí que aquella discusión familiar jamás había sido por Diana… sino porque alguien necesitaba desesperadamente ese dinero antes de que terminara la semana.

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