PARTE 2: La Deuda Que Nadie Conocía

Karina volvió del balcón con el rostro tan blanco que parecía enferma.

Guardó el celular demasiado rápido.

Demasiado nerviosa.

Pero ya era tarde.

Daniel había escuchado.

Lucía también.

Y por la expresión de ambos, Karina entendió que algo se había roto.

—¿Quién era? —preguntó Daniel.

—Nadie.

—Karina.

—Una amiga.

Daniel soltó una risa seca.

—¿Una amiga te llama para decirte que pagues una deuda antes de que vaya a buscarte?

El silencio cayó como una piedra.

Doña Graciela se levantó inmediatamente.

—Ya basta de interrogatorios.

—No estoy interrogando a nadie.

—Sí lo estás.

—Estoy intentando entender por qué mi hermana recibe llamadas secretas mientras ustedes viven aquí como si este fuera un hotel.

Karina cruzó los brazos.

—No te importa.

—Claro que me importa.

—Pues no es asunto tuyo.

Daniel la observó durante varios segundos.

Luego tomó una silla y se sentó frente a ella.

Tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Y eso hizo que Karina pareciera todavía más nerviosa.

—¿Cuánto debes?

—Nada.

—¿Cuánto?

—Ya te dije que nada.

—Karina.

La voz de Daniel salió baja.

Firme.

La misma voz que usaba cuando un trabajador intentaba mentirle en la obra.

—¿Cuánto debes?

Ella bajó la mirada.

Y por primera vez nadie salió a rescatarla.

Ni su madre.

Ni su padre.

Porque ambos parecían asustados.

Realmente asustados.

Lucía lo notó de inmediato.

Y entendió algo importante.

Ellos ya sabían.

—¿Cuánto? —repitió Daniel.

Karina comenzó a llorar.

—Doscientos treinta mil.

El aire desapareció de la sala.

—¿Qué?

—Doscientos treinta mil pesos.

Daniel se puso de pie.

—¿Cómo demonios debes doscientos treinta mil pesos?

Karina se cubrió el rostro.

—No fue de golpe.

—Entonces explícame.

La joven respiró profundamente.

Y finalmente habló.

—Préstamos.

—¿Para qué?

No respondió.

—¿Para qué, Karina?

—Tarjetas.

—¿Qué compraste?

—Cosas.

—¿Qué cosas?

Ella cerró los ojos.

—Viajes.

Ropa.

Bolsas.

Celulares.

Uñas.

Cursos que nunca terminé.

La lista parecía interminable.

Lucía observó a Doña Graciela.

La mujer evitaba mirar a nadie.

Don Ramiro tampoco levantaba la cabeza.

Y entonces Daniel hizo la pregunta correcta.

—¿Ustedes sabían?

Nadie respondió.

—Mamá.

Silencio.

—Papá.

Más silencio.

Daniel apretó los puños.

—¿Lo sabían?

Doña Graciela rompió a llorar.

—Solo queríamos ayudarla.

—¿Ayudarla cómo?

—Pagando algunas cosas.

—¿Con qué dinero?

La mujer volvió a callar.

Y Lucía sintió un escalofrío.

Porque estaba empezando a entender.

—¿Con qué dinero? —insistió Daniel.

Don Ramiro tragó saliva.

—Vendimos el terreno.

Daniel quedó inmóvil.

Absolutamente inmóvil.

—¿Qué terreno?

—El de Chalco.

Lucía vio cómo el rostro de su esposo cambiaba.

Aquel terreno.

El terreno que pertenecía a la familia desde hacía más de treinta años.

El terreno que Daniel pensaba que seguía siendo el respaldo económico de sus padres.

El terreno que algún día pensaba usar para ayudarlos en la vejez.

—¿Lo vendieron?

—Sí.

—¿Y el dinero?

Nadie respondió.

No hacía falta.

La respuesta estaba sentada frente a ellos con uñas nuevas y el rostro cubierto de lágrimas.

Karina.

Daniel soltó una carcajada amarga.

Una de esas que duelen más que el llanto.

—Vendieron el patrimonio de toda su vida.

Por ella.

Doña Graciela lloraba.

—No queríamos verla sufrir.

—¿Y ahora?

La voz de Daniel se quebró.

—¿Ahora quién los va a cuidar cuando sean mayores?

Nadie respondió.

Porque no había respuesta.

El silencio se hizo tan pesado que incluso Emilio dejó de llorar por un momento.

Entonces sonó el timbre.

Todos se sobresaltaron.

Karina se puso pálida otra vez.

—No abras.

Daniel la miró.

—¿Por qué?

—Por favor.

—¿Quién es?

Ella no respondió.

El timbre sonó de nuevo.

Más fuerte.

Más insistente.

Luego comenzaron los golpes en la puerta.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Secos.

Violentos.

Y una voz masculina retumbó desde el pasillo.

—¡Karina! ¡Sabemos que estás ahí!

Nadie respiró.

—¡Abre la puerta!

Karina empezó a temblar.

Lucía abrazó a Emilio.

Doña Graciela se llevó una mano a la boca.

Daniel caminó lentamente hacia la entrada.

—No abras —susurró Karina.

Pero él ya había llegado a la puerta.

Y justo antes de girar la cerradura, escuchó la siguiente frase desde afuera:

—¡Venimos por el dinero que tu familia lleva meses escondiendo!

Y en ese instante, Daniel comprendió que el problema era mucho más grande de lo que cualquiera de ellos había imaginado.

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