PARTE 2: La Deuda Firmada

Cuando crucé el portón con Sofía y Elisa de la mano, ninguna de las dos lloraba.

Solo caminaban en silencio.

El vestido blanco de Elisa seguía manchado de sopa.

Sofía apretaba con fuerza el plato roto que yo había guardado dentro de una bolsa de tela.

—Mamá…

Susurró.

—¿La abuela ya no nos quiere?

Me agaché frente a ellas.

—Hay personas que solo saben querer cuando les conviene.

Las abracé.

—Pero eso jamás definirá cuánto valen ustedes.

Subimos al automóvil.

Antes de arrancar, envié un único mensaje.

“Jimena, puedes proceder.”

Ella respondió casi al instante.

“Entendido, presidenta.”


Mientras tanto, la fiesta continuaba.

Mauricio levantaba una copa tras otra.

—¡Por nuestra nueva mansión!

Los invitados aplaudían.

Doña Teresa recorría las mesas presumiendo cada rincón de la casa.

—Mi hijo por fin llegó donde merece.

Nadie imaginaba que, exactamente a las diez de la noche, seis camionetas negras entrarían por el acceso principal.

Los mariachis dejaron de tocar.

El gerente de la empresa de eventos descendió primero.

Llevaba una carpeta azul.

Detrás de él caminaban dos abogados y cuatro supervisores.

—¿Quién es el señor Mauricio Salazar?

Mauricio sonrió.

—Soy yo.

Pensó que venían a felicitarlo.

El hombre abrió la carpeta.

—Perfecto.

Aquí está la factura final del evento.

Setecientos cuarenta mil pesos.

Pago inmediato, según el contrato firmado.

La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Mauricio.

—¿Qué contrato?

El abogado colocó varias hojas sobre la mesa principal.

—Este.

Su firma aparecía al final de cada página.

También la de Teresa.

El rostro de mi suegra perdió todo el color.

—Nos dijeron que Natalia pagaría.

El gerente negó con calma.

—La señora Natalia Ríos no figura en ningún documento.

Los responsables legales del evento son ustedes.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Mauricio tomó el contrato.

Lo leyó rápidamente.

Después levantó la cabeza.

—Esto debe ser un error.

El abogado sonrió apenas.

—No.

También existe un reconocimiento de deuda por quinientos cincuenta mil pesos firmado esta misma semana.

Otra carpeta apareció sobre la mesa.

Esta vez el silencio fue absoluto.

Mauricio abrió los ojos.

Reconoció inmediatamente el documento.

Era el papel que yo le había pedido firmar para recibir el dinero de mis padres.

Jamás lo había leído completo.

El abogado señaló la última página.

—En caso de incumplimiento, el acreedor podrá exigir el pago inmediato de todos los bienes presentes y futuros del deudor.

Doña Teresa comenzó a alterarse.

—¡Eso fue solo entre familia!

—Correcto.

Respondió el abogado.

—Y precisamente por tratarse de un documento privado con reconocimiento de firma, tiene plena validez jurídica.

El teléfono de Mauricio comenzó a sonar.

Era el banco.

Contestó con manos temblorosas.

Escuchó apenas unos segundos.

Después quedó completamente inmóvil.

—¿Qué pasa? —preguntó Teresa.

Él bajó lentamente el teléfono.

—Congelaron la línea de crédito…

—¿Por qué?

—Porque la empresa de eventos registró el incumplimiento de pago.

Los invitados empezaron a levantarse discretamente.

Nadie quería seguir presenciando aquella escena.

Fue entonces cuando la enorme pantalla instalada junto a la alberca cambió de imagen.

Ya no aparecían fotografías familiares.

Ahora se veía el logotipo de Horizonte Urbano.

Y enseguida, una videollamada.

Mi rostro apareció en la pantalla.

Detrás de mí se distinguía la sala de juntas del corporativo.

—Buenas noches.

Miré directamente a Mauricio.

—Olvidaste mencionar un pequeño detalle durante tu discurso.

Todo el jardín quedó en silencio.

Sonreí con absoluta calma.

—La mansión donde acabas de organizar tu fiesta no es tuya.

Hice una pausa.

—Pertenece a mi empresa.

Y el contrato de arrendamiento vence… mañana a las nueve de la mañana.

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