PARTE 2: LA DEUDA DE MATEO

—¿Valeria Mendoza? —preguntó la voz.

Ella abrió los ojos.

Doce años.

Y Mateo todavía la reconocía.

—Necesito salir de aquí.

Hubo un silencio breve.

—¿Dónde estás?

—Hacienda Los Laureles. Boda de mi hermana.

—¿Esteban está contigo?

Valeria se quedó helada.

—¿Cómo sabes su nombre?

La voz de Mateo cambió.

—Enciérrate y no abras a nadie hasta que yo llegue.

—Mateo…

—Valeria, escúchame. Esteban no se casó contigo por casualidad.

La llamada terminó.

Tres minutos después, el mariachi dejó de tocar.

Cinco camionetas negras entraron por la puerta principal de la hacienda.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Teresa corrió hacia el jardín.

Esteban salió furioso.

—¿Quién dejó entrar a esa gente?

Entonces apareció Mateo Serrano.

Ya no era el joven de veintidós años que Valeria recordaba.

Ahora era uno de los empresarios más poderosos de Jalisco, un hombre cuyo apellido bastaba para hacer callar una sala.

Caminó directamente hacia Esteban.

—Abre el vestidor.

Esteban palideció.

—Esta es una celebración privada.

Mateo repitió:

—Abre. La. Puerta.

El notario que Valeria había confrontado horas antes apareció detrás de él acompañado por dos abogados.

La sonrisa de Esteban desapareció.

Cuando finalmente abrieron, Valeria salió con el labio lastimado y el vestido arrugado.

Mateo la miró.

Luego miró a Esteban.

—¿Él hizo eso?

Valeria no respondió.

No hacía falta.

Teresa se interpuso.

—¡No tienes derecho a venir aquí y destruir la boda de mi hija!

Mateo soltó una risa seca.

—Señora Mendoza, la boda es el menor de sus problemas.

Uno de los abogados dejó una carpeta sobre una mesa.

—La escritura presentada para transferir esta hacienda contiene una firma atribuida a Ernesto Mendoza ocho años después de su fallecimiento.

Los invitados quedaron en silencio.

Lucía apareció vestida de novia.

—¿Qué significa eso?

Valeria miró a su madre.

Teresa estaba completamente blanca.

—Mamá —susurró Lucía—. ¿Qué hicieron?

Esteban intentó marcharse.

Mateo le cerró el paso.

—Todavía falta algo.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecían Ernesto Mendoza y otro hombre frente a la misma hacienda.

Valeria reconoció al segundo.

Era el padre de Mateo.

—Tu padre descubrió que Esteban y varios socios estaban intentando apropiarse de terrenos de la familia —explicó Mateo—. Antes de morir, dejó copias de todo bajo custodia de mi padre.

Valeria sintió que se le aflojaban las piernas.

—¿Por qué nunca me lo dijeron?

Mateo la miró.

—Porque Ernesto pidió que solo te entregáramos los documentos si alguien intentaba quitarte la hacienda.

Teresa comenzó a llorar.

—Todo fue para proteger a Lucía.

Valeria giró lentamente.

—¿Protegerla de qué?

Su madre cerró los ojos.

Mateo respondió por ella.

—De una deuda.

La familia de Lucía había utilizado durante años propiedades que pertenecían también a Valeria como garantía de préstamos.

La boda no era solo una celebración.

Era parte de un acuerdo para cerrar aquella deuda mediante la transferencia definitiva de la hacienda a Esteban.

—¿Y mi matrimonio? —preguntó Valeria.

Mateo sostuvo su mirada.

—También formaba parte del plan.

El silencio cayó como una piedra.

Esteban se había acercado a Valeria años atrás sabiendo exactamente quién era su padre y qué propiedades podía controlar a través de ella.

No la había elegido.

La había estudiado.

Valeria miró al hombre con quien había compartido su vida.

—¿Alguna vez me quisiste?

Esteban no respondió.

Aquello fue suficiente.

Valeria se quitó el anillo.

Lo dejó sobre la mesa.

—Entonces se acabó.

Teresa quiso acercarse.

—Hija…

Valeria retrocedió.

—No.

Miró primero a su madre.

Luego a Lucía.

—Durante años me hicieron creer que yo era el problema de esta familia.

Respiró profundamente.

—Hoy descubrí que solo era el patrimonio que todos querían utilizar.

Mateo le ofreció la mano.

Valeria no la tomó.

Todavía no.

Caminó sola hasta la salida.

Al pasar junto a él, preguntó:

—Hace doce años me dijiste que me debías algo. ¿Qué deuda era?

Mateo permaneció en silencio unos segundos.

Después respondió:

—Tu padre salvó la vida del mío.

Valeria lo miró sorprendida.

Mateo señaló la carpeta.

—Y antes de morir, Ernesto me hizo prometerle algo.

—¿Qué?

—Que si algún día todos te daban la espalda, alguien tendría que recordarte que nunca estuviste sola.

Valeria miró hacia la hacienda.

Esteban discutía con los abogados.

Lucía lloraba.

Teresa ya no podía sostenerle la mirada.

Entonces Valeria salió.

No porque Mateo hubiera venido a salvarla.

Sino porque aquella llamada finalmente le había dado algo que llevaba años perdiendo:

una puerta abierta.

Y esta vez decidió cruzarla.

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