PARTE 2: LA DESTITUCIÓN

La noticia del regreso de Adrián se extendió por Hengye antes de que su avión aterrizara.

Los empleados murmuraban en los pasillos.

Todos creían que el director general regresaba para recuperar el control.

Nadie imaginaba que la reunión extraordinaria ya estaba preparada.

A las nueve en punto de la mañana siguiente, la sala principal del consejo estaba completamente llena.

Los accionistas ocupaban sus asientos.

Los abogados revisaban los últimos documentos.

Yo permanecía de pie frente al ventanal, observando cómo la lluvia golpeaba los cristales.

La puerta se abrió de golpe.

Adrián entró sin llamar.

Seis meses en Berlín no habían cambiado su costumbre de caminar como si el mundo le perteneciera.

Detrás de él apareció Sofía Shen.

Ya no llevaba mascarilla.

Ni ocultaba su lugar.

Al verme, Adrián dejó escapar una sonrisa burlona.

—Victoria, ¿ya terminaste tu rabieta?

Ni siquiera respondí.

Mi secretaria habló primero.

—Señor Lu, esta reunión comenzará en tres minutos. Tome asiento.

Él soltó una carcajada.

—¿Quién la autorizó a organizar una reunión del consejo?

Levanté lentamente la vista.

—Yo.

—¿Tú?

Su desprecio era evidente.

—¿Desde cuándo tienes autoridad aquí?

Deslicé una carpeta hacia el centro de la mesa.

—Desde el momento en que adquirí la deuda convertible de Hengye.

Su sonrisa vaciló.

Abrió el documento.

Página tras página, su expresión fue endureciéndose.

—Esto es imposible…

—No.

Respondí con absoluta calma.

—Es perfectamente legal.

Uno de los accionistas tomó la palabra.

—Señor Lu, durante su ausencia la señora… perdón, la presidenta Carter ejecutó la conversión de la deuda conforme al contrato.

Otro añadió.

—Actualmente controla el treinta y nueve por ciento de las acciones con derecho a voto.

Adrián levantó la cabeza de golpe.

—¿Treinta y nueve?

Sonreí levemente.

—Más las delegaciones de voto de otros accionistas.

En ese momento, varios miembros del consejo colocaron sus poderes sobre la mesa.

Uno.

Dos.

Cinco.

Ocho.

El secretario hizo el recuento.

—La presidenta Carter representa el cincuenta y ocho por ciento de los votos presentes.

El silencio cayó sobre la sala.

Sofía empezó a ponerse nerviosa.

—Adrián…

Él no respondió.

Seguía mirándome como si acabara de descubrir a una desconocida.

Durante años solo vio a la mujer que le preparaba la maleta.

Nunca quiso conocer a la mujer que negociaba contratos.

Tomé el mazo de la presidencia.

—Damos inicio a la reunión extraordinaria.

El secretario leyó el único punto del orden del día.

—Propuesta de destitución del señor Adrián Lu como director general del Grupo Hengye.

Adrián golpeó la mesa.

—¡Me opongo!

—Su oposición queda registrada.

Respondí con serenidad.

—Procedamos a la votación.

Las manos comenzaron a levantarse.

Una tras otra.

Sin vacilar.

El resultado apareció en la pantalla principal.

A favor: 58 %.

En contra: 21 %.

Abstenciones: 21 %.

El secretario respiró hondo.

—La propuesta queda aprobada.

Por decisión del consejo, el señor Adrián Lu cesa de inmediato en sus funciones como director general del Grupo Hengye.

Adrián permaneció inmóvil.

Por primera vez desde que lo conocía, no encontraba una sola palabra.

Me puse de pie.

Cerré lentamente la carpeta.

—Hace seis meses abandonaste a tu esposa creyendo que seguiría esperando tu regreso.

Lo miré directamente a los ojos.

—Mientras tú construías una fantasía en Berlín…

Yo construía el futuro que nunca volverás a controlar.

Los guardias de seguridad se acercaron respetuosamente.

—Señor Lu, por favor, acompáñenos para completar el proceso de entrega del cargo.

Adrián dio un paso hacia mí.

Su voz ya no tenía arrogancia.

Solo incredulidad.

—Victoria… ¿desde cuándo eras capaz de hacer todo esto?

Lo observé unos segundos.

Después sonreí con absoluta tranquilidad.

—Desde siempre.

Simplemente dejé de hacerlo por ti.

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