PARTE 2: EL NOMBRE QUE NO ESPERABA

—Salcedo Holdings —dijo Marisol.

Dejé la taza sobre la mesa.

—¿Trabajaste para una de mis empresas?

Marisol asintió.

—Durante ocho años.

Sentí una presión extraña en el pecho.

—¿En cuál?

—En Salcedo Logística.

No podía creerlo.

Mi propia empresa.

—¿Qué ocurrió?

Marisol miró hacia la habitación donde Renata se estaba cambiando.

—Me despidieron hace tres meses.

—¿Por qué?

—Según recursos humanos, cometí una irregularidad con unos documentos.

—¿La cometiste?

Negó lentamente.

—No.

Entonces sacó de una carpeta una copia doblada varias veces.

La abrió sobre la mesa.

Era una autorización financiera con mi firma.

La reconocí inmediatamente.

O, mejor dicho, reconocí mi nombre.

Pero yo jamás había firmado aquel documento.

—Esto autoriza una transferencia de 2,8 millones de pesos —dije.

—Exactamente.

La miré.

—¿Quién recibió el dinero?

Marisol señaló una empresa registrada con un nombre que jamás había visto.

—Una compañía fantasma.

Mi expresión cambió.

Durante años había confiado en mi equipo financiero para detectar operaciones de ese tipo.

—¿Y te culparon a ti?

—Yo descubrí la transferencia.

—¿Qué hiciste?

—La reporté.

Marisol bajó la voz.

—Dos días después me despidieron.

Sentí que algo no encajaba.

—¿Por qué no acudiste a las autoridades?

Ella soltó una pequeña risa amarga.

—Porque cuando intenté hacerlo, alguien me mostró fotografías de Renata saliendo de la escuela.

Me quedé inmóvil.

—¿Te amenazaron?

—Nunca directamente.

—Solo dejaron claro que sabían dónde encontrar a mi hija.

La lluvia golpeaba las ventanas.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Entonces Renata apareció con un pijama demasiado grande.

—Mamá, ¿puedo preguntarle algo al señor Arturo?

Marisol asintió.

La niña se acercó y me miró con absoluta seriedad.

—¿Usted es muy rico?

No pude evitar sonreír.

—Supongo que sí.

—Entonces puede arreglar cosas.

Marisol cerró los ojos.

—Renata…

Pero la niña continuó:

—No quiero dinero.

—¿Entonces qué quieres?

Me señaló la cartera.

—Quiero que encuentre a la persona que hizo que mi mamá perdiera su trabajo.

Aquella frase me dejó sin respuesta.

Una niña de ocho años acababa de devolverme una cartera con miles de pesos y, en lugar de pedirme algo para ella, estaba preocupada por su madre.

Me levanté.

—Marisol, mañana no vayas a ninguna entrevista.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque mañana vas a volver a mi empresa.

—Señor Salcedo…

—Con una condición.

Esperó.

—Quiero que me cuentes todo lo que recuerdes sobre aquella transferencia.

Marisol me miró durante varios segundos.

—¿Y si fue alguien cercano a usted?

Mi sonrisa desapareció.

—Entonces será todavía más importante descubrirlo.

Aquella noche regresé a mi casa y llamé al director financiero.

—Quiero una auditoría completa de Salcedo Logística. Últimos tres años.

Hubo silencio al otro lado.

—¿Hay algún problema?

—Sí.

—¿Qué clase de problema?

Miré la fotografía de mi hija Julia que había recuperado de mi cartera.

—Creo que alguien lleva años robándome.

Colgué.

A la mañana siguiente, a las 7:12, recibí el primer informe.

Había 17 transferencias sospechosas.

Todas pasaban por la misma cuenta.

Y todas habían sido aprobadas por una persona que tenía acceso directo a mi oficina.

Mi asistente entró con el rostro pálido.

—Señor Salcedo…

—¿Qué ocurre?

Dejó una carpeta sobre mi escritorio.

—Hay algo más.

La abrí.

Dentro estaba una fotografía de Marisol tomada la noche anterior.

Ella y Renata entrando a su edificio.

Debajo había una frase escrita a mano:

“Deje de investigar si quiere que su hija siga volviendo a casa.”

Sentí que la sangre se me enfriaba.

Pero entonces vi la fecha de la fotografía.

Había sido tomada antes de que yo conociera a Marisol.

Y comprendí que aquel fraude no había comenzado con ella.

Alguien llevaba mucho tiempo observando a mi familia.

Y quizá sabía exactamente por qué mi hija Julia llevaba casi tres años sin responder mis llamadas.

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