PARTE 2: La Decisión Que Nadie Pudo Detener

Héctor seguía sujetando los pedazos de la cita médica con las manos temblorosas.

Por primera vez desde que conocía a aquel hombre, vi auténtico miedo en sus ojos.

—Valeria… no puedes hacer esto.

Lo miré con una calma que pareció desconcertarlo aún más.

—¿No puedo?

—Es nuestro hijo.

Samuel, mi abogado, dejó una carpeta sobre la mesa.

—Señor Xia, antes de seguir hablando, quizá debería revisar esto.

Héctor apenas le prestó atención.

Seguía mirándome.

—Te prometo que terminaré con Emma.

—Hoy mismo.

—No volveré a verla.

Mi madre soltó una risa amarga.

—Qué generoso.

—Justo cuando descubre que puede perderlo todo.

La madre de Héctor dio un paso adelante.

—Valeria, los hombres cometen errores.

—Pero un niño necesita un padre.

La interrumpí.

—¿De verdad?

Saqué mi teléfono.

Abrí el calendario.

Lo giré hacia todos.

Cada cita prenatal aparecía marcada en rojo.

Al lado de cada una había una nota.

“Acudió Emma.”

“No contestó.”

“Dijo que tenía una reunión.”

“Viaje de esquí.”

“Cena con clientes.”

Después abrí otra carpeta.

—Estos son los registros del hospital.

—En cuatro meses de embarazo, Héctor no asistió a una sola revisión.

Él bajó lentamente la cabeza.

No tenía forma de negarlo.

Samuel añadió otro documento.

—Y estos son los movimientos bancarios realizados mientras la señora Valeria permanecía embarazada.

Había recibos de hoteles.

Viajes.

Joyerías.

Restaurantes.

Todos compartían el mismo nombre.

Emma Tang.

La suegra palideció.

—Héctor…

Él permaneció en silencio.

Por primera vez, ni siquiera intentó inventar una excusa.

Entonces sonó su teléfono.

La pantalla mostraba un nombre.

Emma.

Nadie habló.

El teléfono siguió vibrando sobre la mesa.

Una vez.

Dos.

Tres.

Finalmente contestó.

—¿Qué pasa?

Incluso sin el altavoz activado pudimos escuchar los gritos.

—¡Director Xia!

—¡Hay gente de auditoría en la empresa!

—¡Están revisando todos los gastos!

—¡Dicen que usó fondos corporativos para viajes privados!

El rostro de Héctor perdió completamente el color.

Samuel cruzó las manos.

—Olvidé comentarle algo.

—Esta mañana el tribunal aprobó la preservación de pruebas.

—También notificó oficialmente a la empresa sobre el proceso de división patrimonial.

—Eso obligó al departamento financiero a revisar todos los gastos de representación.

Emma seguía llorando al otro lado del teléfono.

—¡No sé qué hacer!

Héctor cerró la llamada sin responder.

Me miró desesperado.

—Valeria…

—Por favor.

—Solo cancela la cirugía.

Respiré profundamente.

Apoyé una mano sobre mi vientre.

Había pasado la noche entera hablando con mi madre.

Con el médico.

Con una psicóloga.

Conmigo misma.

Levanté la mirada.

—Todavía no he tomado una decisión definitiva sobre el embarazo.

Los ojos de Héctor recuperaron un pequeño brillo.

Pero continué hablando.

—Sin embargo…

Hice una pausa.

—Sí he tomado una decisión definitiva sobre nosotros.

Saqué los papeles del divorcio.

Los coloqué frente a él.

—Nuestro matrimonio terminó anoche.

—Nada de lo que hagas devolverá la confianza que destruiste.

En ese instante entró una asistente del despacho de Samuel.

Traía una nueva carpeta.

—Licenciado.

—Acaba de llegar la respuesta del banco.

Samuel la abrió.

Leyó rápidamente las primeras páginas.

Después levantó la vista hacia Héctor.

—Señor Xia…

—El tribunal acaba de congelar oficialmente todas las cuentas comunes, las inversiones y los inmuebles adquiridos durante el matrimonio.

La habitación quedó completamente en silencio.

Héctor comprendió por fin que aquello no era una amenaza impulsiva.

Durante semanas yo había preparado cada documento.

Cada prueba.

Cada movimiento legal.

Mientras él creía estar viviendo una aventura romántica con Emma, yo ya estaba construyendo el final de nuestro matrimonio.

Y lo que ninguno de ellos sabía era que, al día siguiente, durante la primera audiencia judicial, aparecería una persona que cambiaría por completo el rumbo del caso: la propia Emma Tang.

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