A las 5:17 de la mañana, Mauricio abrió la puerta del penthouse silbando.
Traía la misma camisa arrugada.
El mismo perfume que no era mío.
Y una sonrisa de hombre convencido de tenerlo todo bajo control.
—Camila…
Nadie respondió.
Dejó las llaves sobre la consola.
Caminó hasta la sala.
Silencio.
Frunció el ceño.
—¿Camila?
Entró al dormitorio.
La cama estaba perfectamente tendida.
El armario abierto.
Faltaba parte de mi ropa.
Entonces corrió hacia la habitación del bebé.
La cuna estaba vacía.
Solo había un pequeño sobre blanco apoyado sobre el colchón.
Y una memoria USB.
Mauricio sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Abrió la nota.
Solo contenía una frase.
“Mi abogado te llamará.”
Nada más.
No había insultos.
No había lágrimas.
Ni una súplica.
Solo una despedida.
Sacó inmediatamente el teléfono.
Me llamó.
Apagado.
Volvió a intentarlo.
Lo mismo.
Entonces sonrió.
Una sonrisa llena de desprecio.
—¿A dónde vas a ir sin dinero?
Marcó otro número.
—Mamá.
La voz de doña Leonor sonó soñolienta.
—¿Qué pasa?
—Se fue.
—¿Quién?
—Camila.
Con el niño.
Hubo unos segundos de silencio.
Después ella respondió con absoluta tranquilidad.
—No puede llegar muy lejos.
No tiene cuentas propias.
No tiene familia con dinero.
Volverá.
Mauricio respiró más despacio.
Tenía razón.
Yo dependía completamente de él.
O eso creía.
Conectó la memoria USB a su computadora.
Esperaba encontrar fotografías.
Tal vez una carta dramática.
Lo primero que apareció fue una carpeta llamada:
“Para mi abogado.”
La abrió.
Dentro había decenas de archivos.
Capturas de pantalla.
Estados de cuenta.
Conversaciones.
Videos.
Mauricio dejó de sonreír.
Abrió el primer documento.
Era su conversación con Regina.
“Cuando el psiquiatra firme el diagnóstico, Camila perderá cualquier posibilidad de quedarse con el niño.”
El segundo archivo.
“Haz que firme el anexo junto con los papeles fiscales. Ni siquiera lo leerá.”
El tercero.
Un video.
Él mismo.
Firmando una hoja.
Después cambiándola por otra distinta cuando yo salía de la habitación.
Sintió un escalofrío.
—¿Cómo…?
Abrió otro.
Una grabación de audio.
Era la voz de doña Leonor.
“Después del parto será fácil. Todas las mujeres lloran. Diremos que tiene depresión grave.”
Mauricio comenzó a respirar con dificultad.
Tomó el teléfono.
Llamó a Regina.
Ella respondió casi de inmediato.
—¿Todo salió bien?
—Camila encontró algo.
—¿Qué encontró?
—Todo.
El silencio fue absoluto.
—Eso es imposible.
—¡Tenía una memoria con todos nuestros mensajes!
Regina guardó unos segundos de silencio.
Después preguntó algo que hizo que Mauricio sintiera un nudo en el estómago.
—¿Ya revisaste tu correo corporativo?
Frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque anoche recibí una notificación extraña.
Mauricio abrió su computadora.
Entró al correo de la empresa.
La bandeja de enviados estaba vacía.
Pero había una carpeta nueva.
Programaciones.
La abrió.
Su rostro perdió todo el color.
Había doce correos programados para enviarse automáticamente.
A distintos destinatarios.
Consejo de administración.
Departamento jurídico.
Auditoría interna.
Accionistas.
Y uno dirigido a todos los medios de comunicación económicos del país.
Todos contenían exactamente los mismos archivos.
Toda la evidencia.
Con una hora de envío fijada para las ocho de la mañana.
Miró el reloj.
7:46.
Le quedaban catorce minutos.
—¡No!
Intentó cancelar los mensajes.
El sistema pidió una contraseña.
No era la habitual.
Alguien la había cambiado.
Golpeó el escritorio.
—¡Camila!
Volvió a marcarme.
Apagado.
Corrió hacia la puerta.
Necesitaba encontrarme antes de que aquellos correos salieran.
Pero cuando la abrió encontró a tres personas esperándolo.
Un hombre de traje oscuro.
Una mujer con una carpeta.
Y un actuario judicial.
—¿Señor Mauricio Salgado?
Él se quedó inmóvil.
—Sí…
La mujer le entregó un sobre.
—Vengo en representación de la señora Camila Ríos.
Queda usted legalmente notificado de una solicitud urgente de divorcio, nulidad de documentos firmados mediante engaño y medidas cautelares de protección para ella y para el menor.
Mauricio apenas escuchaba.
Solo miraba el reloj.
7:58.
Dos minutos.
Intentó cerrar la puerta.
El actuario colocó la mano.
—No puede negarse a recibir la notificación.
En ese mismo instante sonó el primer teléfono.
Luego otro.
Y otro más.
Era Regina.
Era el presidente del consejo.
Era el director jurídico.
Los correos acababan de salir.
Pero antes de que Mauricio pudiera responder una sola llamada, el abogado de Camila levantó tranquilamente otra carpeta.
—Hay algo más.
Mauricio respiró con dificultad.
—¿Qué?
El abogado sostuvo su mirada.
—Mientras usted buscaba a su esposa…
Hizo una breve pausa.

—La señora Camila ya había declarado ante la fiscalía.
Y uno de los delitos que denunció no tiene relación con el divorcio…
Sino con un fraude millonario cometido dentro de la empresa familiar usando su firma y la de la señora Regina.