Daniel sintió que la garganta se le cerraba.
Volvió a mirar la pantalla.
Pensó que era un error.
Actualizó la aplicación.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El resultado fue el mismo.
La cuenta corporativa de Parker Construction Materials mostraba un enorme aviso rojo.
“Operaciones suspendidas por orden administrativa.”
Debajo aparecía otra línea.
“Fondos temporalmente inmovilizados.”
Daniel marcó inmediatamente al director financiero de la empresa.
—¡Contesta, contesta…!
Al tercer tono respondieron.
—Señor Parker.
—¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué están congeladas las cuentas?
Del otro lado hubo un silencio incómodo.
—Íbamos a llamarlo.
—¡Habla!
—Hace aproximadamente una hora llegaron inspectores de la Comisión de Supervisión del Mercado, acompañados por funcionarios de la autoridad fiscal.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Con qué motivo?
—Dijeron que recibieron documentación sobre posibles irregularidades financieras.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—¿Qué documentación?
—No lo sabemos.
—¿Quién la presentó?
—Tampoco lo informaron.
Daniel apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se volvieron blancos.
—Voy para allá.
—Señor…
—¿Qué?
—También solicitaron todos los contratos firmados durante los últimos tres años.
La llamada terminó.
Daniel permaneció inmóvil en medio del pasillo.
Tres años.
Exactamente el tiempo que había estado casado con Emma.
Dentro del salón privado…
Los invitados seguían esperando.
Margaret comenzaba a impacientarse.
—¿Qué tarda tanto?
Olivia sonrió.
—Seguro está regañando al banco.
En ese momento Daniel regresó.
Había perdido completamente el color del rostro.
—Tenemos que irnos.
Margaret soltó una carcajada.
—¿Sin pagar?
—Las cuentas de la empresa están congeladas.
Las risas desaparecieron.
—¿Qué?
—No podemos pagar.
El gerente del restaurante apareció acompañado por dos supervisores.
Mantenía una sonrisa profesional.
—Señor Parker, entendemos que puede tratarse de un inconveniente bancario, pero necesitamos liquidar la cuenta antes de que los invitados abandonen el establecimiento.
Margaret intervino enseguida.
—¿No sabe quién es mi hijo?
El gerente asintió con educación.
—Precisamente por eso hemos esperado.
Olivia sacó su propia tarjeta.
—Yo pago una parte.
Cinco minutos después…
Regresó el mismo empleado.
—Lo siento.
También fue rechazada.
Olivia abrió mucho los ojos.
—¡Eso es imposible!
El gerente permanecía sereno.
—Quizá las entidades bancarias están aplicando el mismo bloqueo preventivo.
Ahora todos comenzaron a ponerse nerviosos.
Los tíos.
Los primos.
Los socios.
Nadie quería hacerse cargo de una cuenta de ochocientos cuarenta mil yuanes.
Mientras tanto…
A varios kilómetros del restaurante…
Emma caminaba tranquilamente por un jardín.
Llevaba un sencillo vestido azul y una carpeta bajo el brazo.
Frente a ella estaba un hombre de unos sesenta años.
—¿Ya empezó?
Ella asintió.
—Sí.
—¿Te arrepientes?
Emma sonrió con tristeza.
—Me arrepiento de haber esperado tres años para irme.
El hombre cerró la carpeta.
Era el abogado que había llevado su divorcio.
—Los organismos recibieron toda la información esta tarde.
Emma guardó silencio.
Durante tres años había administrado discretamente toda la contabilidad de Parker Construction Materials.
Daniel siempre creyó que ella solo era una esposa callada.
Nunca imaginó que conocía cada factura.
Cada contrato.
Cada transferencia.
Y cada irregularidad.
No porque quisiera vigilarlo.
Sino porque él mismo le había pedido hacerse cargo de los números mientras él viajaba con sus amantes.
El abogado la observó.
—¿Estás segura de entregar toda la evidencia?
Emma respondió sin dudar.
—No denuncié a un exmarido.
Denuncié delitos.
En el restaurante…
El gerente regresó una vez más.
Esta vez llevaba una carpeta negra.
—Señor Parker.
Daniel levantó lentamente la vista.
—¿Qué quiere ahora?
—Acabamos de recibir una llamada.
—¿Del banco?
—No.
El gerente abrió la carpeta.
—De la Comisión de Supervisión del Mercado.
El corazón de Daniel dio un vuelco.
—¿Qué dijeron?
El gerente leyó el documento.
—Nos solicitaron conservar toda la documentación relacionada con esta cena, incluyendo la factura, los métodos de pago intentados y la lista completa de asistentes.
Margaret se quedó helada.
Olivia dejó caer el teléfono.
Daniel sintió que algo no encajaba.
Aquello ya no parecía una simple auditoría.
Parecía que alguien conocía exactamente cada uno de sus movimientos.
Entonces el gerente añadió una última frase.

—Y también preguntaron si el señor Daniel Parker seguía dentro del restaurante.
Por primera vez aquella noche…
Daniel comprendió que el verdadero problema no era haber perdido a Emma.
Era que Emma, antes de marcharse, había descubierto algo capaz de derrumbar todo el imperio de la familia Parker.