PARTE 2: LA CUENTA REGRESIVA TERMINÓ

Mateo esperó a que Renata saliera del sótano.

Solo cuando el sonido de sus tacones desapareció, se arrodilló junto a Sebastián.

La rodilla estaba inflamada hasta el doble de su tamaño.

Los moretones en los brazos tenían marcas recientes de agujas.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Mateo.

Sebastián cerró los ojos.

—Diez días… creo.

—Me quitaron el reloj.

—Las ventanas están selladas.

—Solo sé que cada noche suben a brindar… y luego bajan a obligarme a firmar.

Mateo tragó saliva.

Durante toda su vida había negociado con empresarios, enfrentado sindicatos y sobrevivido a amenazas del crimen organizado.

Pero jamás imaginó encontrar a su único hijo tratado como un secuestrado dentro de su propia casa.

—¿Qué quieren exactamente?

Sebastián señaló una carpeta sobre una mesa metálica.

—Los documentos.

Mateo la abrió.

Poderes notariales.

Transferencias de acciones.

Autorizaciones para vender patios logísticos, bodegas y flotillas.

Todo preparado para que Sebastián entregara el control absoluto de Grupo Camino Real.

Pero había un detalle que ninguno de ellos conocía.

Mateo sonrió por primera vez en toda la noche.

—Cometieron un error muy caro.

Sebastián levantó la vista.

—¿Cuál?

—Creyeron que tú eres el dueño.

Se inclinó hacia él.

—Hijo… nunca puse la empresa a tu nombre.

Sebastián quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Solo administrabas una parte.

—El verdadero propietario sigo siendo yo.

Un silencio pesado llenó el sótano.

—Entonces…

—Todo esto no sirve para nada.

Mateo rompió lentamente la primera hoja.

Luego la segunda.

Después la tercera.

Los pedazos cayeron sobre el piso húmedo.

—Aunque firmaras mil veces…

—No podrían quedarse con un solo camión.

Los ojos de Sebastián comenzaron a humedecerse.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Mateo apoyó una mano sobre su hombro.

—Porque quería que heredaras una empresa…

No una guerra.

En ese instante sonó un golpe arriba.

Después otro.

Los invitados comenzaron a gritar.

—¡Diez!

—¡Nueve!

—¡Ocho!

La cuenta regresiva de Año Nuevo.

Renata volvió a bajar acompañada por su padre.

Armando llevaba una botella de champaña.

—Bueno, Sebastián.

Sonrió mientras levantaba una pluma.

—Última oportunidad antes del nuevo año.

Entonces vio a Mateo.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué hace usted aquí?

Mateo salió lentamente de la oscuridad.

—Vine a recoger a mi hijo.

Armando soltó una carcajada.

—Llegó tarde.

Sacó un teléfono.

—En cinco minutos la ambulancia vendrá por él.

Todos creerán que sufrió una sobredosis.

Renata cruzó los brazos.

—Ya preparamos las fotografías.

—Los mensajes.

—Los testimonios.

—Todos saben que estaba deprimido.

Mateo la observó sin pestañear.

—¿De verdad?

—Claro.

Renata sonrió.

—Nadie les creerá a dos hombres desesperados.

Mateo levantó lentamente el celular que llevaba en el bolsillo.

La luz roja seguía encendida.

—Tienes razón.

—Por eso preferí que les creyeran a ustedes.

Renata frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Mateo pulsó un botón.

Del teléfono comenzó a escucharse la grabación.

—”Última oportunidad, amor. Firmas hoy…”

Luego la voz de Renata.

—”Vamos a seguir practicando hasta que tu mano aprenda a obedecer.”

El rostro de Armando perdió el color.

Pero aquello era solo el principio.

Mateo abrió la aplicación de transmisión.

—Hace doce minutos…

Miró a Renata directamente a los ojos.

—Esta grabación comenzó a enviarse automáticamente a mi abogado, a la Fiscalía de Jalisco y al consejo directivo de Grupo Camino Real.

La botella de champaña cayó de las manos de Armando y se hizo añicos.

Arriba…

La cuenta regresiva llegó a cero.

—¡Feliz Año Nuevo!

Los fuegos artificiales iluminaron toda la residencia.

Y exactamente en ese momento, la puerta principal se abrió de golpe.

No eran más invitados.

Eran agentes de la Fiscalía acompañados por policías estatales y un actuario judicial.

El primero en bajar al sótano levantó la voz.

—¡Nadie se mueva!

Renata retrocedió un paso.

—¿Cómo… cómo nos encontraron?

Mateo guardó el teléfono.

—Porque el mensaje que mi hijo me envió hace siete días…

Hizo una pausa mientras los agentes rompían el candado de la cadena.

—Nunca fue una despedida.

—Fue la prueba que necesitaba para comenzar a seguirlos.

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