PARTE 2: LA CUENTA QUE BEATRICE NO PODÍA BORRAR

Me aparté de la mesa sin decir una palabra.

Beatrice interpretó mi silencio como siempre lo había hecho.

Como debilidad.

—Camilla —me llamó levantando su copa—. Trae otra botella de la reserva. Esta se está acabando.

—Por supuesto.

Gavin me siguió hasta la cocina.

—¿Estás segura de esto?

Abrí el cajón de mi despacho y comprobé que la carpeta negra seguía allí.

—Completamente.

Durante las siguientes tres horas no les faltó absolutamente nada.

Más vieiras.

Langosta.

Filetes.

Postres especiales.

Y varias botellas que normalmente reservábamos para clientes importantes.

A las cuatro y cuarenta y siete, Beatrice dejó la servilleta sobre la mesa.

—Ha sido maravilloso, chicas.

Varias comenzaron a levantarse.

Entonces Gavin apareció con la cuenta.

La dejó delante de Beatrice.

23.289 dólares.

Su sonrisa desapareció durante medio segundo.

Después soltó una carcajada.

—Qué gracioso.

Empujó la factura hacia Gavin.

—Cárgalo a la casa.

Nadie se movió.

Beatrice me buscó con la mirada.

—Camilla.

—¿Sí?

—Dile que lo cargue a nuestra cuenta familiar.

Caminé lentamente hasta ella.

—No existe ninguna cuenta familiar.

Las mujeres que estaban recogiendo sus bolsos se detuvieron.

Beatrice entrecerró los ojos.

—Lucas siempre se encarga de estas cosas.

—Precisamente.

Dejé la carpeta negra junto a la factura.

Su expresión cambió.

—¿Qué es esto?

—Ábrela.

Beatrice lo hizo.

Dentro estaban las copias de las transferencias realizadas desde las cuentas de Lumina durante los últimos dieciocho meses.

Hoteles.

Joyas.

Viajes.

Restaurantes.

El alquiler de un apartamento en La Jolla.

Y varias transferencias directas a una cuenta que Beatrice reconoció inmediatamente.

La suya.

Levantó la cabeza.

—No sé qué intentas insinuar.

—No estoy insinuando nada.

Saqué otra hoja.

—Durante dieciocho meses desaparecieron 184.600 dólares del restaurante.

El comedor quedó completamente en silencio.

—Lucas tenía autorización limitada para pagar proveedores y gastos administrativos. No para financiar una aventura. Y mucho menos para transferirte dinero.

Beatrice palideció.

—Lucas es tu marido. Lo vuestro es dinero matrimonial.

—Lumina no.

Deslicé hacia ella una copia de nuestro acuerdo prenupcial.

—El restaurante, sus cuentas y todos sus activos son exclusivamente míos.

Una de sus amigas murmuró:

—Beatrice… dijiste que Lucas era propietario.

Ella cerró la carpeta de golpe.

—Esto es un asunto familiar.

—Dejó de ser privado cuando trajiste treinta y ocho testigos y presumiste de gastar dinero robado delante de mí.

Beatrice se levantó bruscamente.

—Voy a llamar a mi hijo.

—Hazlo.

Marcó inmediatamente.

Lucas contestó al tercer tono.

—Mamá, ahora no puedo.

Beatrice activó el altavoz.

—Camilla está diciendo que robaste dinero del restaurante.

Hubo silencio.

Entonces escuché algo al otro lado.

Una voz femenina.

—Lucas, ¿quién llama?

Sentí que se me helaba la sangre.

Había escuchado aquella voz esa misma mañana.

Hablando con nuestro contable.

Lucas cortó la llamada.

Beatrice intentó recuperar la sonrisa.

Pero yo ya estaba sacando otra fotografía.

La puse frente a ella.

Lucas aparecía entrando en el apartamento de La Jolla junto a una mujer joven.

—¿Es ella? —pregunté.

Beatrice miró la imagen.

Y su reacción no fue la que esperaba.

No mostró vergüenza.

Mostró miedo.

—¿Dónde conseguiste esto?

—Mi abogado.

—Camilla, escucha…

—Todavía no he terminado.

Saqué un documento bancario.

—Lucas intentó utilizar Lumina como garantía para solicitar un préstamo de 1,2 millones de dólares.

Varias mujeres soltaron exclamaciones ahogadas.

Pero Beatrice parecía no haber escuchado.

Seguía mirando la fotografía.

—No puede ser —susurró.

Aquello me desconcertó.

—¿Conoces a esa mujer?

Beatrice no respondió.

Una de sus amigas, Margaret, se levantó lentamente desde el otro extremo de la mesa.

—Yo sí.

Beatrice giró la cabeza.

—Margaret, cállate.

—Ya ha llegado demasiado lejos.

—He dicho que te calles.

Miré a Margaret.

—¿Quién es?

Margaret respiró hondo.

—Camilla, esa mujer no apareció en la vida de Lucas hace unos meses.

Beatrice golpeó la mesa.

—¡Basta!

Margaret continuó.

—Está relacionada con esta familia desde mucho antes de que tú conocieras a Lucas.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Margaret abrió la boca.

Pero las puertas de Lumina se abrieron antes de que pudiera responder.

Lucas entró precipitadamente.

Y detrás de él apareció la mujer de la fotografía.

Beatrice se quedó petrificada.

Lucas miró la factura.

Después la carpeta.

Finalmente miró a su madre.

—Mamá… ¿qué le has contado?

Beatrice no respondió.

La mujer avanzó hacia mí.

Llevaba otra carpeta entre las manos.

—Camilla, antes de llamar a la policía deberías ver esto.

La dejó sobre la mesa.

—¿Qué es?

Lucas cerró los ojos.

Ella abrió la carpeta.

En la primera página había documentos de constitución de una empresa que yo jamás había visto.

Seguí leyendo.

Entonces encontré el nombre de Lumina.

Debajo aparecía mi firma.

Solo había un problema.

Yo jamás había firmado aquel documento.

Levanté la vista hacia Lucas.

—¿Qué demonios es esto?

Nadie respondió.

Pasé a la página siguiente.

Había una solicitud de préstamo.

Una garantía sobre el restaurante.

Y una fecha.

El lunes siguiente.

Entonces comprendí algo todavía peor.

Lucas no estaba intentando conseguir 1,2 millones.

Ya había conseguido una aprobación provisional.

Y si nadie detenía la operación antes del lunes, podía perder Lumina.

Pero cuando llegué a la última página vi un segundo nombre junto al de Lucas.

Me quedé completamente inmóvil.

Porque la persona que había firmado con él no era su amante.

Era Beatrice.

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