PARTE 2: LA CONFESIÓN QUE RENATA NUNCA IMAGINÓ

A las siete y media de la mañana, Renata ya estaba maquillada.

Vestía un traje beige impecable y llevaba una carpeta negra bajo el brazo.

Sobre la mesa del comedor acomodó los documentos con precisión.

—El psiquiatra llegará en media hora —dijo mientras servía café—. Después firmaremos el poder para evitar más problemas.

Santiago asintió con tranquilidad.

—Me parece bien.

Renata sonrió.

Creyó que había ganado.

Subió al cuarto de doña Adela con una bandeja de desayuno.

Santiago permaneció abajo.

Esperando.

La pequeña grabadora seguía oculta bajo la mesa.

Un minuto después escuchó la voz de su madre.

Temblorosa.

Confundida.

Exactamente como habían ensayado.

—¿Dónde está mi esposo? Tengo que llevarle el almuerzo…

Renata soltó un suspiro exagerado.

—¿Ve? Otra vez confundiendo a su marido. Don Ernesto murió hace quince años.

Doña Adela comenzó a llorar.

—¿De verdad?

—Sí. Ya no recuerda nada.

Santiago cerró los puños.

Entonces llegó la frase que estaba esperando.

Renata habló con un tono completamente distinto.

Frío.

Impaciente.

—Escúcheme bien, vieja. Aguante unas horas más. En cuanto Santiago firme esos papeles, usted dejará de ser un problema.

Hubo silencio.

Después una risa baja.

—Quién iba a pensar que fingir demencia sería tan fácil.

Doña Adela siguió interpretando su papel.

—¿Quién eres tú?

Renata perdió toda paciencia.

—Soy la mujer que se va a quedar con esta casa y con todo tu dinero.

Santiago sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Cada palabra estaba quedando grabada.

Renata continuó.

—Cuando te muden a la clínica, nadie volverá a escucharte. Dirán que inventas historias.

Un sonido seco interrumpió la conversación.

La bandeja había caído al suelo.

Renata murmuró una grosería.

—Levántate.

Doña Adela respondió con voz débil.

—Me duele la muñeca…

—Pues quédate ahí.

Los pasos comenzaron a bajar por la escalera.

Santiago ya estaba sentado en el comedor fingiendo leer los documentos.

Renata volvió a sonreír.

Como si nada hubiera ocurrido.

—¿Listo para firmar?

Él levantó la vista.

—Antes quiero hacerte una pregunta.

—Claro.

—¿Cuándo empezó la demencia de mi mamá?

Renata respondió sin dudar.

—Hace unos ocho meses.

—Qué extraño.

Ella inclinó la cabeza.

—¿Por qué?

Santiago sacó su teléfono.

Abrió una videollamada grabada durante su última misión.

En la pantalla apareció doña Adela.

Reía.

Comentaba recetas.

Resolvía un crucigrama.

La fecha aparecía claramente.

Cinco días antes.

Renata perdió el color.

—Eso…

—Cinco días atrás estaba perfectamente orientada.

Silencio.

Santiago colocó la grabadora sobre la mesa.

Presionó el botón de reproducción.

La cocina se llenó con la voz de Renata.

“…soy la mujer que se va a quedar con esta casa y con todo tu dinero.”

Ella dejó caer la taza.

El café se derramó sobre los documentos.

—Santiago… puedo explicarlo…

Él no respondió.

Solo abrió otra carpeta.

—También encontré las transferencias por ochenta y cinco mil pesos.

Después deslizó varias fotografías.

Copias de correos electrónicos.

Contratos.

Conversaciones con Víctor Aranda.

Renata retrocedió.

—No sabes lo que estás viendo.

—Sí lo sé.

Su voz permanecía completamente tranquila.

—Fraude.

Privación ilegal de la libertad.

Maltrato contra un adulto mayor.

Y falsificación documental.

Renata comenzó a llorar.

—Lo hice porque necesitábamos dinero.

—No.

Santiago negó lentamente.

—Lo hiciste porque pensaste que yo nunca regresaría a tiempo.

En ese instante sonó el timbre.

Renata respiró con alivio.

—Debe ser el psiquiatra.

Santiago caminó hasta la puerta.

La abrió.

No era el psiquiatra.

Eran dos agentes de la Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales.

Y detrás de ellos venía un notario.

Santiago entregó una memoria USB al agente principal.

—Aquí está toda la evidencia.

Renata comprendió demasiado tarde que, mientras ella dormía, su esposo no había estado reuniendo valor para enfrentarla.

Había estado construyendo el caso que acabaría con todas sus mentiras.

Y cuando los agentes comenzaron a leer la orden judicial…

…doña Adela bajó lentamente las escaleras, dejó de fingir demencia por primera vez en meses y pronunció una sola frase que hizo bajar la cabeza a todos los presentes.

—Hoy, por fin, vuelvo a ser la dueña de mi propia vida.

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