Volví a leer el párrafo.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Cada palabra parecía más absurda que la anterior.
Levanté lentamente la vista hacia el abogado Carter.
—¿Esto… es válido?
Él asintió sin dudar.
—Completamente.
Empujó el testamento unos centímetros hacia mí.
—La abuela de Scott era una mujer extremadamente meticulosa. Durante décadas trabajó con el mismo despacho jurídico y modificó su testamento siete veces.
Señaló el texto resaltado.
—Esta fue la última modificación.
Respiré hondo antes de volver a leer.
“El beneficiario conservará la totalidad de la herencia únicamente si continúa legalmente casado con su cónyuge, Avery Collins, durante un período mínimo de doce meses contados desde la fecha de aceptación de la sucesión.”
Mis dedos dejaron de moverse.
Seguí leyendo.
“En caso de divorcio, separación legal iniciada por el beneficiario o convivencia marital con una tercera persona durante dicho período, la totalidad del patrimonio pasará automáticamente a la Fundación Eleanor Hayes para Becas Universitarias.”
El despacho quedó en silencio.
Solo se escuchaba el reloj de la pared.
—Él…
Susurré.
—¿Perdería todo?
—Absolutamente todo.
Respondió Carter.
—Siete millones trescientos mil dólares.
Las propiedades.
Las inversiones.
Cada centavo.
Sentí una mezcla extraña de incredulidad y tristeza.
No alegría.
Porque aquello significaba una sola cosa.
Scott sí había leído el testamento.
Y aun así decidió echarme de casa.
Carter abrió otro documento.
—Hay más.
La señora Hayes añadió una carta privada para usted.
Fruncí el ceño.
—¿Para mí?
—Sí.
No forma parte del testamento público.
Solo debía entregarse si usted acudía personalmente a este despacho.
Me entregó un sobre color marfil.
Reconocí inmediatamente la caligrafía.
La abuela Eleanor.
La única persona de la familia de Scott que siempre me trató con cariño.
Abrí la carta con cuidado.
“Querida Avery.”
“Si estás leyendo esto, significa que Scott volvió a confundir el dinero con el valor de las personas.”
Sentí un nudo en la garganta.
“Durante los últimos cinco años observé quién sostenía realmente ese matrimonio.”
“Vi quién recordaba mis citas médicas.”
“Quién me llevaba libros.”
“Quién cancelaba reuniones para acompañarme al hospital.”
“Y también vi quién solo aparecía cuando necesitaba dinero.”
Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
“No dejo esta condición para castigarlo.”
“La dejo para darle una última oportunidad de demostrar que era digno del amor que recibió.”
“Si decide perderte por codicia, entonces tampoco merece mi herencia.”
Doblé lentamente la carta.
No pude contener las lágrimas.
Dos días después sonó mi teléfono.
Scott.
No contesté.
Cinco minutos más tarde volvió a llamar.
Después otra vez.
Y otra.
Finalmente dejó un mensaje.
—Avery…
Creo que nos apresuramos.
Podemos hablar.
No respondí.
Esa misma noche llegó otro.
—No hace falta divorciarnos ahora mismo.
Podemos esperar unos meses.
Es lo mejor para los dos.
Sonreí con tristeza.
No porque creyera sus palabras.
Sino porque entendí exactamente cuándo había descubierto la cláusula.
Después de echarme.
Rachel apareció en mi apartamento con una taza de café.
—¿Qué vas a hacer?
Miré por la ventana.
—Nada.
—¿Nada?
—Él tomó una decisión creyendo que el dinero era más importante que nuestro matrimonio.
No pienso salvarlo de las consecuencias de esa decisión.
A la semana siguiente, Scott apareció frente a mi edificio.
Traía flores.
Las mismas peonías blancas que yo adoraba.
Hacía cuatro años que no me regalaba flores.
Cuando abrí la puerta, sonrió nervioso.
—Podemos empezar de nuevo.
Lo observé durante unos segundos.
—¿Cuándo descubriste la cláusula?
Su sonrisa desapareció.
No respondió.
—¿Fue antes o después de decirme que abandonara mi casa en dos horas?
Bajó la cabeza.
Ese silencio respondió por él.
Respiró profundamente.
—Cometí un error.
—No.
Negué con calma.
—Cometiste una elección.
Él dio un paso adelante.
—Solo necesito que retires el divorcio durante unos meses.
Después…
No terminó la frase.
Porque ambos sabíamos cómo terminaba.
Después volvería a marcharse.
Le devolví las flores.
—La herencia de tu abuela tenía una condición equivocada.
Scott abrió mucho los ojos.
—¿Qué quieres decir?
Lo miré por última vez.
—No debió exigir que permanecieras casado conmigo durante un año.

Debió exigir que siguieras amándome.
Porque esa condición la rompiste mucho antes de firmar aquellos papeles.
Cerré la puerta con suavidad.
Del otro lado quedó Scott.
Solo.
Con siete millones de dólares que ya no eran suyos… y un matrimonio que había perdido mucho antes de comprender cuánto valía realmente.