PARTE 2 — LA CASA YA NO ERA EL LUGAR MÁS SEGURO

Elena sintió que las piernas dejaban de responderle.

Miró la fotografía una vez más.

Era su casa.

La bugambilia morada seguía cubriendo parte de la reja. El triciclo que había comprado para sus gemelos antes de perderlos continuaba apoyado contra la pared del patio.

Y un hombre con pasamontañas estaba forzando la cerradura.

—¿Quién hizo esa foto? —preguntó con la voz quebrada.

Gael guardó el teléfono.

—Mi gente.

—¿Por qué me estaban vigilando?

—No la vigilaban a usted.

Hizo una breve pausa.

—Me vigilaban a mí.

Elena no entendía nada.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

Gael respiró hondo.

—Desde que mi esposa murió hace cuatro meses, mi hija es el objetivo más fácil para mis enemigos.

Los escoltas permanecían inmóviles.

La bebé dormía ajena a todo en brazos de una niñera.

—Cuando usted se acercó en el avión —continuó Gael—, uno de mis hombres revisó discretamente su identidad. Es un protocolo.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Investigaron mi vida?

—En menos de diez minutos.

Descubrimos quién es.

Dónde vivía.

Qué pasó con su esposo.

Y también que alguien entró a su casa apenas el avión tocó tierra.

Elena negó lentamente.

—No tengo enemigos.

Gael la miró con seriedad.

—Tal vez no los tenga usted.

Pero alguien cree que ahora sí.


La camioneta salió del aeropuerto sin encender las luces interiores.

Elena seguía abrazando su bolso.

—Lléveme con la policía.

Gael negó con la cabeza.

—Ya avisé.

—Entonces…

¿por qué no puedo ir a mi casa?

—Porque si quienes entraron buscaban información sobre la mujer que alimentó a mi hija…

Volver allí sería exactamente lo que esperan.

El silencio llenó el vehículo.

Por primera vez, Elena comprendió que un gesto de humanidad podía tener consecuencias que jamás imaginó.


Treinta minutos después llegaron a una finca rodeada de árboles.

No parecía una mansión ostentosa.

Parecía una fortaleza.

Las puertas se cerraron detrás de ellos.

Una doctora revisó rápidamente a la bebé.

—Ya está estable.

Gael bajó la mirada.

Por primera vez desde que Elena lo conoció, dejó de parecer un hombre temido.

Solo parecía un padre agotado.

—Gracias.

Ella respondió con sinceridad.

—No me dé las gracias.

Solo hice lo que cualquier enfermera habría hecho.

Él negó.

—No.

Muchos tuvieron miedo de acercarse.

Usted no.


A la mañana siguiente sonó el teléfono de Gael.

Escuchó durante varios segundos sin interrumpir.

Después colgó.

Su expresión había cambiado.

—Entraron a su casa.

Elena sintió un vacío en el estómago.

—¿Robaron algo?

—No.

Eso fue lo extraño.

Revolvieron todos los cajones.

Abrieron archivos.

Buscaron documentos.

Pero no se llevaron dinero, joyas ni aparatos electrónicos.

Ella frunció el ceño.

—Entonces…

¿Qué buscaban?

Gael apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Eso mismo quiero saber.

Porque quien entra únicamente a buscar papeles…

Normalmente ya sabe exactamente qué está buscando.


Horas después, uno de los escoltas entró con una caja de cartón.

—Señor.

Esto estaba debajo de una tabla floja del clóset.

No parecía que quienes registraron la casa lo hubieran encontrado.

Elena abrió la caja lentamente.

Dentro había fotografías de su esposo.

Papeles del seguro.

Y una carpeta color vino que nunca había visto.

La abrió.

En la primera hoja aparecía la firma de Julián.

Su difunto esposo.

Más abajo, una lista de fechas.

Nombres.

Y cantidades de dinero.

Elena pasó la página.

Había mapas de rutas de transporte.

Puertos.

Empresas de logística.

Todo perfectamente organizado.

—No entiendo nada…

Susurró.

Gael tomó una sola hoja.

Bastó un vistazo para que su rostro perdiera toda expresión.

—¿Qué pasa?

Él levantó lentamente la vista.

—Su esposo…

No murió por un simple accidente carretero.

Elena sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué está diciendo?

Gael dejó el documento sobre la mesa.

—Estas rutas pertenecen a una investigación que desapareció hace meses.

Y solo muy pocas personas sabían que existía.

La habitación quedó completamente en silencio.

Elena volvió a mirar la firma de Julián.

Durante tres meses había llorado creyendo que el destino le había arrebatado al amor de su vida.

Ahora descubría que, quizá, la verdad había sido muy distinta.

Y que la noche en que decidió alimentar a una bebé desconocida en un avión…

Acababa de cruzarse, sin saberlo, con la única persona capaz de explicar por qué alguien seguía buscando desesperadamente los documentos que su esposo había escondido.

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