PARTE 2: LA CASA TENÍA OTRO DUEÑO

Rodrigo sintió que las piernas le temblaban.

En la primera hoja aparecía el encabezado del Registro Público de la Propiedad de la Ciudad de México.

Debajo, una dirección que conocía de memoria.

La casa de Coyoacán.

Y como única propietaria figuraba un nombre.

Mariana Torres Mendoza.

—Esto… esto está mal —balbuceó.

Mariana negó con tranquilidad.

—No. Está actualizado hace cuatro días.

Doña Elvira arrebató el expediente.

—¡Imposible! Mi hijo pagó esta casa.

Mariana abrió la segunda carpeta.

—Aquí están las transferencias del banco.

Fue pasando las hojas una por una.

—Enganche: ciento por ciento proveniente de mi cuenta.

—Hipoteca: pagada durante tres años desde mi nómina.

—Predial.

—Seguro.

—Mantenimiento.

—Todo salió de mi dinero.

Rodrigo tragó saliva.

Durante años había repetido delante de todos:

—Compré una casa para mi esposa.

La realidad era exactamente la contraria.

Él solo había aportado algunos gastos menores.

Mariana siguió hablando.

—El banco rechazó incluirte como copropietario porque no cumplías con los requisitos de crédito.

Así que la escritura quedó únicamente a mi nombre.

Doña Elvira levantó la voz.

—¡Pero están casados!

Mariana abrió la tercera carpeta.

—Separación de bienes.

La firma de Rodrigo aparecía al final de cada página.

Él recordó aquel día.

Ni siquiera había leído el documento.

Solo había firmado porque Mariana le dijo que era el trámite que recomendaba el notario.

—Me dijiste que era una formalidad…

—Y lo era.

—La formalidad que hoy demuestra que esta casa nunca fue tuya.

El silencio cayó sobre la sala.

Paola abrazó con fuerza al bebé.

—Mariana… solo necesito recuperarme unas semanas…

—Nunca fue por unas semanas.

Mariana sacó varias fotografías impresas.

Mostraban conversaciones obtenidas de la computadora familiar sincronizada con la nube.

En una de ellas, Paola escribía:

“Cuando nazca el bebé, me instalo ahí. Mariana siempre termina cediendo.”

Otra respuesta era de Doña Elvira.

“Primero quítenle la oficina. Después la habitación. Poco a poco la casa será de ustedes.”

La última era de Rodrigo.

“Déjenmelo a mí. Ella nunca discute.”

El rostro de Rodrigo quedó completamente blanco.

—Tú… revisaste mi computadora.

—Revisé el equipo que yo compré y que está sincronizado con mi cuenta.

Guardó las fotografías.

—La costumbre de no cambiar contraseñas puede salir muy cara.

Paola empezó a llorar.

—Yo no quería quitarte nada…

Mariana la miró.

—Anoche dormiste usando mi bata.

En mi cama.

Con mis cosas.

Y esta mañana pensabas seguir ahí.

Nadie respondió.

Mariana tomó las llaves que estaban sobre la mesa.

—A partir de este momento tienen dos horas para recoger sus pertenencias.

Doña Elvira golpeó la mesa.

—¡No puedes echar a una mujer recién parida!

—No.

Pero sí puedo recuperar mi casa.

Rodrigo dio un paso hacia ella.

—Mariana…

Perdóname.

Solo quería ayudar a mi hermana.

Ella sostuvo su mirada.

—Ayudarla no era el problema.

Convertirme en una invitada dentro de mi propia casa sí.

Él intentó tomarle la mano.

Mariana retrocedió.

—¿Recuerdas lo que dijiste anoche?

Rodrigo bajó la cabeza.

—”Será solo un mes.”

Ella sonrió con una serenidad que lo hizo sentir más miedo que cualquier grito.

—Pues duró exactamente una noche.

En ese momento sonó el timbre.

Dos cerrajeros uniformados esperaban en la entrada junto con un administrador del fraccionamiento.

El hombre revisó su identificación y preguntó con educación:

—¿Señora Mariana Torres?

—Sí.

—Venimos a cambiar todas las cerraduras, tal como solicitó la propietaria.

Rodrigo levantó lentamente la vista hacia su esposa.

Solo entonces comprendió que ella nunca había aceptado dormir en el sofá por resignación.

Lo había hecho para que todos, delante de testigos, demostraran exactamente cómo pensaban adueñarse de una casa que jamás les había pertenecido.

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