Víctor salió del hospital seis días después convencido de que Elena regresaría.
No había denunciado su ausencia. Ni siquiera parecía preocupado.
—Está haciendo drama —le dijo a Rita—. En cuanto llegue a casa, se le pasa.
Pero cuando el automóvil dobló hacia la calle de Coyoacán, Víctor dejó de hablar.
Donde esperaba encontrar la casa de tres pisos había paredes ennegrecidas, ventanas rotas y cintas de seguridad.
—¿Qué demonios pasó?
Rita bajó del coche detrás de él.
Víctor llamó a Elena siete veces.
Ella no respondió.
Entonces llamó al seguro.
Y allí recibió la primera sorpresa.
—Señor Salgado, usted no figura como propietario de ese inmueble.
—¡Soy el esposo de Elena Robles!
—La titular es exclusivamente la señora Robles.
Víctor colgó furioso.
Una hora después apareció en el pequeño departamento que Elena había alquilado temporalmente.
Ella abrió la puerta despacio. Seguía pálida por la cirugía.
—¿Quemaste la casa? —exigió él.
Elena lo observó.
—No.
—¡Entonces dime qué ocurrió!
—Los bomberos determinarán la causa.
Víctor intentó entrar.
Elena bloqueó la puerta.
—Esta ya no es tu casa.
Él soltó una risa incrédula.
—Elena, deja de comportarte como una adolescente. Cuando solucionemos lo del seguro compraremos otra propiedad.
—No habrá un “nosotros”.
Entonces Víctor vio una carpeta sobre la mesa.
Divorcio.
Su rostro cambió.
—¿Por una conversación telefónica?
—No.
Elena sostuvo su mirada.
—Por veintidós años en los que confundiste mi amor con obediencia.
Víctor bajó la voz.
—¿Y después de darme un riñón decides abandonarme?
Elena sonrió con tristeza.
—El riñón fue lo último que te di como esposa. No te da derecho al resto de mi vida.
Él señaló los documentos.
—La mitad de todo también es mío.
—Eso tendrás que discutirlo con mi abogada.
Por primera vez apareció incertidumbre en sus ojos.
Elena abrió otra carpeta.
Había escrituras, estados bancarios y documentos de propiedad.
La casa había pertenecido a los padres de Elena antes del matrimonio. Tras morir ellos, había quedado exclusivamente a nombre de su hija.
Víctor nunca había podido regalarla.
Pero aquello era apenas el principio.
—También encontré las transferencias a Rita.
Víctor palideció.
Durante casi dos años había usado dinero de una empresa familiar para pagarle un departamento, viajes y gastos personales.
—Podemos arreglar eso.
—Ya no conmigo.
El teléfono de Víctor comenzó a sonar.
Era Rita.
Contestó irritado.
La voz de ella se escuchó desde el aparato.
—Víctor, ¿qué significa que la policía quiere hablar conmigo sobre el incendio?
Elena levantó lentamente la mirada.
Víctor quedó inmóvil.
—¿La policía?
Elena no sabía todavía qué había provocado el fuego.
Pero las cámaras de una vivienda cercana sí habían registrado algo.
A las 8:51 de aquella noche, un automóvil había entrado en la calle.
A las 8:56, una mujer había bajado y caminado hacia la casa de Elena.
La misma mujer apareció alejándose minutos antes de que comenzara el incendio.
Era Rita.
—Ella sabía que yo había regresado del hospital —dijo Elena.
Víctor negó rápidamente.
—No. Rita jamás haría algo así.
—Eso también dijiste de muchas cosas.
Entonces Elena tomó el sobre manila que había salvado antes del incendio.
Víctor lo reconoció.
—¿Qué es eso?
Por primera vez, la expresión de Elena cambió.
Ya no había rabia.
Solo cansancio.
—La razón por la que acepté donarte el riñón tan rápido.
Sacó un informe de la clínica de oncología.
—En diciembre me encontraron un tumor.
Víctor dejó de respirar.
—¿Qué?
—Está localizado y mis médicos creen que puedo tratarlo. Pero llevo meses haciéndome estudios mientras tú estabas demasiado ocupado con Rita para darte cuenta.
Víctor se apoyó contra la pared.
Elena había cuidado su enfermedad, pasado pruebas para convertirse en donante y entrado al quirófano sabiendo que después tendría que enfrentar su propio tratamiento.
Y él había utilizado aquellos mismos días para prometerle su casa a otra mujer.
—Elena…
Ella abrió la puerta.
—Vete.
—Déjame acompañarte durante el tratamiento.
—No.
—Te necesito.
Elena sostuvo su mirada.
—Ese siempre fue nuestro problema, Víctor.
Hizo una pausa.
—Me necesitabas. Pero dejaste de quererme.
Víctor salió sin decir nada.
Semanas después, la investigación del incendio siguió su curso y el divorcio avanzó.
Elena comenzó su tratamiento rodeada de su hermana, antiguas compañeras y exalumnos que aparecieron con flores, comida y cartas.
Víctor intentó llamarla muchas veces.

Ella nunca volvió.
Porque finalmente había entendido algo que tardó veintidós años en aprender:
perder una casa podía doler.
Perder un matrimonio también.
Pero ninguna pérdida era tan peligrosa como seguir entregándole partes de ti a alguien que ya había decidido que nunca serían suficientes.