—Profesor Reed, no quiero interrumpir —dije, apartándome de la puerta—. Pueden hablar tranquilos.
Di un paso para salir.
Pero Adrian me sujetó suavemente de la muñeca.
—Espera.
Isabella miró su mano sobre mí.
—Adrian, ¿ocurre algo?
Él guardó silencio unos segundos.
Después respondió:
—Sí. Sobre la cena de esta noche… llevaré acompañante.
Isabella sonrió.
—Perfecto. ¿Quién?
Adrian me miró.
—Emma.
Me quedé inmóvil.
—¿Yo?
—Sí.
Isabella perdió la sonrisa.
—Pero ella es una estudiante.
Adrian se ajustó las gafas.
—También es mi esposa.
El silencio fue absoluto.
Sentí que hasta mi respiración se detenía.
—¿Tu… esposa? —repitió Isabella.
—Nos casamos hace tres meses.
La noticia tardó menos de una hora en recorrer todo el hospital.
Cuando salí de su oficina, las enfermeras que antes especulaban sobre la misteriosa señora Reed me miraban como si acabaran de resolver el mayor secreto del año.
Lucas todavía estaba en el pasillo.
Y todavía tenía mi té con leche.
—Entonces… ¿estás casada con el profesor Reed?
Asentí, avergonzada.
—Sí.
Lucas levantó lentamente el vaso.
—Supongo que esto ya no es buena idea.
Antes de que pudiera responder, Adrian apareció detrás de mí.
Tomó el té.
—Gracias.
Lucas parpadeó.
—Era para Emma.
—Lo sé.
Adrian bebió un sorbo.
Lo miré sorprendida.
—¿No dijiste que tenía demasiada azúcar?
—Confirmé experimentalmente que sí.
Lucas soltó una carcajada y se marchó.
Esa noche fui con Adrian a la cena.
Isabella pasó casi toda la velada observándonos.
Hasta que finalmente preguntó:
—Adrian, ¿por qué ocultaste tu matrimonio si estabas tan seguro de ella?
Esta vez fui yo quien quiso escuchar la respuesta.
Adrian dejó los cubiertos.
—Porque Emma todavía es estudiante. No quería que nadie dijera que consiguió oportunidades por ser mi esposa.
Lo miré.
—¿Por eso?
—Por eso.
—Pensé que te avergonzaba que lo supieran.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Nunca.
Después añadió, más bajo:
—En realidad, mantenerlo secreto fue un error.
—¿Por qué?
Adrian miró hacia Lucas, que conversaba al otro extremo del salón.
—Porque aparentemente genera demasiados malentendidos.
Tuve que contener la sonrisa.
Isabella entendió perfectamente.
Dos semanas después, Adrian apareció en una conferencia universitaria donde yo presentaba mi investigación.
Al terminar, Lucas me entregó un ramo por haber obtenido la mejor evaluación.
Adrian esperó hasta que estuvimos solos.
—Otra vez Bennett.
—Son flores académicas.
—Las flores no tienen títulos universitarios.
Me reí.
—Profesor Reed, está celoso.
Esta vez no lo negó.
—Sí.
Me quedé callada.
Adrian respiró profundamente.
—Emma, aquel matrimonio arreglado dejó de ser práctico para mí hace bastante tiempo.
—¿Cuándo?
—Probablemente cuando compré aquella leche de avena que supuestamente estaba en oferta.
Solté una carcajada.
Él tomó mi mano.
—No sé hacerlo mejor. Pero quiero aprender.
Miré nuestros anillos.
Tres meses atrás había aceptado un matrimonio sin expectativas.
Ahora tenía delante a un hombre incapaz de decir “te quiero” sin convertirlo casi en un diagnóstico médico.
Apreté sus dedos.
—Entonces empieza por una cosa.
—¿Cuál?
Sonreí.
—Mañana, cuando me veas en el hospital, no me llames “estudiante Morgan”.
Adrian inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué debería decir?

—Buenos días, esposa.
Sus orejas volvieron a ponerse rojas.
Y al día siguiente lo hizo.
Delante de todo el departamento.
—Buenos días, esposa.
El pasillo quedó en silencio.
Yo sonreí.
Porque nuestro matrimonio había comenzado como un secreto.
Pero Adrian Reed acababa de dejar claro que nunca volvería a tratarme como uno.