PARTE 2: La casa que nunca dejó de ser mía

Rebeca me miró durante varios segundos.

—Daniel…

Su voz salió apenas como un susurro.

—Pensé que estabas muerto.

Sonreí.

—Eso fue lo que todos pensaron.

Detrás de ella, alguien dejó caer una copa.

El jazz continuó sonando.

La risa de la cocina desapareció.

Entonces escuché una voz que no había oído en siete años.

—¿Quién está en la puerta?

Mi hermano.

Ethan.

Apareció al final del pasillo con una camisa blanca, las mangas dobladas hasta los codos y un vaso de whisky en la mano.

Se quedó completamente inmóvil al verme.

El vaso tembló entre sus dedos.

—Daniel.

No respondí.

Durante siete años había imaginado este momento.

Había imaginado gritarle.

Golpearlo.

Preguntarle por qué jamás vino a buscarme.

Pero cuando finalmente estuvo frente a mí, solo sentí cansancio.

—Hola, hermano.

Ethan dejó el vaso sobre una mesa.

—¿Dónde has estado?

Solté una pequeña risa.

—Esa es una pregunta interesante viniendo de ti.

Rebeca miró alternativamente a los dos.

—Ethan, yo no sabía quién era.

—Ya lo sé.

—Me dijo que venía a ver a Elaine.

El rostro de Ethan cambió.

—¿Mamá?

—Sí.

Miré hacia el interior de la casa.

—Quiero verla.

Ethan se interpuso.

—Ahora no es un buen momento.

—¿Por qué?

—Tenemos invitados.

—Entonces será una visita breve.

—Daniel…

—¿Qué?

Ethan bajó la voz.

—No puedes simplemente aparecer después de siete años.

Lo miré fijamente.

—Tienes razón.

Di un paso hacia él.

—Después de siete años, debería haber llamado primero.

Su mandíbula se tensó.

—No quise decir eso.

—Lo sé.

Entonces levanté la pequeña caja de cuero que llevaba en la mano.

—Esto pertenecía a papá.

Los ojos de Ethan se fijaron en ella.

—¿De dónde lo sacaste?

—Me la entregó el abogado.

—¿Qué abogado?

—El de mamá.

Silencio.

Rebeca miró a Ethan.

—¿Qué está pasando?

Ethan no respondió.

Yo sí.

—Parece que mi madre dejó algunas cosas preparadas antes de morir.

El rostro de Rebeca perdió color.

—¿Morir?

La miré.

—¿No te lo dijeron?

Ella negó lentamente con la cabeza.

—Yo pensé que Elaine estaba en Florida.

Me quedé quieto.

—¿Qué?

Ethan cerró los ojos.

Fue apenas un segundo.

Pero fue suficiente.

Comprendí que me estaban ocultando algo.

—¿Dónde está mi madre?

Ethan respiró profundamente.

—En una residencia privada.

—¿Por qué?

—Su salud empeoró.

—¿Desde cuándo?

—Hace unos meses.

Lo observé.

—Mentira.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

—Mi madre está enferma desde hace más de dos años.

Rebeca abrió los ojos.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque ella me escribió.

Ethan palideció.

—Eso no es posible.

Saqué el teléfono.

Abrí una fotografía.

La última carta que mi madre me había enviado.

No contenía muchas palabras.

Solo una frase.

“Daniel, si algún día regresas, no confíes en Ethan.”

Mi hermano retrocedió.

Rebeca lo miró.

—¿Qué significa esto?

Ethan se pasó una mano por el rostro.

—Mamá estaba confundida.

—Mi madre nunca estuvo confundida.

—Daniel, han pasado siete años.

—Exactamente.

Miré alrededor.

La casa seguía siendo la misma por fuera.

Pero por dentro, alguien había borrado mi familia.

Las fotografías habían desaparecido.

Los muebles de mi padre habían desaparecido.

Incluso el reloj antiguo que mi madre guardaba desde su boda ya no estaba.

—¿Quién vive aquí?

Ethan no respondió.

—Te hice una pregunta.

—Yo.

—¿Desde cuándo?

—Después de que mamá se fue a la residencia.

—¿Y quién paga esta casa?

Silencio.

Rebeca miró a su marido.

—Ethan…

Él apretó los labios.

Entonces escuché algo detrás de nosotros.

Un golpe suave.

Tres veces.

Toc.

Toc.

Toc.

Todos miramos hacia el pasillo.

Una mujer mayor apareció lentamente.

Llevaba una bata azul.

Su cabello estaba completamente blanco.

Se apoyaba en un bastón.

La reconocí antes de que ella levantara la cabeza.

—Daniel…

Mi corazón se detuvo.

—¿Mamá?

Elaine sonrió.

Y por primera vez en siete años, volvió a mirarme como cuando yo era niño.

—Sabía que volverías.

Corrí hacia ella.

La abracé con cuidado.

Estaba mucho más delgada de lo que recordaba.

—¿Por qué nadie me dijo dónde estabas?

Ella miró por encima de mi hombro.

Directamente hacia Ethan.

—Porque tu hermano se aseguró de que nunca recibieras mis cartas.

Ethan dio un paso atrás.

—Mamá, eso no es verdad.

Elaine negó lentamente con la cabeza.

—Daniel, escucha con atención.

Su mano temblorosa apretó la mía.

—No regresaste demasiado tarde.

Miré sus ojos.

—¿Qué quieres decir?

—Regresaste exactamente cuando necesitábamos que volvieras.

Ethan se acercó.

—Mamá, basta.

Elaine levantó la voz.

—¡No vuelvas a decirme que basta!

La habitación quedó en silencio.

Nunca había escuchado a mi madre hablarle así.

Ella señaló la caja de cuero que yo llevaba.

—Ábrela.

La puse sobre la mesa.

Dentro había una llave.

Una memoria USB.

Y un documento doblado cuidadosamente.

Lo abrí.

Era una escritura de propiedad.

Leí la dirección.

Mi respiración se detuvo.

Era la casa en la que estábamos.

La misma casa que Ethan había presentado durante años como suya.

—¿Qué es esto?

Elaine me miró.

—La propiedad nunca perteneció a Ethan.

Miré a mi hermano.

Su rostro estaba completamente blanco.

—Mamá…

—La casa pertenece a Daniel.

Rebeca se llevó una mano a la boca.

—Pero…

Elaine continuó:

—Tu padre la compró para los dos hijos.

Ethan negó con la cabeza.

—Eso no puede ser.

—Sí puede.

—Yo pagué las renovaciones.

—Y Daniel pagó la mitad original.

—¡Daniel desapareció!

—No.

Mi madre apretó mi mano.

—Daniel fue enviado lejos.

La habitación pareció quedarse sin aire.

Miré a Ethan.

—¿Enviado?

Mi hermano no respondió.

Entonces comprendí que la historia que había escuchado durante siete años estaba incompleta.

Yo no había abandonado a mi familia.

No había desaparecido voluntariamente.

Alguien había decidido que era mejor que todos creyeran que estaba muerto.

Y ahora, siete años después, había regresado a una casa que legalmente me pertenecía.

Pero todavía faltaba saber quién había firmado los documentos que me hicieron desaparecer.

Abrí la memoria USB.

Había un solo archivo.

Una grabación de seguridad.

La fecha correspondía a la noche en que desaparecí.

Le di reproducir.

La imagen apareció.

La puerta de nuestra antigua casa.

Mi hermano estaba allí.

Y junto a él estaba Rebeca.

Entonces apareció un tercer hombre.

Un abogado.

El mismo hombre que, según todos, había certificado mi última voluntad.

Ethan miró la pantalla.

Y susurró:

—No deberías haber encontrado eso.

Lo miré.

—¿Por qué?

Él no respondió.

Pero Rebeca sí.

—Porque si lo ves completo, vas a descubrir quién realmente intentó matarte.

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