PARTE 2: SOPHIE SOLO DURÓ SIETE MINUTOS

A las ocho de la mañana, Vanessa llevó a Sophie al centro de registro.

Le había recogido el cabello como el mío.

Le puso mis gafas.

Incluso llevaba mi abrigo.

Siete minutos después, todo se derrumbó.

El documento abrió mi expediente, pero las verificaciones posteriores no coincidieron.

La funcionaria no discutió.

Simplemente pidió a Sophie que esperara.

Vanessa sonrió.

—Debe ser un error del sistema.

No lo era.

La discrepancia quedó registrada y mi expediente pasó a revisión.

Cuando preguntaron a Sophie dónde había estudiado, quiénes eran mis profesores y por qué algunos datos básicos no coincidían, la adolescente comenzó a temblar.

—Mi mamá dijo que solo tenía que entregar la carta.

Vanessa palideció.

Demasiado tarde.

Mientras tanto, yo seguía dentro del vehículo.

El conductor recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos y su expresión cambió.

—¿Qué hiciste? —me preguntó.

Sonreí débilmente.

—Te lo advertí.

A partir de ahí, el plan comenzó a romperse por sus propias contradicciones.

La institución verificó mis datos de contacto.

Nadie pudo localizarme.

Mi ausencia, unida al intento de otra persona de utilizar mi identidad, dejó de parecer un simple problema administrativo.

Se inició una investigación formal.

El conductor se puso nervioso.

Horas después, gracias a los registros reunidos durante la investigación, las autoridades consiguieron localizarme y ponerme a salvo.

Cuando finalmente vi a Daniel, mi hermano estaba llorando.

—Perdóname.

Lo miré sin emoción.

—Me viste salir atada.

—Vanessa me dijo que solo iban a llevarte lejos para trabajar. No sabía que…

—Y aun así no hiciste nada.

Bajó la cabeza.

Entonces uno de los investigadores entró.

Traía una carpeta.

—Necesitamos aclarar algo.

Colocó sobre la mesa una fotografía.

Daniel levantó la vista.

Se quedó blanco.

La imagen mostraba al conductor.

Pero no estaba con Vanessa.

Estaba sentado frente a Daniel en un restaurante.

La fecha era de cinco días antes de mi desaparición.

Miré lentamente a mi hermano.

—Dijiste que no sabías quién era.

Daniel abrió la boca.

Ninguna palabra salió.

El investigador puso una segunda fotografía junto a la primera.

Esta vez aparecía un sobre sobre la mesa.

En él estaba escrita una cifra:

500.000.

Vanessa había preparado la suplantación.

Pero quizá no había sido ella quien decidió venderme.

Mi hermano empezó a temblar.

Y entonces comprendí por qué nunca intentó detenerlos.

Daniel no había sido un cobarde que permaneció en silencio.

Podía haber sido la persona que puso precio a mi desaparición desde el principio.

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