Mauricio respondió casi inmediatamente.
“¿De qué estás hablando?”
Miré el mensaje desde la terraza del café en Xiamen.
Durante tres años había contestado cada llamada suya con rapidez. Había organizado su ropa, recordado sus citas y esperado despierta cuando llegaba tarde.
Ahora podía esperar él.
Veinte minutos después llegó otro mensaje.
“Bianca dice que tú hiciste esto para vengarte.”
Sonreí.
Claro.
Bianca ya había encontrado una culpable.
Respondí:
“Pregúntale quién presentó los documentos.”
Después bloqueé el teléfono.
Mi abogada, Elena Zhou, me llamó aquella misma tarde.
—Ya ocurrió —dijo.
—Lo sé.
—Mauricio solicitó una copia certificada del expediente de Huai’an. Bianca intentó marcharse antes de terminar el trámite.
Eso sí me sorprendió.
—¿Marcharse?
—Parece que ella sabía más de lo que Mauricio imaginaba.
Me quedé mirando el mar.
—Cuéntamelo todo.
Elena abrió el expediente.
Dos años atrás, alguien había presentado documentos para transferir el cincuenta por ciento de mi propiedad a Mauricio.
La solicitud incluía una autorización supuestamente firmada por mí.
Era falsa.
Meses después apareció una segunda operación: mi cincuenta por ciento había pasado a Bianca.
Otra firma falsa.
Otro documento que yo jamás había visto.
—Entonces ¿por qué el sistema sigue mostrando a Mauricio y Bianca?
—Porque solicitamos una anotación preventiva antes del divorcio. La cadena de transmisiones quedó congelada mientras se investiga su autenticidad.
Cerré los ojos.
Exactamente como habíamos planeado.
—¿Mauricio sabía que mi nombre había sido sustituido?
—Eso tendremos que demostrarlo.
La voz de Elena se volvió seria.
—No supongas que los dos participaron de la misma manera.
Tenía razón.
Yo quería justicia.
No inventar culpables.
Esa noche Mauricio consiguió llamarme desde otro número.
Contesté.
—Natalia, necesito verte.
—No.
—Entonces explícame qué está pasando.
—Dos años atrás apareciste como copropietario de la casa de mis padres mediante una autorización que yo nunca firmé.
Silencio.
—Eso es imposible.
—Después mi parte terminó registrada a nombre de Bianca.
El silencio se hizo todavía más profundo.
—¿Bianca?
Por primera vez escuché algo distinto en su voz.
No arrogancia.
Miedo.
—Pregúntaselo a ella.
—Natalia, yo firmé unos documentos hace dos años, pero…
Se detuvo.
—¿Pero qué?
—Bianca dijo que eran para una inversión.
Me reí suavemente.
—¿Y firmabas inversiones sin leerlas?
—Confiaba en ella.
Aquellas palabras fueron casi perfectas.
—Qué curioso, Mauricio.
—¿Qué?
—Yo también confiaba en ti.
Colgué.
Tres días después regresé.
No por Mauricio.
La investigación requería mi declaración presencial.
Cuando entré al despacho de Elena, Mauricio ya estaba allí acompañado de su abogado.
Parecía no haber dormido.
Se levantó al verme.
—Natalia.
Pasé junto a él.
—Señor Chen.
Su rostro se tensó.
Elena colocó varias copias sobre la mesa.
La primera contenía mi firma auténtica.
La segunda, la utilizada para incorporar a Mauricio como copropietario.
La tercera correspondía a la posterior transferencia a Bianca.
Incluso a simple vista podían apreciarse diferencias.
Mauricio las observó durante mucho tiempo.
—Yo nunca vi esto.
Su abogado preguntó:
—¿Reconoce esta firma?
Señaló otro documento.
Mauricio asintió.
—Esa sí es mía.
—¿Dónde la realizó?
—Bianca llevó unos papeles a mi oficina. Dijo que estaba comprando una vivienda y necesitaba que figurara temporalmente como cotitular porque tenía dificultades con la financiación.
Lo miré incrédula.
—¿Y aceptaste?
Mauricio bajó la cabeza.
—Sí.
—Mientras estabas casado conmigo.
No contestó.
Eso bastaba.
Tal vez no hubiera falsificado mi firma personalmente.
Pero había aceptado ocultarme una operación inmobiliaria con su amante.
Elena continuó:
—Hay algo más.
Sacó un informe.
La casa de Huai’an ya no era aquella ruina que Mauricio recordaba.
La zona había sido incluida en un importante proyecto de renovación urbana.
El valor estimado del terreno se había multiplicado.
Mauricio levantó lentamente la mirada.
—¿Cuánto?
Elena pronunció la cifra.
Su rostro perdió el color.
Entonces comprendí por qué Bianca había tenido tanta prisa.
No quería aquella vieja casa.
Quería el terreno.
Bianca llegó una hora después con su propia abogada.
Ya no llevaba vestidos blancos ni sonrisas dulces.
Al verme, explotó.
—¡Todo esto es una trampa!
—¿Mía?
—¡Sabías que la propiedad iba a aumentar de valor!
—Era propiedad de mis padres. Saber cuánto vale no te concede derecho a apropiártela.
Mauricio la miró.
—¿Falsificaste la firma de Natalia?
—¡Lo hice por nosotros!
El silencio cayó sobre la sala.
Su abogada intentó detenerla.
Demasiado tarde.
Bianca continuó:
—Tú querías dejarla. Necesitábamos algo nuestro.
Mauricio parecía verla por primera vez.
—Me dijiste que aquella casa pertenecía a un familiar tuyo.
Bianca palideció.
—Mauricio…
—¿Sabías que era de Natalia?
No respondió.
—¿Lo sabías?
—¡Sí!
La palabra estalló.
Yo no sentí triunfo.
Solo una extraña tranquilidad.
Durante meses había imaginado a Bianca como una mujer que me había robado a mi marido.
Ahora entendía algo más sencillo.
Mauricio no había sido robado.
Había elegido engañarme.
Y después había confiado en alguien que estaba dispuesta a engañarlo a él.
La investigación posterior determinó que las autorizaciones atribuidas a mí no eran auténticas.
La transferencia quedó impugnada y el conflicto patrimonial siguió su curso legal hasta que mi titularidad fue restablecida.
Mauricio colaboró entregando conversaciones, correos y documentos relacionados con Bianca.
Eso podía ayudarlo legalmente.
No arreglaba nuestro matrimonio.
Una tarde me esperó frente al edificio de mi abogada.
—Natalia.
Seguí caminando.
—Cinco minutos.
Me detuve.
—Habla.
—Sé que no puedo pedirte que olvides nada.
—Entonces no lo hagas.
Tragó saliva.
—Bianca y yo terminamos.
No reaccioné.
—Cometí el peor error de mi vida.
—Cometiste varios.
Bajó la mirada.
—¿Nunca pensaste en detenerme antes del divorcio? Ya sabías lo de la casa.
—Sí.
—¿Por qué no dijiste nada?
Lo miré directamente.
—Porque durante nuestro matrimonio siempre encontrabas una explicación.
Trabajo.
Estrés.
Confusión.
Bianca necesitándote.
Yo siendo demasiado desconfiada.
Di un paso hacia él.
—Quería que fueras libre cuando apareciera la verdad.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Libre?
—Sin esposa a quien culpar.
Sin matrimonio detrás del cual esconderte.
Sin posibilidad de decir que yo manipulé todo para retenerte.
Su rostro se quedó inmóvil.
—Te dejé exactamente la vida que elegiste.
Pasé junto a él.
—Lo que ocurrió después ya fue asunto tuyo.
Meses más tarde regresé a Huai’an.

Abrí la vieja puerta de madera y entré en el patio donde mi madre cultivaba jazmines cuando yo era niña.
El lugar seguía necesitando reparaciones.
Pero era mío.
No de Mauricio.
No de Bianca.
Mío.
Elena me preguntó qué pensaba hacer con la propiedad.
Miré las paredes envejecidas.
—Conservarla.
—Podrías venderla por muchísimo dinero.
Sonreí.
—Precisamente por eso no quiero venderla todavía.
Había pasado años creyendo que perder un matrimonio significaba fracasar.
Pero aquella casa me enseñó lo contrario.
A veces una pérdida simplemente despeja el terreno.
Cinco días después de nuestro divorcio, Mauricio había entrado en una oficina convencido de que estaba comenzando una nueva vida con Bianca.
En cambio, encontró su nombre unido a una propiedad que juraba no conocer.
Yo encontré algo mucho más importante.
Mi nombre seguía exactamente donde debía estar.
Y esta vez, nadie volvería a firmar por mí.