—Claire, sal de la habitación si puedes hacerlo con seguridad —dijo Adrian por teléfono—. Voy a llamar a quien pueda ayudarte y me reuniré contigo.
Apreté a Lily contra mi pecho. Había imaginado enfrentar a Marcus con las escrituras en la mano. En ese momento apenas podía mantenerme en pie.
—Quiero mis cosas —dije.
—Las recogeremos después.
La mirada de Marcus fue de mi teléfono a las maletas junto a la escalera.
—¿A quién llamaste?
—A mi abogado.
Vanessa soltó una risa.
—Necesitará uno muy bueno para quedarse aquí.
No le respondí. Caminé despacio hacia la puerta. Marcus no se apartó hasta que le dije que la escena estaba quedando registrada por la cámara de la entrada y que necesitaba salir con mi hija. Esperé en el coche con Lily mientras Adrian llegaba. Me vio el rostro, la banda de compresión bajo la ropa y la manta del hospital.
—Primero vamos a comprobar que estás bien —dijo.
En el hospital me evaluaron por el dolor y el sangrado. Adrian se quedó en la sala de espera con la silla de Lily y llamó a una persona de confianza para ayudarnos aquella noche. Cuando el médico me permitió marcharme, fui con mi hija a un apartamento del fideicomiso familiar donde podía descansar.
Al día siguiente Adrian extendió los documentos sobre la mesa.
La mansión figuraba a nombre de un fideicomiso que mi padre había constituido antes de mi matrimonio. Yo era su beneficiaria y tenía autoridad para decidir sobre su uso. Marcus había vivido allí conmigo, pero nunca había adquirido la propiedad. También revisamos las acciones de Vale Meridian: el fideicomiso conservaba la participación de control. Marcus había dirigido la empresa por un contrato de trabajo, no porque fuera su dueño.
—Entonces, ¿puedes sacarlo hoy? —pregunté.
—Vamos a hacerlo por el procedimiento que corresponda —respondió Adrian—. Y prepararemos la separación, la protección de tus bienes y los acuerdos para Lily.
Asentí. Quería recuperar mi casa, pero no a costa de pasar la primera semana de vida de mi hija en una disputa en la puerta.
Marcus me llamó cuando recibió la comunicación formal de Adrian.
—¿Por qué el abogado dice que no soy dueño de la mansión?
—Porque nunca lo fuiste.
—Me dejaste presentarla como mía delante de todo el mundo.
Recordé todas las veces que intenté hablarle del fideicomiso y él dijo que los papeles lo aburrían.
—La escritura siempre estuvo disponible para ti —respondí.
Hubo un silencio.
—Podemos arreglar esto, Claire. No quería echarte de verdad.
Miré a Lily dormida en el moisés. Mis maletas seguían en su casa y Vanessa llevaba puesta mi bata.
—Empacaste mis cosas mientras estaba en el hospital.
Marcus no encontró respuesta. Terminé la llamada.
Las semanas siguientes fueron lentas. Recuperé mis pertenencias con ayuda, inicié el divorcio y acordé cómo trataríamos los asuntos de Lily mientras se resolvía la separación. Marcus desocupó la mansión conforme al acuerdo alcanzado. Vanessa se marchó con él antes.
En Vale Meridian, el consejo revisó por separado los gastos y contratos firmados durante su gestión. Encontró cargos personales presentados como gastos de empresa y pidió explicaciones. Marcus tuvo oportunidad de responder; después dejó su puesto. Yo participé como representante del fideicomiso, con asesores que revisaban los documentos y decisiones que afectaban también a los empleados.
Mucho de aquello ocurrió mientras yo aprendía a cargar a Lily sin presionar la incisión. A veces una reunión terminaba porque ella necesitaba comer. Nadie había previsto lo extraña que sería mi vida durante esos meses: informes financieros sobre la mesa, pañales en el sofá y noches en las que lo único que quería era dormir dos horas seguidas.
Cuando por fin volví a la mansión, no llevé invitados ni celebré una victoria. Entré con Lily en brazos. El retrato de nuestra boda seguía sobre la sala de estar; pedí que lo bajaran. Después abrí las ventanas y dejé entrar aire fresco.
Me senté en una silla junto a la luz de la tarde. Lily abrió los ojos apenas un instante antes de volver a dormirse. La casa estaba en silencio. Por primera vez desde que salí del hospital, pude quedarme allí con mi hija sin que nadie me dijera que debía irme.