Lorena miró a Andrés como si acabara de descubrir que estaba casada con un desconocido.
—¿Me mentiste?
—No exactamente —murmuró él—. Mamá tiene sesenta y ocho años. Algún día la casa será mía.
Cecilia sintió que aquellas palabras dolían más que el grito de Lorena.
No porque hablaran de una propiedad.
Porque su hijo estaba hablando de su muerte como si fuera un trámite pendiente.
Desde el teléfono, Gabriela intervino:
—Andrés, sabes que eso tampoco es verdad.
Él palideció.
—¿Qué quiere decir?
Cecilia tomó asiento.
—Continúa, Gabriela.
—Hace dos años, Cecilia otorgó testamento. Esta casa no está destinada exclusivamente a Andrés.
Lorena abrió mucho los ojos.
—¿Cómo?
—El inmueble se dividirá según las disposiciones establecidas por Cecilia. Y mientras ella viva, nadie tiene derecho a ocuparlo contra su voluntad.
Andrés golpeó suavemente la mesa.
—Mamá, ¿hiciste un testamento sin decírmelo?
Cecilia casi sonrió.
—Es curioso. Tú prometiste mi casa sin decírmelo y ahora te molesta que yo decida sobre ella.
Lorena se volvió hacia su marido.
—Tú dijiste que tu mamá ya había puesto todo a tu nombre.
—¡Dije que eventualmente sería nuestro!
—¡Vendimos muebles por eso!
El comedor quedó en silencio.
Cecilia frunció el ceño.
—¿Vendieron qué?
Lorena se dio cuenta demasiado tarde.
Andrés intentó interrumpirla.
—No importa.
—Sí importa —respondió Cecilia.
Lorena estaba furiosa.
—Andrés me convenció de dejar el departamento. Dijo que no tenía sentido seguir pagando renta porque esta casa sería nuestra. Vendimos casi todos nuestros muebles y usamos el dinero para pagar sus deudas.
Cecilia miró a su hijo.
Entonces comprendió por qué había llegado con tantas cajas pero casi ningún mueble.
La pérdida del empleo tampoco era toda la historia.
—¿Qué deudas?
Andrés bajó la mirada.
—Unos préstamos.
—¿Cuánto?
—Mamá…
—¿Cuánto?
—Casi cuatrocientos mil pesos.
Lorena soltó una carcajada amarga.
—Díselo completo.
Andrés la fulminó con la mirada.
—Cállate.
—No. Tú me metiste en esto porque dijiste que podríamos hipotecar esta casa después.
Cecilia sintió un frío extraño.
Gabriela también lo escuchó.
—Cecilia —preguntó inmediatamente—, ¿Andrés ha tenido acceso a tus documentos personales?
Cecilia recordó algo.
La tarde anterior había encontrado abierto el cajón donde guardaba escrituras, identificaciones y recibos.
Andrés aseguró que buscaba unas tijeras.
Se levantó.
Caminó hasta su habitación.
El cajón estaba cerrado, pero la carpeta donde guardaba una copia de la escritura estaba fuera de lugar.
Regresó al comedor con ella.
—Andrés, ¿tocaste esto?
—No.
Mateo habló entonces.
—Sí, papá.
Todos lo miraron.
El niño parecía asustado.
—Ayer estabas tomando fotos de esos papeles.
Andrés se quedó blanco.
Lorena retrocedió.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
Cecilia tomó el teléfono.
—Gabriela, quiero que revises inmediatamente si existe algún trámite relacionado con mi propiedad.
—Ya lo hice.
Aquella respuesta paralizó a Andrés.
Gabriela guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Por eso te pedí hace dos meses que me avisaras inmediatamente si Andrés regresaba a vivir contigo.
Cecilia cerró los ojos.
Dos meses antes, Andrés había intentado convencerla de firmar un supuesto documento para «simplificar la herencia».
Ella se negó y se lo enseñó a Gabriela.
No era una cesión.
Pero contenía facultades mucho más amplias de las que Andrés había explicado.
—Esta mañana —continuó Gabriela— recibimos una consulta relacionada con una posible garantía hipotecaria sobre tu domicilio.
Lorena llevó ambas manos a la boca.
—Andrés…
—¡Solo estaba preguntando opciones!
Cecilia se levantó.
—Sobre mi casa.
—¡Para salvar a mi familia!
—¿Y yo qué soy?
Andrés no respondió.
Aquello terminó de romper algo.
Cecilia caminó hasta la entrada y abrió la puerta.
—Tienen hasta mañana a las doce para recoger sus pertenencias.
Lorena perdió la arrogancia.
—¿Nos estás echando con dos niños?
Cecilia miró a sus nietos.
Ellos no tenían culpa.
—Mateo y Sofía pueden quedarse conmigo mientras ustedes encuentran alojamiento.
Después miró a Andrés.
—Pero ustedes dos no.
—Mamá, soy tu hijo.
—Precisamente por eso te abrí la puerta sin hacer preguntas.
Su voz se quebró apenas.
—Y tú entraste calculando cuánto valdría mi vida cuando yo ya no estuviera.
Andrés bajó la cabeza.
Lorena comenzó a llorar, pero Cecilia ya no sabía si lloraba por la traición de su marido o por la casa perdida.
Gabriela habló nuevamente.
—Cecilia, falta algo.
Todos quedaron quietos.
—La consulta hipotecaria no la realizó Andrés.
Él levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Ves? ¡Te dije que no hice nada!
—La presentó una empresa financiera privada —continuó Gabriela— usando copias de tus documentos.
El alivio desapareció del rostro de Andrés.
—Pero hay algo extraño. El número de contacto registrado no pertenece a Andrés.
Cecilia sintió un escalofrío.
—¿A quién pertenece?
Gabriela tardó unos segundos.
—A Lorena.
Andrés giró lentamente hacia su esposa.
Ahora fue ella quien perdió todo el color del rostro.
Cecilia comprendió que todavía no conocía toda la verdad.

Su hijo había prometido una casa que no era suya.
Pero Lorena ya había intentado convertir aquella mentira en dinero.
Y esta vez Cecilia no pensaba resolverlo como madre.
Lo resolvería como propietaria.