PARTE 2: LA CARTA DE MI MADRE

La carta llegó seis días después.

Rose me la entregó con una sonrisa, creyendo quizá que mi familia finalmente había preguntado cómo estaba.

La abrí junto a la estufa.

Solo había cuatro líneas.

“Clara necesita preparar su boda. Este mes envía treinta kilos de grano y todo el dinero que hayas ganado. No olvides quién te crió. En esa montaña no tienes en qué gastar.”

En mi vida anterior, obedecí.

Incluso pedí comida prestada para completar lo que exigían.

Esta vez doblé la carta y la arrojé al fuego.

Rose abrió mucho los ojos.

—No mandaré nada.

La anciana me observó durante varios segundos.

Después tomó mi mano y la apretó.

Aquella fue toda la aprobación que necesitaba.

Dos semanas después llegó otra carta.

Luego una tercera.

La última venía escrita por Clara.

“Si no puedes ayudar a tu propia hermana, ¿para qué sirve tenerte en la familia?”

No respondí.

Mientras ellos esperaban mi comida, yo llenaba el sótano.

Batatas secas.

Frijoles.

Maíz.

Verduras conservadas.

Sal.

Todo lo que podía guardar sin llamar demasiado la atención.

Entonces llegó septiembre.

Y con él, la noche que llevaba meses esperando.

La temperatura cayó de golpe.

Por la mañana, los campos estaban blancos.

Los tallos de maíz se habían doblado.

Los cultivos tardíos estaban destruidos.

La gente salió de sus casas mirando aquello en silencio.

Frank Miller apareció en mi puerta antes del mediodía.

—Amelia.

No necesitó terminar.

Subimos juntos a la ladera.

Las hojas de mis batatas estaban quemadas por el frío.

Margaret palideció.

—También las perdiste.

Negué con la cabeza.

Hundí el azadón.

Removí la tierra.

Debajo apareció una batata grande, intacta.

Después otra.

Y otra.

Frank se arrodilló.

Cuando terminamos de revisar varias hileras, nadie volvió a llamarme loca.

La cosecha fue suficiente para alimentar a Rose y a mí durante mucho tiempo.

Entregué la parte correspondiente a la cooperativa.

Guardé el resto.

Y compartí algunas con Margaret.

Pero ni una sola salió hacia mi antigua casa.

Mi madre apareció personalmente tres semanas después.

Llegó furiosa.

Clara venía detrás con mi antiguo abrigo puesto.

—¿Dónde está el grano? —exigió mamá.

Miró los sacos almacenados junto a la pared.

—Sabía que estabas escondiéndonos comida.

Intentó agarrar uno.

Me puse delante.

—Déjalo.

Mi madre quedó paralizada.

Nunca le había hablado así.

—¿Qué dijiste?

—Que esa comida pertenece a esta casa.

Señaló a Rose con desprecio.

—¿Ahora esa muda es más importante que tu verdadera madre?

Sentí la mano de Rose temblar detrás de mí.

Entonces comprendí que aquella era exactamente la escena donde mi vida anterior había comenzado a repetirse.

Solo que esta vez yo era diferente.

—Sí.

Mi madre abrió la boca.

—¿Qué?

—Cuando tuve hambre, ella compartió conmigo su último panecillo.

Miré a Clara.

—Cuando yo pasé tres inviernos remendando ropa, tú terminaste usando mi abrigo nuevo.

Después miré nuevamente a mamá.

—Así que desde hoy, todo lo que gane alimentará primero a quien comparte esta casa conmigo.

Mamá levantó la mano.

La sujeté por la muñeca antes de que pudiera golpearme.

—No vuelvas a hacerlo.

El silencio fue absoluto.

Finalmente se marcharon amenazando con contarle a todo el pueblo qué clase de hija era.

No me importó.

Aquella noche Rose lloró mientras cenábamos batatas calientes.

Pero antes de dormir ocurrió algo que yo no recordaba de mi primera vida.

Alguien golpeó la puerta.

Era Frank Miller.

Traía un telegrama.

—Amelia… es sobre Gabriel.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

En mi vida anterior no recibí noticias de él durante años.

Abrí el papel.

Solo había una frase que cambió por completo el futuro que creía recordar:

“GABRIEL CARTER HA RECIBIDO PERMISO. REGRESA A CASA ESTE INVIERNO.”

Me senté lentamente.

Eso no debía ocurrir.

Gabriel todavía tardaría más de tres años en regresar.

Por primera vez desde que había vuelto a vivir, comprendí algo aterrador:

yo recordaba el futuro.

Pero el futuro ya había empezado a cambiar.

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