Julián abrió la carpeta con cuidado.
Lo primero que encontró fueron copias de actas de defunción.
Todas pertenecían a hombres fallecidos durante los últimos ocho años.
Debajo había fotografías de casas.
Automóviles.
Pólizas de seguro.
Y una lista escrita a mano.
Cada nombre tenía una palabra al lado.
“Rentable.”
“Descartado.”
“Sin patrimonio.”
Sintió un escalofrío.
Siguió pasando hojas.
Entonces apareció una fotografía suya.
Era una imagen tomada frente a su tráiler, semanas antes de viajar a Monterrey.
En la esquina superior derecha alguien había escrito con tinta roja:
“Objetivo.”
Durante varios segundos no pudo respirar.
Debajo había otra hoja.
“Esposo ausente.”
“Ruta nacional.”
“Hijo adolescente.”
“Casa a nombre del marido.”
“Seguro de vida elevado.”
Cada dato era correcto.
Alguien había estudiado su vida con precisión.
Continuó leyendo.
Había conversaciones impresas entre Patricia y una mujer llamada Lorena.
“Si Julián muere en carretera, nadie sospechará.”
“Los accidentes de tráiler pasan todos los días.”
“El muchacho no será un problema. Ya casi no habla.”
Sus manos comenzaron a temblar.
No era solo maltrato.
Era algo mucho peor.
Sacó el teléfono.
Marcó un número que llevaba años sin utilizar.
—Licenciada Elena Vargas.
La mujer respondió casi de inmediato.
—¿Julián?
—Necesito verte hoy.
—¿Qué ocurrió?
Miró nuevamente la carpeta.
—Creo que alguien planea quedarse con todo lo que tengo.
Hubo un breve silencio.
—No toques nada.
—¿Puedes salir de esa casa?
—Sí.
—Perfecto.
—Voy para allá con un notario y un perito informático.
Colgó.
Julián regresó a la cocina.
Mateo estaba terminando el desayuno.
Le sonrió con timidez.
—¿Papá?
Julián le revolvió el cabello.
—Vamos a salir un rato.
—¿Ya no vas a esperar a Patricia?
—No.
—¿Estás enojado?
Negó lentamente.
—Estoy haciendo algo mucho más importante.
Subieron al automóvil.
Antes de arrancar, Julián llamó a la escuela de Mateo.
Pidió hablar con la orientadora.
—Necesito saber una cosa.
—Claro, señor Ortega.
—¿Quién firma las autorizaciones de mi hijo cuando yo estoy trabajando?
La respuesta llegó enseguida.
—Su esposa, Patricia.
—Siempre dice que usted está de viaje.
—Incluso solicitó que todas las llamadas se hicieran únicamente a su número.
Julián cerró los ojos.
—¿Ha ocurrido algo más?
La orientadora dudó.
—Sí…
—Varias veces quisimos denunciar posibles malos tratos.
—Pero la señora Patricia aseguraba que Mateo se golpeaba solo.
—Incluso nos pidió que dejáramos de hacer preguntas.
Cada palabra confirmaba que el problema llevaba mucho tiempo creciendo.
Cuando terminó la llamada, Mateo permanecía mirando por la ventana.
—Papá…
—¿Sí?
—¿Voy a volver a vivir tranquilo?
Julián sintió un nudo en la garganta.
—Sí.
—Te lo prometo.
No volvió a prometer nada desde que enterró a Verónica.
Pero aquella promesa pensaba cumplirla.
Una hora después, Elena Vargas llegó acompañada por un notario y dos especialistas en informática forense.
Mientras copiaban el contenido de la carpeta, uno de los técnicos levantó la vista.
—Licenciada…
—Hay algo más.
Conectó una memoria USB encontrada dentro del expediente.
En la pantalla apareció una carpeta oculta.
Su nombre era aún más inquietante que el anterior.
“Fase Final”.

Dentro había un documento fechado para el lunes siguiente.
La primera línea decía:
“Accidente de Julián Ortega durante ruta León–Monterrey.”
Y debajo aparecía un monto de indemnización ya repartido… entre Patricia y otras tres personas que Julián jamás había visto en su vida.