El inspector terminó de leer y cerró lentamente la carpeta.
—Señor Gonzalo Serrano, necesito que permanezca donde está.
Victoria se levantó de golpe.
—¿Cómo dice?
Gonzalo señaló hacia mí.
—¡Ella es la agresora!
—Tenemos doce testigos —respondí.
Abrí mi portátil.
La videoconferencia había quedado grabada automáticamente en el servidor corporativo.
El inspector vio cómo Gonzalo tomaba la taza.
Cómo me arrojaba el té.
Cómo llamaba después al 112 inventando que yo había sufrido un episodio violento.
Pero eso era apenas el principio.
Abrí otra carpeta.
TRANSFERENCIAS.
Cuarenta mil euros desaparecidos del fondo fiduciario.
Facturas falsas.
Pagos a Victoria.
Una transferencia de ciento doce mil euros a una sociedad llamada GSV Patrimonial.
—Eso es dinero familiar —protestó Gonzalo.
—No.
Giré la pantalla.
GSV Patrimonial pertenecía a Gonzalo y Victoria.
Yo jamás había sido socia.
El inspector pidió refuerzos.
Entonces Gonzalo cometió otro error.
—¡Esta casa es mía! ¡Sáquenla inmediatamente!
El notario había previsto exactamente aquello.
La mansión de La Moraleja había sido adquirida íntegramente mediante mi patrimonio prematrimonial.
Tres años atrás, cuando salvé a Gonzalo de sus acreedores, él había firmado una escritura reconociendo que no poseía participación alguna.
Y había una cláusula adicional.
Cualquier intento de utilizar la vivienda como garantía sin mi autorización constituiría incumplimiento inmediato.
El inspector levantó la mirada.
—¿Intentó hipotecarla?
Gonzalo se quedó inmóvil.
La auditoría había encontrado una solicitud de crédito por 1,8 millones de euros.
Mi firma aparecía estampada debajo.
Era falsa.
Victoria dejó caer su bolso.
—Gonzalo, dijiste que Elena había firmado.
Él la miró con furia.
Demasiado tarde.
Pero todavía faltaba algo.
La solicitud hipotecaria no había sido preparada por Gonzalo.
La había elaborado una asesoría llamada Alcázar Gestión Privada.
Su administrador era Fernando Serrano.
El padre de Gonzalo.
El hombre cuyo funeral había pagado yo cinco años antes.
—Eso es imposible —murmuró Gonzalo.
También lo pensé.
Hasta que mostré la última página.
Alcázar había recibido pagos apenas nueve días antes.
El inspector ordenó revisar las cuentas.
Lo que encontraron convirtió un fraude doméstico en algo mucho mayor.
Durante siete años, pequeñas cantidades habían salido de mis empresas hacia sociedades vinculadas a los Serrano.
En total:
4,7 millones de euros.
Y todo había comenzado tres meses antes de que Gonzalo me conociera.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Nuestro encuentro no fue casual.
Victoria perdió el color.
La miré.
—Tú lo sabías.
—Elena…
—¿Por qué me eligieron?
No respondió.
El inspector recibió entonces un archivo enviado por delitos económicos.
Era la escritura fundacional original de Alcázar Gestión Privada.
Había tres firmas.
Fernando Serrano.
Victoria Serrano.
Y una tercera persona.
Mi padre.
Alejandro Valdés.
Muerto hacía doce años.
Retrocedí.
—Mi padre jamás hizo negocios con ellos.
Victoria soltó una risa nerviosa.
—Eso es lo que tu madre te contó.
Saqué del sobre notarial una carta que todavía no había abierto.
Mi abogado la había encontrado aquella mañana dentro de los archivos de mi padre.
Rompí el sello.
Solo contenía cuatro líneas.
“Elena:
Si un Serrano consigue entrar en tu matrimonio, no firmes absolutamente nada.
La fortuna que creen tuya nunca fue el verdadero objetivo.
Están buscando lo que tu madre escondió dentro de Valdés Biotech.”
Gonzalo me miró.
—¿Qué demonios es Valdés Biotech?
Yo tampoco conocía ese nombre.
El inspector buscó rápidamente en el registro mercantil.
La empresa había sido disuelta diecisiete años atrás.
Su último proyecto aparecía clasificado únicamente con un código:
PROYECTO E-17.
Entonces Victoria comenzó a llorar.
—No abras esos archivos.
—¿Por qué?
Su mirada se clavó en mí.
—Porque Fernando no murió.
Gonzalo palideció.
Pero Victoria todavía no había terminado.
—Y tu padre tampoco.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Había una fotografía tomada hacía menos de cinco minutos.
Mostraba a dos hombres frente a la verja trasera de mi mansión.
Reconocí inmediatamente a uno.

Mi padre.
Debajo había un mensaje.
“Gracias por llamar a la policía, Elena.
Acabas de abrirnos la casa.”