PARTE 2: EL HOMBRE QUE DEBÍA ESTAR MUERTO

La puerta se abrió apenas diez centímetros.

Elena apagó silenciosamente el monitor secundario y se escondió detrás de la cortina.

Yo cerré los ojos.

Marcos entró.

No estaba solo.

Otro hombre llevaba uniforme sanitario.

—Cinco minutos —susurró Marcos—. Después parecerá una complicación respiratoria.

Sentí cómo conectaban algo a mi vía intravenosa.

Entonces Elena activó la alarma.

Las luces de emergencia se encendieron.

Dos agentes de seguridad irrumpieron en la habitación.

Marcos intentó correr.

No llegó al ascensor.

El hombre disfrazado de sanitario llevaba una jeringa cargada con suficiente sedante para detener mi respiración.

Pero Marcos no era quien me preocupaba.

—Mi hija —dije—. Encuéntrenla.

Mi notario, Álvaro Salcedo, llegó cuarenta minutos después acompañado por la policía.

Cuando vio la fotografía del zulo, palideció.

—Julián, hay algo que nunca te conté.

Sacó una copia del fideicomiso familiar.

Mi hija, Sofía, heredaría el 61% de Vega Global si yo moría.

Pero existía una cláusula adicional.

Hasta que cumpliera dieciocho años, su tutor legal administraría las acciones.

—¿Quién figura como tutor?

Álvaro bajó la mirada.

CARLOTA MONTES.

Sentí que me faltaba el aire.

—Yo jamás autoricé eso.

—Tu firma fue falsificada hace siete meses.

Entonces comprendimos el plan.

Carlota no necesitaba únicamente matarme.

Necesitaba controlar a Sofía.

Pero la fotografía contenía el primer error de mis enemigos.

El periódico.

Tres días anterior al accidente.

Eso demostraba que Sofía había sido secuestrada antes de que mi coche se estrellara.

La Guardia Civil revisó las cámaras cercanas a la finca asturiana.

Encontraron un vehículo.

Pertenecía al doctor Andrés.

—No —murmuré.

Álvaro amplió una imagen.

Andrés aparecía conduciendo.

Sofía estaba en el asiento trasero.

Viva.

Y aparentemente tranquila.

No parecía secuestrada.

Dos horas después localizaron el coche abandonado.

Dentro había sangre.

Pero también encontraron una memoria USB escondida bajo el asiento.

Contenía un video grabado por Andrés.

—Julián, si estás viendo esto, significa que fallé.

Me incorporé como pude.

—Carlota descubrió a Sofía porque alguien dentro de tu familia le entregó los documentos.

Andrés mostró varios análisis genéticos.

—Pero hay otra razón por la que quieren a la niña.

Apareció el resultado de una prueba de ADN realizada cuando Sofía nació.

PATERNIDAD: JULIÁN VEGA.

99,99%.

Eso ya lo sabía.

Entonces apareció una segunda comparación.

SOFÍA VEGA / ALEJANDRO VEGA.

Mi padre.

Muerto hacía dieciséis años.

El parentesco indicado no correspondía únicamente a abuelo y nieta.

Había una anomalía genética adicional.

Álvaro se inclinó hacia la pantalla.

—¿Qué significa eso?

El video continuó.

—Tu padre descubrió antes de morir que Vega Global no pertenecía legalmente a la rama familiar que todos creen.

Andrés levantó un documento.

El fundador real había dejado la mayoría de las acciones al primer descendiente de una mujer llamada Isabel Montenegro.

Ese apellido me resultaba familiar.

Era el apellido de soltera de la madre de Carlota.

—No puede ser.

Entonces apareció una fotografía antigua.

Mi padre.

Isabel.

Y una niña pequeña.

Carlota.

En el reverso decía:

“Mi hija.”

Se me heló la sangre.

Carlota no era solamente mi prometida.

Según aquel documento, podía ser hija biológica de mi padre.

Mi media hermana.

—Dios mío.

Pero Andrés negó desde la grabación.

—Eso es exactamente lo que quieren que creas.

Sacó otro resultado.

La prueba demostraba que el certificado había sido manipulado.

Carlota no compartía ADN con mi padre.

Sin embargo, Sofía sí compartía una coincidencia directa con Isabel Montenegro.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo puede Sofía estar relacionada con la madre de Carlota?

El video terminó con Andrés mirando nerviosamente fuera de cámara.

—Porque la mujer que murió dando a luz a Sofía no era quien tú creías.

Escuchamos un golpe en la grabación.

Andrés se volvió.

Antes de que el video terminara, una mujer apareció reflejada en el cristal detrás de él.

Reconocí su rostro.

Había visto aquella cara una sola vez.

En la fotografía que guardé durante catorce años junto al certificado de defunción de la madre de Sofía.

Álvaro retrocedió.

—Julián…

No podía responder.

La madre de mi hija estaba viva.

Y era ella quien sostenía las llaves del zulo donde habían fotografiado a Sofía.

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