PARTE 2: EL SECRETO QUE FELICIA VINO A PROTEGER

Felicia bajó de la camioneta como si estuviera llegando a una reunión de negocios.

Los dos abogados caminaron detrás de ella.

Josipa apretó a los gemelos contra su pecho.

—¿Qué haces aquí?

Felicia sonrió.

—Protegiendo lo que me pertenece.

Uno de los abogados me entregó una carpeta.

Era una solicitud urgente de custodia.

Me quedé helado.

—¿Custodia de mis hijos?

—Todavía tienes que demostrar que son tuyos —respondió Felicia.

Josipa palideció.

Entonces comprendí que Felicia sabía demasiado.

Llamé inmediatamente a Victor.

Dos días después hicimos las pruebas.

Resultado:

99,99 %.

Los gemelos eran mis hijos.

Pero el laboratorio añadió una observación.

Uno de los niños presentaba un marcador genético que justificaba comparar mi ADN con registros familiares anteriores.

Victor investigó.

Y encontró algo mucho más grande que una infidelidad inventada.

Mi padre había creado un fideicomiso antes de morir.

Valor actual:

32 millones de euros.

La cláusula principal era sencilla.

El patrimonio pasaría al primer descendiente biológico de mi matrimonio con Josipa.

No de cualquier matrimonio.

De aquel matrimonio específicamente.

—¿Por qué mencionaría a Josipa por nombre? —pregunté.

Victor dejó una fotografía sobre mi escritorio.

Mi padre aparecía junto al padre de Josipa.

Ambos habían sido socios.

El matrimonio entre nosotros nunca había sido casual para nuestras familias.

Felicia lo sabía.

Y si conseguía destruir nuestro matrimonio antes de que yo descubriera el embarazo, podía impedir que los gemelos fueran reconocidos como beneficiarios.

Pero todavía no entendía por qué había llegado al refugio con abogados.

Hasta que Josipa habló.

—Hace tres semanas intentaron hacerme firmar algo.

Me entregó unos documentos arrugados.

Eran una renuncia a derechos patrimoniales en nombre de los gemelos.

La persona que había preparado los documentos era el hermano de Felicia.

Sentí que la sangre me hervía.

—Voy a destruirte.

Felicia soltó una pequeña carcajada.

—Entonces primero deberías preguntarte por qué tu propio padre me pagaba.

Victor levantó la cabeza.

—¿Qué dijiste?

Felicia sacó su teléfono.

Mostró transferencias antiguas.

Mi padre le había enviado dinero durante años.

Incluso antes de que yo conociera a Josipa.

—Eso es imposible.

—Tu padre sabía exactamente quién soy.

Victor investigó las cuentas.

Las transferencias eran auténticas.

Pero había algo todavía más extraño.

Felicia había nacido con otro apellido.

Peric.

Miré lentamente hacia Victor.

Él también había palidecido.

—Ese es tu apellido.

Victor no respondió.

Felicia sonrió.

—Díselo.

—¿Decirme qué?

Victor cerró los ojos.

—Felicia es mi hermana.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Trabajaste para ella?

—No.

—Entonces ¿por qué nunca me lo dijiste?

Victor sacó una vieja carpeta de su maletín.

—Porque yo tampoco sabía que ella estaba involucrada hasta que empezamos esta investigación.

Dentro había fotografías de mi padre.

Del padre de Josipa.

Y de una mujer desconocida.

En una de ellas, aquella mujer sostenía dos bebés.

Detrás estaba escrito:

“Benedict y Felicia. 1991.”

No pude respirar.

Felicia dejó de sonreír.

—Ahora ya entiendes por qué vine.

Miré la fotografía.

—¿Qué significa esto?

Victor abrió un antiguo registro hospitalario.

Mi certificado de nacimiento había sido modificado.

Felicia y yo habíamos nacido el mismo día.

En el mismo hospital.

De la misma madre.

—No —susurré.

Felicia se acercó.

—Tu padre no me pagaba para destruir tu vida.

Sus ojos se llenaron de lágrimas por primera vez.

—Me pagaba para que jamás revelara que soy tu hermana.

Miré a Josipa.

Después a nuestros hijos.

Pero Victor todavía tenía una página en la mano.

—Benedict, eso no es lo peor.

El análisis genético de los gemelos había descubierto otra incompatibilidad.

Yo era su padre.

Eso estaba confirmado.

Pero el registro utilizado para comparar mi ADN revelaba que el hombre que me había criado tampoco era mi padre biológico.

—Entonces ¿quién lo era?

Victor giró la última fotografía.

Reconocí al hombre inmediatamente.

Era el padre de Josipa.

Y de pronto entendí por qué nuestros padres habían dejado instrucciones tan extrañas sobre nuestro matrimonio.

Porque si aquel documento era auténtico…

Josipa y yo jamás debimos habernos casado.

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