PARTE 2: LA CARPETA AZUL

Natalia guardó el pequeño papel dentro del guante blanco que sostenía bajo el brazo.

No apartó la vista de Arturo.

Durante diez años aquel hombre jamás había mostrado miedo.

Ira.

Desprecio.

Orgullo.

Eso sí.

Pero miedo…

Nunca.

—Quiero ese encendedor —dijo Arturo, extendiendo la mano.

Natalia sonrió apenas.

—El general dijo claramente que mi abuelo me lo dejó a mí.

—Era mi padre.

—Y también era mi abuelo.

El salón entero observaba en silencio.

El general Roberto Armenta dio un paso al frente.

—General Salazar… fue una instrucción expresa del general Ernesto. El encendedor debía entregarse únicamente a la coronel Natalia Salazar.

Arturo apretó los dientes.

No insistió.

Sabía perfectamente que discutir con el subsecretario de la Defensa Nacional delante de decenas de oficiales sería un error.

Pero Natalia vio cómo sus dedos temblaban.

Aquel hombre necesitaba desesperadamente encontrar aquella carpeta.

El sacerdote anunció que la ceremonia continuaría en el cementerio militar.

Mientras todos comenzaban a salir, una mano anciana tomó suavemente el brazo de Natalia.

Era Manuel.

El viejo mayordomo que había servido a su abuelo durante más de cuarenta años.

—Coronel…

Su voz apenas era un susurro.

—No vaya a la casa principal.

Natalia lo miró sorprendida.

—¿Por qué?

Los ojos del anciano buscaron discretamente a Arturo.

—Porque ya comenzaron.

—¿Comenzaron qué?

—A destruir el despacho del general Ernesto.

Natalia sintió un escalofrío.

La carpeta azul.

Ya la estaban buscando.

Manuel deslizó una pequeña llave en su mano.

Era antigua, de hierro, con el número 17 grabado.

—Su abuelo dijo que, si algún día usted volvía… debía ir primero al pabellón de caballerizas.

—Pero esas caballerizas fueron demolidas hace años.

El anciano negó lentamente.

—Eso es lo que todos creen.


Una hora después, el entierro terminó bajo una lluvia intensa.

Los asistentes comenzaron a marcharse.

Arturo desapareció sin despedirse.

Diego tampoco estaba.

Natalia observó discretamente cómo ambos subían al mismo vehículo negro y abandonaban el cementerio a toda velocidad.

No iban a casa.

Iban a buscar la carpeta.

—General Armenta.

El militar se volvió.

—¿Sí, coronel?

—Necesito saber una cosa.

—Adelante.

—¿Mi abuelo confiaba en usted?

El general no respondió de inmediato.

Sacó de su bolsillo una vieja fotografía protegida por plástico.

En ella aparecía Ernesto Salazar sonriendo junto a varios soldados jóvenes.

Entre ellos estaba Roberto Armenta, con apenas veinte años.

Y una niña de doce…

Natalia.

Los tres miraban un hospital de campaña improvisado.

—El general Ernesto me salvó la vida dos veces —respondió Armenta—. La segunda fue hace tres meses.

Natalia frunció el ceño.

—Pero mi abuelo llevaba semanas hospitalizado.

—Aun así descubrió que alguien falsificaba contratos usando su firma.

El corazón de Natalia dio un vuelco.

—¿Qué clase de contratos?

—Ventas.

Empresas.

Terrenos.

Fundaciones militares.

El general bajó la voz.

—Y sospechaba que el responsable estaba dentro de su propia familia.

Natalia ya conocía la respuesta.

Arturo.


Aquella misma tarde condujo hasta el antiguo rancho familiar.

Las caballerizas llevaban años abandonadas.

La maleza cubría casi todo el terreno.

A simple vista parecía un lugar muerto.

Pero Manuel no había mentido.

Detrás del último establo encontró una vieja puerta metálica oculta bajo hiedras.

La llave número 17 encajó perfectamente.

Al girarla…

Un mecanismo antiguo resonó bajo tierra.

La puerta se abrió lentamente.

Un pasillo descendía varios metros.

Natalia encendió la linterna del teléfono y comenzó a bajar.

El aire olía a madera vieja y cuero.

Al fondo apareció un pequeño despacho perfectamente conservado.

Era el refugio privado de su abuelo.

Sobre el escritorio descansaban un tablero de ajedrez, una fotografía de ambos cuando ella recibió su primer uniforme militar… y una carpeta azul.

Seguía exactamente donde Ernesto la había dejado.

Natalia respiró aliviada.

Pero, antes de poder acercarse…

Escuchó un ruido detrás de ella.

La puerta metálica acababa de cerrarse de golpe.

Luego sonó una voz conocida en la oscuridad.

—Sabía que vendrías aquí primero.

Era Arturo.

Y no estaba solo.

Tres hombres armados descendían lentamente las escaleras mientras su padre sonreía con una tranquilidad escalofriante.

—Ahora entrégame la carpeta, Natalia.

—Porque tu abuelo cometió un error.

Levantó una pistola con silenciador.

—Nunca debió elegirte a ti para destruirme.

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