A las seis y media de la mañana, Elena ya estaba limpiando la cocina.
Había dormido apenas tres horas.
Nicolás seguía acostado en el pequeño cuarto de servicio, abrazado a la vieja guitarra que nunca soltaba.
Sabía que doña Beatriz cumpliría su amenaza.
Solo esperaba terminar la jornada antes de marcharse con algo de dignidad.
A las siete en punto llegó Luciana Robles.
Llevaba una carpeta negra bajo el brazo.
No saludó.
Entró directamente al despacho de doña Beatriz.
—¿Está todo preparado? —preguntó la anciana.
Luciana asintió.
—El finiquito ya está listo.
Solo falta que firme.
—Perfecto.
Quiero que desaparezca antes de que Rodrigo baje a desayunar.
Pero los planes cambiaron.
Camila apareció corriendo por el pasillo.
—¡Papi!
¡Nico prometió enseñarme otra canción!
Rodrigo sonrió por primera vez en mucho tiempo.
—Entonces desayunaremos todos juntos.
El rostro de doña Beatriz se endureció.
—Rodrigo…
No creo que sea apropiado.
Él la miró con calma.
—Hace dos años que no veía sonreír a mi hija.
Hoy nadie va a impedirlo.
Durante el desayuno, Nicolás permanecía muy quieto.
Comía despacio, como si tuviera miedo de romper alguna regla invisible.
Rodrigo observó la guitarra apoyada junto a la pared.
Era antigua.
Muy antigua.
La madera estaba gastada, pero perfectamente cuidada.
Había algo familiar en ella.
—¿Dónde la conseguiste? —preguntó.
Nicolás sonrió.
—Era de mi papá.
Mamá dice que nunca debemos venderla.
Rodrigo se levantó lentamente.
Se acercó al instrumento.
Pasó los dedos por el borde inferior.
Y entonces se quedó completamente inmóvil.
Debajo del barniz desgastado aparecían unas pequeñas iniciales grabadas a mano.
R.A.
Sintió un escalofrío.
Conocía esas letras.
Las había visto cientos de veces durante su infancia.
—¿Quién era tu padre?
Preguntó casi en un susurro.
Elena bajó la mirada.
—Se llamaba Rafael Vargas.
Trabajó muchos años como músico.
Murió cuando Nicolás tenía tres años.
Rodrigo seguía mirando la guitarra.
No podía apartar los ojos de aquellas iniciales.
Doña Beatriz dejó caer la taza de café.
El golpe hizo que todos levantaran la cabeza.
Su rostro había perdido el color.
—Rodrigo…
No tiene importancia.
Solo es una guitarra vieja.
Él giró lentamente hacia ella.
—No.
Esta guitarra pertenecía a mi padre.
La habitación quedó en absoluto silencio.
Camila miró confundida a los adultos.
Nicolás abrazó con fuerza el instrumento.
—Mi papá decía que un señor muy bueno se la regaló cuando nací.
Rodrigo sintió que algo no encajaba.
Su padre jamás regalaba aquella guitarra.
Era el único objeto que conservaba desde la universidad.
Después de morir…
Simplemente desapareció.
Su madre siempre dijo que alguien la había robado durante el funeral.
Rodrigo volvió a mirar a Elena.
—¿Quién le dio la guitarra a Rafael?
Ella respiró profundamente.
—Nunca quiso decirme su nombre.
Solo repetía que había hecho una promesa.
Y que debía cumplirla aunque nadie la entendiera.
Luciana comenzó a ponerse nerviosa.
—Señor…
Creo que todo esto es una coincidencia.
Pero Rodrigo ya no la escuchaba.
Tomó la guitarra entre las manos.
Algo sonó dentro del cuerpo del instrumento.
Un pequeño golpe seco.
Como si hubiera algo oculto.
Frunció el ceño.
—¿Siempre hizo ese ruido?
Nicolás negó con la cabeza.
—Nunca.
Rodrigo observó cuidadosamente la madera.
En la parte trasera descubrió una tapa diminuta, casi invisible.
Al deslizarla apareció un compartimento secreto.
Dentro había un sobre amarillento.
Y una llave antigua envuelta en tela.

El sobre llevaba una sola frase escrita con la letra de su padre.
“Para Rodrigo. Ábrelo solo cuando descubras quién merece realmente esta guitarra.”
Doña Beatriz dio un paso hacia atrás.
Por primera vez en muchos años…
Parecía verdaderamente asustada.