PARTE 2: LA CÁMARA QUE PATRICIA NO SABÍA QUE YO ESTABA MIRANDO

—Retrocede la grabación —le dije al jefe de seguridad.

—¿Hasta dónde?

—Todo lo que tengamos.

Encontramos tres meses.

Y cuanto más miraba, peor me sentía.

Patricia esperaba siempre a que yo saliera.

Rosa no estaba robándome.

Estaba protegiendo a mis hijas.

La vi guardar comida para ellas cuando Patricia las castigaba sin postre. La vi devolver juguetes que Patricia escondía. La vi sentarse fuera de sus habitaciones hasta que dejaban de llorar.

Entonces apareció algo todavía más importante.

En una grabación, Daniela preguntaba:

—¿Por qué no podemos decírselo a papá?

Patricia se agachó frente a ella.

—Porque vuestro padre está cansado de tantos problemas. Si seguís inventando historias, podría mandaros lejos.

Sentí que se me cerraba el pecho.

Mis hijas no habían guardado silencio porque no confiaran en mí.

Patricia había utilizado mi ausencia para hacerles creer que podían perderme.

Me levanté.

—Que nadie le diga que estoy aquí.

Diez minutos después entré por la puerta principal.

Patricia estaba sentada tranquilamente tomando café.

Cuando me vio, casi dejó caer la taza.

—¿Qué haces aquí? ¿Perdiste el vuelo?

—No había ningún vuelo.

Rosa apareció detrás de mis hijas.

Su rostro cambió al verme.

—Señor…

Levanté una mano.

—Rosa, no tienes que explicar nada.

Me arrodillé frente a Martina y Daniela.

—Necesito que escuchéis algo. Nunca voy a enviaros lejos por contarme la verdad. Nunca.

Daniela comenzó a llorar.

Martina corrió hacia mí.

Patricia se levantó.

—¿Qué demonios está pasando?

Miré hacia una de las cámaras.

Entonces comprendió.

—Tú me vigilaste.

—No. Intenté vigilar a Rosa porque tú me convenciste de que ella era el problema.

Me quité el anillo de compromiso y lo dejé sobre la mesa.

—Y descubrí quién necesitaba salir de esta casa.

Patricia intentó defenderse.

Dijo que estaba educando a las niñas.

Que Rosa las había vuelto consentidas.

Que cuando nos casáramos yo entendería que necesitaban disciplina.

No discutí.

Mi jefe de seguridad ya estaba esperando.

—Recoge tus pertenencias. El compromiso terminó.

Aquella noche hice algo mucho más difícil que echar a Patricia.

Me senté con mis hijas y les pedí perdón por no haber visto su miedo antes.

Después hablé con Rosa.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo intenté dos veces. La señorita Patricia interceptó mis mensajes. Después amenazó con despedirme. Pensé que si me iba, ellas se quedarían solas con ella.

Bajé la cabeza.

La mujer a la que había regresado para atrapar robándome había arriesgado su trabajo para cuidar lo más valioso que tenía.

Meses después, Daniela volvió a leer en la sala.

Martina volvió a dejar su conejo sobre cualquier sofá sin miedo.

Y yo dejé de medir la seguridad de mi familia por cámaras, puertas blindadas o guardias.

Porque aquella mañana descubrí que la persona más peligrosa de mi mansión no había entrado a escondidas.

Yo mismo le había dado un anillo y estaba a punto de convertirla en parte de nuestra familia.

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