PARTE 2: MARCUS SE DIVORCIÓ EL MISMO DÍA QUE YO DESAPARECÍ

—Valeria, ¿adónde vas?

Marcus vio el pasaporte en mi mano.

—A recuperar los años que todavía me quedan.

Intentó detenerme.

—Te devolveré el dinero.

Negué.

—Sigues pensando que esto cuesta 986.800 dólares.

Miré a Elena.

—Quédate con el certificado, las joyas y el señor Jiang. Yo ya no quiero nada.

Elena sonrió.

Marcus no.

—Sé buena —dijo, endureciendo la voz—. Ya no puedes irte.

Lo miré por última vez.

—Eso también lo decidiste por mí durante ocho años.

Aquella noche desaparecí de Harbour City.

No robé dinero de la organización ni revelé sus secretos. Solo tomé mis documentos, mis pertenencias y los registros que demostraban cuánto dinero mío había entrado en aquella cuenta conjunta.

Dos meses después estaba en Singapur.

Después Londres.

Luego Madrid.

Convertí aquello que había aprendido administrando negocios ajenos en una carrera completamente legal.

Nunca llamé a Marcus.

Hasta aquella cena, ocho años después.

—El señor Jiang se divorció el mismo día que usted se fue —repitió su antiguo subordinado.

Finalmente levanté la mirada.

Marcus seguía observándome desde el otro lado de la sala.

Más tarde me encontró sola en la terraza.

—Te busqué ocho años.

—Me encontraste hoy.

Sacó algo del bolsillo.

Mi viejo reloj.

—Nunca lo tiré.

—Yo sí tiré muchas cosas.

Su mandíbula se tensó.

—Me divorcié de Elena aquella misma noche.

Eso sí me sorprendió.

—¿Entonces por qué no lo hiciste antes?

Marcus tardó demasiado en responder.

—Porque creí que siempre esperarías.

Ahí estaba.

La única explicación que necesitaba.

No había sido Elena.

Ni la familia Su.

Ni aquel comerciante.

Había sido la seguridad arrogante de un hombre convencido de que mi amor no tenía fecha de vencimiento.

—¿Y los 990.000?

—Recuperé todo. Con intereses.

Sacó una carpeta.

La cuenta estaba intacta otra vez y mi parte había permanecido separada durante años.

No toqué los documentos.

—Puedes transferirme únicamente lo que legalmente me corresponde.

—Valeria, no vine a hablar de dinero.

—Yo tampoco.

Marcus respiró hondo.

—Cásate conmigo.

Ocho años atrás habría llorado escuchando esas palabras.

Ahora solo sentí tristeza por aquella mujer que había esperado tanto para oírlas.

—No.

Por primera vez vi miedo verdadero en los ojos de Marcus Jiang.

—¿Hay otro hombre?

Sonreí.

—Todavía crees que para dejar de elegirte tuve que elegir a alguien más.

No respondió.

Antes de marcharme pregunté por Elena.

Marcus bajó la mirada.

—Cuando obtuvo el control de la zona oeste, descubrimos que sus deudas familiares no eran exactamente como me las había contado. Había exagerado parte de la amenaza para conseguir mi protección.

—¿Te engañó?

—Sí.

—Entonces ambos aprendimos algo.

Marcus entendió.

Elena había utilizado su necesidad de salvarla.

Marcus había utilizado mi capacidad de esperar.

La diferencia era que yo ya había dejado de participar.

Regresé al salón y tomé mi bolso.

Él no intentó detenerme esta vez.

—Valeria.

Me giré.

—¿De verdad nunca volverás?

Pensé en mis tres propuestas rechazadas.

En el certificado de otra mujer.

En los 3.200 dólares que quedaron de siete años de ahorro.

Y en aquella última frase:

Ya no puedes irte.

—Marcus, tardaste ocho años en ofrecerme el lugar que te pedí durante otros ocho.

Abrí la puerta.

—Llegaste dieciséis años tarde.

Esta vez fui yo quien se marchó.

Y Marcus Jiang finalmente comprendió que esperar a una mujer durante ocho años no compensaba haberla obligado a esperar los ocho anteriores.

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